lunes, 29 de junio de 2020

La candidatura que se hunde



Por Carlos Macusaya

Cuando Áñez fue posesionada (por un militar) como presidente de Bolivia, era aún “cara no conocida”. Era una senadora mediocre de la que la mayoría de los bolivianos no sabía nadan y que pasó a dirigir el país militarizándolo con la Biblia en la mano (dudo que la haya leído). La manera que tuvo para afianzarse fue mandando a “descansar en paz” a decenas de “ciudadanos de segunda”. El mensaje era claro y se dirigía a esa población: “si no agachan la cabeza los baleamos”.

Poco después pasó de “presidente transitoria” a ser “presidente candidata”. El ser “cara no conocida” y su inclinación por el show del fanatismo religioso le permitieron generar cierta expectativa en varios segmentos poblacionales medios. Además, quienes la empujaron a lanzar su candidatura tenían claro que, en su situación de poder, les era posible sacar ventaja con los recursos del Estado.

Sin embargo, a estas alturas, en tiempos de crisis e intensidad política, Áñez ha formado su imagen. Ya es “cara conocida”, no solo por las masacres, sino también por los escándalos de corrupción en su gobierno y porque ha tratado de usar, sínicamente, la pandemia para prorrogarse, dejando la salud de los habitantes del país en último lugar.

El momento político es otro respecto de cuando empezó su gobierno. El bloque de poder que la puso en ese cargo está dividido y su gobierno tiene rechazo, no solo entre sectores identificados como “masistas”, sino también entre muchos “no masistas”. Esta situación de decadencia desespera al gobierno de Áñez y por ello, en varias ocasiones, se han preocupado por atacar al TSE con la intención de posponer las elecciones.

Y es que la candidatura de Áñez se está hundiendo gracias a las acciones de su gobierno. Contrariamente a lo que habían calculado, la administración gubernamental y el cálculo político sobre la pandemia, con un “gran equipo” de ineptos y "rabiosos" ministros, además de las masacres y los escándalos de corrupción, le van pasando factura. Su política de enviar policías y militares a distintos barrios periurbanos, y no así, médicos o insumos para enfrentar la pandemia, solo remacha su decadencia.

A ello se suma su “estrategia” de cautivar al electorado culpando de todo lo que hacen mal (que es lo único que saben hacer) al MAS. La población, en una situación de alta sensibilidad frente a los problemas de salud y corrupción, no va inclinar su apoyo por personas que, ejerciendo el gobierno, no se hacen responsables de sus actos y solo saben culpar a otros.

Sin embrago, no es descabellado pensar que, a toda costa, vayan a intentar hacer “un milagro” electoral en base a la coerción y a las prebendas. Empero, en la situación en la que el país se encuentra, eso sería explosivo. De hecho, pasar de la cuarentena rígida a la dinámica le significó al gobierno de Áñez cierto oxigenamiento, pues la bronca que se ha acumulado y que estaba entrando a una fase de “tentativa de movilización”, quedó en el congelador porque las personas están priorizando ganarse el pan de cada día, pero con la idea clara de que este gobierno es un problema para salir de la crisis.

En esa situación, la disyuntiva entre derecho a votar y derecho a la salud es falsa porque, de hecho, la permanencia del gobierno de Áñez es ya un atentado contra la salud. Esto está muy claro en varios segmentos de la población. Pero así como su candidatura se está hundiendo, por mérito propio, su gobierno también está hundiendo al país.

viernes, 8 de mayo de 2020

Rafael Quispe, el tata-mamón



Por Carlos Macusaya

Rafael Quispe, el “Cholo Juanito” de la política boliviana, ha jugado a sacarle provecho a los estereotipos racistas. Consciente de que al poder de casta no le incomoda el indio “bufón” y oportunista, el indio que resguarda el orden racializado con tal de obtener beneficios personales, ha apostado por ser el decorado étnico de la dominación blancoide en este gobierno. Sin embargo, la situación de Añez y compañía, por mérito propio, se ha tornado crítica, lo que la obliga echar algunos floreros para tratar de “mejorar” su deteriorada imagen.

No hay que olvidar que Rafael Quispe aprovechó la marcha en defensa del TIPNIS (2011) en beneficio propio. Él no fue dirigente del TIPNIS ni oriundo de ese espacio; sin embrago, usó esa movilización como trampolín para aparecer en los medios, medios que le daban cabida a la vez que no mostraban a ningún dirigente del TIPNIS. Fue después que “descubrieron” a Fernando Vargas, quien sí era dirigente y portavoz legítimo de los movilizados de ese lugar.

La “defensa” de los indígenas y de la madre tierra solo fueron pretextos del llamado “tata” Quispe, el tata-mamón. En el transcurso del presente año se han registrado más incendios forestales que en el mismo periodo del 2019; sin embrago, el tata-mamón defensor de la madre tierra, siendo parte del actual gobierno, no ha dicho ni ha hecho nada al respecto. Incluso hay denuncias de “privatización” de tierras fiscales (Erbol, 26/04/20) y Rafael Quispe no dice “ni chis ni mus”, pues él ha usado eso de la “madre tierra” solo para pachamamar.

Cuando a mediados del mes de enero de este año, el grupo paramilitar Resistencia Juvenil Kochala, en un acto de violencia racista, desalojó a cholas k’ochalas de la plazuela Cala Cala (en Cochabamba), el defensor de indígenas no dijo nada. Y es que la defensa de los indígenas solo es, para este personaje, una excusa y la usa, según la ocasión, por pura conveniencia. Pero, además, él estaba preocupado por no poner en riesgo el cargo que ocupaba y por ello se desentendió de todo lo que incomoda a sus “tatas” (patrones).

La más reciente “hazaña” del tata-mamón, tras violar la cuarentena, ha sido lograr suspender una audiencia recurriendo para ello a declarar en aymara (Es “curioso” que, por lo menos en un inicio, contrató a Jerjes Justiniano como su abogado defensor; no contrató a un abogado indígena). No es la primera vez que lo hace. Si bien su gesto muestra una falencia (entre muchas otras) del sistema judicial, en este caso respecto al uso de idiomas en el país, cabe preguntarse si Quispe le habla a Añez o a otros miembros del gobierno en aymara para así obligarlos a buscar traductores o aprender un poco el idioma. Con los periodistas no lo hace. Entonces, usa el aymara no como parte de una lucha por sacar de lo “subalterno” a este idioma, sino para evitar rendir cuentas ante la justicia: “oportunismo étnico”.

Pero la cosa no queda ahí. Como es propio de su carrera política, se victimizó y escribió en su cuenta de Twitter (23 de abril) “Al indio lo acusan, lo coaccionan, lo intimidan, lo amedrentan, parece que tiene xenofobia a los indios”. Cómo si el tipo no hubiera violado la cuarentena. Muy a su estilo, se escudo en ser víctima por indio para no responsabilizarse de sus actos. De esta calaña es el tata-mamón.

¿Ha hecho algo respecto a los indios masacrados en Senkata? El gobierno dijo, por ejemplo, que eran terroristas y que habían dinamitado un muro para ingresar a la planta y hacerla estallar (lo que los medios oficialistas reprodujeron hasta el cansancio). Hasta ahora no se ha presentado ninguna prueba de ello. Y no solo eso. Circularon videos en los que se ve cómo varias personas tumbaron el muro empujándolo con sus propias manos (lo que lo medios oficialistas no mostraron), no con dinamita. Fruto del tratamiento mediático (premeditado) y en redes (con bots, trolls y fakes de por medio) sobre este tema, se ha desatado una campaña de racismo que no conmueve al “tata” Quispe. Tampoco dijo nada sobre el trato discriminatorio de parte del gobierno de Añez a ciudadanos bolivianos que buscaban ingresar al país por Pisiga. Y es que a este defensor de “indios” no la importa lo que pase con los indios, sino lo que a él le beneficia o perjudica.

Rafael Quispe, el tata-mamón, es puro oportunismo. Es el payaso étnico que para contentar a sus patrones se la pasa payaseando por donde se pueda y cuando el chistecito le sale mal, pues, se hace a la víctima, aunque ahora le tocó ser destituido. Esta claro que este gobierno fue muy contemplativo con Quispe, por pura conveniencia, claro. Sin embrago, en la dominación blancoide el florero étnico puede ser desechado, mientras el ministro de los vuelos “humanitarios” (Yerko Núñez) sigue en su cargo.

Personajes de la calaña de Rafael Quispe no son casos excepcionales entre las poblaciones racializadas. Personajes que, viniendo de grupos discriminados, usan el racismo para sacar provecho personal han pasado por distintos niveles en instituciones gubernamentales y no gubernamentales. Ser parte de una población que sufre racismo no es garantía de idoneidad. Es más. El ser parte de esa población, el vivir las barreras racializadas, las jerarquías de poder en función al origen étnico, ha hecho que varios individuos de estas poblaciones cultiven hábitos como los de Quispe. Él no es el único en estas artes. Ya vimos a otros similares en el gobierno del MAS.

Pero, en general, los “tata” Quispe de antes y de hoy, con sus “hazañas”, tienen el “mérito” de lograr que las luchas contra el racismo sean objeto de burla y, en muchos segmentos, pierdan credibilidad, al mismo tiempo de promover la idea de indígenas igual a payazos útiles; tienen el mérito de lograr que las poblaciones que sufren racismo sean “reducidas” simples oportunistas de la talla del tata-mamón. Y eso es lo que representa Rafael Quispe.

lunes, 4 de mayo de 2020

¿La salud es primero?



Por Carlos Macusaya

Jeanine Añez, el 30 de abril, publicó en su cuenta de Twitter: “En defensa de la vida y la salud de los bolivianos, rechazo las elecciones que ha convocado el MAS. Hay que hacer elecciones cuando no sean un riesgo de salud. La salud es primero”.

A estas alturas del partido sus palabras son más que cínicas. La salud no ha sido primero para su gobierno. La salud es pretexto para prorrogarse en el poder.

Ya en marzo varios médicos protestaban por la falta de equipos de bioseguridad y capacitación para enfrentar el Covid-19; pero el gobierno los descalificaba tildando esas protestas de “políticas”. Hace varios días gremios de médicos denunciaban “menosprecio y dedocracia”. Entonces, ¿la salud es primero?

El 22 de abril salía una nota en Pagina Siete (medio que se esforzó por dale estabilidad al gobierno de Añez) en la que se resaltaba que “Bolivia es el país de la región que menos pruebas realiza”, pruebas de Covid-19. Ese mismo medio, unos días después (6 de abril), publicaba una nota titulada “En el sistema estatal no hay rastros de compras de salud para la crisis”. Claro, con menos pruebas, menos casos en los papeles, lo cual solo es cálculo político: “así parecen ser eficaces en la lucha contra el Covid-19”. Pura apariencia a costa de la salud de la ciudadanía. Entonces, ¿la salud es primero?

No hay que olvidar los “vuelos de bendición” en helicópteros de la F.F. A.A., que habrían costado no menos de $us 15.000 (Pagina Siete, 29/04/20). Esta payasada no vino sola, pues a Jeanine Añez se le ocurrió llamar a ayunar y rezar para derrotar al coronavirus. ¿La salud primero?

Además, el hijo de la diputada Ginna Torres vino a La Paz desde Tarija, en un avión de la Fuerza Aérea de Bolivia, al cumpleaños de la hija de la “sacrificada” Añez. Este hecho, que muestra el mal estado del Estado en manos de quienes hoy gobiernan, ha sido justificado, en un acto de alcahuetaje infinito, por Arturo Murillo.

No se tuvo la misma consideración con bolivianos varados en la frontera con Chile. Incluso Longaric, para justificar la inoperancia deliberada del gobierno al respecto, dijo que Bolivia era un país pobre. Pero Bolivia no parece ser un país pobre cuando se trata de “ayudar” al hijo de una amiga de Añez.

La pobreza es un pretexto para desentenderse de las responsabilidades gubernamentales con cierta población. Aunque la pobreza suele ser olvidada por los mismos socios políticos del gobierno, por ejemplo, cuando se trata de contratar un hotel de lujo.

Volviendo a “La salud es primero”, es bueno recordar que el gobierno priorizó incrementar el salario de los policías mediante el D.S. 4202. Fue más importante para Añez que las F.F.A.A. y la Policía puedan hacer compras de armas de manera confidencial (Opinión, 09/03/20).

Se podrían señalar otros hechos que muestran que eso de “La salud es primero” es pura cháchara. A este gobierno no le interesa la salud de los bolivianos, en especial de los bolivianos “salvajes”; le interesa prorrogase.

domingo, 12 de abril de 2020

Fin e inutilidad de la “crítica” al “indianismo”



Carlos Macusaya

El pasado sábado (11 de abril del presente año) salió un artículo titulado “El fin y la inutilidad del indianismo”[1], del sociólogo boliviano Franco Gamboa. El autor trata de mostrar que “el pensamiento indianista llegó a su fin” y para ello lanza algunas caracterizaciones sobre lo que considera indianismo y sobre la instrumentalización de la que ha sido objeto en el gobierno del MAS. Vengo de una militancia indianista, desde la cual indagué sobre algunos aspectos del indianismo y, a partir de ello, algo sé sobre el asunto.

Encuentro en la opinión de Gamboa algunas observaciones que comparto, por ejemplo, sobre el ejercicio del poder y la “viveza criolla”; pero en general, carece de precisión y entra en confusiones entre lo que quiere criticar y lo que termina criticando. “A primera vista” sus afirmaciones entran en consonancia con lo que se ve en el escenario actual. Se ha hecho habitual llamar a cualquier cosa con la que se está en desacuerdo: neoliberal, socialismo, derechismo, masismo, comunismo y, en este caso, indianismo.

1) Según Gamboa, el indianismo se caracterizaría por su pretensión de reconstituir el Tawantinsuyu, como sociedad idealizada, y “conservar diferentes costumbres de carácter pre-moderno”. Ello le hace afirmar que en el indianismo existe un “rechazo irracional al desarrollo histórico”.

Si uno revisa los documentos indianistas, en especial los de los años 60 y 70, puede encontrar, ciertamente, idealizaciones sobre el pasado precolonial y la exaltación de ciertas prácticas rurales. Sin embargo, no es lo único que se puede encontrar[2]. También hay explicitas referencias y exigencias de ciudadanía plena, en el sentido liberal de la palabra, a la vez que se señala que los q’aras rechazan la “evolución” de la historia y se aferran a privilegios de casta (pre-modernos). Y en relación a esta última idea, se puede identificar un núcleo en la interpretación y denuncia indianista: el racismo como ordenador de las diferencias sociales (aspecto que Gamboa pasa por alto). 

Entonces, de la lectura indianista no se sigue única y exclusivamente la reconstitución del pasado precolonial idealizado ni la preservación de prácticas pre-modernas (los “no indios” también presentan y defienden prácticas pre-modernas), aspectos que han marcado a otros movimientos surgidos entre poblaciones racializadas que han asumido tal condición (no es exclusivo del indianismo). Para que quede claro, en el indianismo, el problema central es el racismo y su superación podría lograrse con la reconstitución del Tawantinsuyu o con la articulación nacional de Bolivia (superación de las dos Bolivias), pero a partir del papel político del quien sufre el racismo: el “indio”. La reconstitución de un pasado idealizado, considerando lo central del indianismo, no es su única posibilidad y, por lo tanto, no se lo puede definir a partir de ello. 

2) Gamboa tiene la ocurrencia de que “la democracia representativa (…) le dio una oportunidad al indianismo para contribuir a la búsqueda de políticas igualitarias y acciones democratizadoras”. Digo “ocurrencia” porque existe material empírico que, en manos de sociólogos que hacen sociología (porque hay sociólogos por tener un título pero que no hacen sociología) pueden ayudar a entender que el indianismo surge en un contexto en el que la “democracia representativa” era un concepto vacío e incluso un pretexto para ejercer una práctica concreta de “democracia” fundada en privilegios “representativos” de casta y que la lucha indianista (en su práctica, no solo en su discurso) fue muy importante para “democratizar la democracia representativa”.

Claro que esto no quita que en el indianismo haya aspectos que, según el posicionamiento, puedan ser considerados negativos; pero no se lo puede reducir a eso, omitiendo, por descuido o por cálculo, su papel en la democratización de algunos aspectos en la vida del país.

3) Gamboa señala el papel del “sindicalismo indianista y campesino” y la instrumentalización del indianismo en el gobierno del MAS. 

Fui un militante indianista apasionado y, entre otras cosas, solía asistir a varias de las distintas actividades sobre “indígenas” que se desarrollaron durante del gobierno de MAS, en especial, en sus dos primeras gestiones. En muchas de estas actividades participaban, de manera masiva, dirigentes sindicales relacionados al gobierno de entonces. Cuando se daba la palabra al público, como buen indianista molestoso, solía participar para contraponer “la línea indianista” y solo encontraba indiferencia, rechazo e incluso mofa. En mis andares de indianista por aquellos años nunca conocí un “sindicalismo indianista”. Entonces, ¿de qué habla Gamboa?

Consideremos que los dirigentes que solían participar en aquellas actividades sobre “indígenas”, que fueron quienes componían lo que Franco Gamboa llama “sindicalismo indianista y campesino”, jugaron el papel de cajas de resonancia de la retórica “indígena” que el MAS promovió, encubriendo a la vez, en muchos casos, el ejercicio corrupto de sus cargos. Además, tengamos en cuenta su falta de precisión al caracterizar al indianismo, que es señalando por su instrumentalización en el anterior gobierno. Con esas puntualizaciones puede asumirse que Gamboa se refiere a las pachamamadas promovidas por el MAS y a los pachamamistas (muchos de ellos pachamamones). Pero, en este caso, su crítica contra lo que él llama indianismo, sería más coherente si se dirigiera a lo que organismos internacionales promovieron como “identidad y lucha indígena”, fundamentalmente desde los años 80 del pasado siglo, y que varios de quienes se hicieron partidarios del MAS “operativizaron” desde cargos en ONG’s ya en aquellos años. 

Ciertamente, quedándose con la idealización que se puede identificar en el indianismo, y tomada como lo única cosa que ofrecería, saltándose el papel de las políticas multiculturalistas por medio de sus operadores locales, puede parecer coherente lo que dice Gamboa. Pero, como he dicho antes, el núcleo central de indianismo no es ese aspecto. Incluso, esta idealización puede encontrase en autores que desprecian y menosprecian abiertamente al indianismo. 

El MAS, cuando estuvo en el gobierno explotó a su favor las pachamamadas que los organismos “occidentales” promovieron previamente, formando a “sus” indígenas para que legitimen su discurso. Estos legitimadores fueron, en muchos casos, dirigentes sindicales en el gobierno del MAS y nunca enarbolaron el indianismo; enarbolaron, con respaldo económico y político, la retórica “indígena” que les permitía “reconocimiento” de organismos no gubernamentales y gubernamentales.

Entre ellos nunca conocí personas que puedan ser llamados, como hace Gamboa, “defensores del indianismo”. Incluso señala al indianismo por “el pragmatismo de aceptar acríticamente cargos bien pagados”. En este caso, aunque sea por limitación conceptual o por intencionalidad, dice indianismo cuando en realidad está hablando de indianistas, de quienes no da nombres y hubiera sido útil que los dé. No he conocido, insisto, militantes indianistas en el MAS. No digo que no hubiera militantes indianistas en el MAS, simplemente digo que yo no conocí uno. Si Gamboa hace una afirmación como la señalada, con todo y la confusión conceptual, debería identificarlos.

4) Considerando la manera limitada (por decir lo menos) en la que entiende lo que quiere criticar, su afirmación de que “el pensamiento indianista llegó a su fin” puede ser tomada, siendo condescendiente, como “prematura”. Hoy vemos como las expresiones de racismo abundan, animalizando a sectores que en el indianismo son identificados como indios. El propio “trato humanitario” que el gobierno ha tenido con unos, abriendo las fronteras, pero no con otros, evidencia que el problema que dio origen al indianismo, y que fue señalado por él, está vigente. Y es que en este gobierno se ha visto no solo tolerancia a grupos abiertamente racistas, como la “Resistencia Juvenil Kochala”, sino respaldo a los mismos.

Se ha hecho normal lanzar agresiones racistas con el pretexto de “defender la democracia”. Se puede ver comentarios de “liberales” y “revolucionarios” afanados en preservar privilegios “feudales”, pre-modernos. Se puede decir, en otras palabras, que hay “condiciones para el indianismo” y es factible pensar que en las condiciones sociales que vivimos, con la explicitación del racismo, se está generando la posibilidad de una reemergencia del indianismo. Pero, ojo, se trata de una posibilidad, no de algo garantizado.

De todas maneras, la afirmación de Gamboa, considerando el contexto, queda más como deseo del autor que como algo definitivo. Además, se puede advertir en su crítica, como en otras similares, el “resentimiento” que le achaca al indianismo. No se preocupa por tomar seriamente aquello que va a criticar, pues lo menosprecia y lo juzga a partir de los que “se supone” (prejuicios) es el indianismo.


5) En síntesis, su crítica tiene la finalidad de señalar la defunción (el fin) de una ideología a la que no puede caracterizar con precisión y de la que, por lo que dice, sabe poco. En esa condición, su crítica es inútil, más aún, considerando que ni siquiera le pone atención a las condiciones sociales que posibilitan la formación del indianismo o que lo producen.

Criticar al indianismo a partir de “se supone que…” suele ser cómodo y preferible a criticar a la academia o a las instituciones no gubernamentales que promovieron las pachamamadas. Claro, criticar lo que se supone fue el indianismo no solo permite quedar bien con cierto público, sino que, además, no implica el riesgo de cerrarse puertas laborales en la academia o en otras instituciones que se dedicaron a pachamamar en nombre de la “revalorización cultural indígena”.  

6) Finalmente, retomando la idea de la posibilidad de una reemergencia del indianismo, y más allá de la opinión de Gamboa, cabe hacer algunos apuntes. Qué una cosa sea posible no quiere decir que vaya a ser, inevitablemente. Su realización depende, en este caso, del papel que los propios indianistas tomen, a partir de las condiciones sociales actuales. Pero también podrían darse casos en los que otras corrientes asuman el problema que da sentido al indianismo y que desarrollen un accionar sobre él. En esto el indianismo podría ser tomado o no como un antecedente o referencia; pero también los indianitas podrían ser aliados (posibilidad, insisto).

Como vengo de una militancia indianista voy a poner énfasis en la posibilidad de la reemergencia del indianismo considerando el papel que puedan jugar los indianistas. Previamente se debe dejar en claro que, si bien el indianismo tiene su núcleo central en la identificación de las jerarquías racializadas, no se puede dejar de lado, visto históricamente, las etapas y procesos por los que ha pasado y en los que han destacado ciertos aspectos. Por ejemplo, los años 80 y 90 fueron años de subordinación por parte de militantes del indianismo (y kataristas) al multiculturalismo y, además, en ese tiempo se promocionó mucho de lo que hoy algunos consideran “indianismo”.

Si uno toma lo que pasó y se produjo entre los indianistas en los años más recientes, durante el gobierno del MAS, podría encontrar que el indianismo no fue inútil, sino que confrontó al pachamamismo, señalando, a la vez, la reproducción de la dominación blancoide a título de “inclusión indígena”. Pero luego de este momento, que fue el momento “estelar” del indianismo en tiempos del “Proceso de cambio”, siguió una etapa de decadencia en la que muchos indianistas parecían competir por ver quién dice una tontería mayor que la que dijo otro, o quien “superó” al indianismo repitiendo taras indianistas, aunque, con otras palabras. Fue una etapa de (en muchos casos) esfuerzos inútiles, incluso de inútiles. Hubo una preocupación tormentosa por parecer ideólogos o importantes e indispensables, publicando cualquier cosa para dar la impresión de ser intelectuales; componiendo frases radicales que, en muchos casos, solo eran ridículas; o inventándose glorias pasadas que no pasaron. Luego vino la etapa actual (desde antes de las elecciones del 2019), en la que lo bullicioso de la anterior etapa dio paso, en la mayoría de los casos, al silencio o el refugio culturalista (claro que hay algunas expresiones y muy importantes) y en una situación en la el racismo, tema central en el indianismo, anda “vivito y coleando”.

Yo diría que el indianismo está en una situación en la que puede ser reinventado o pude rehacerse y no por virtud propia, sino por las condiciones sociales que lo determinan. De hecho, muchos indianistas suelen pasar por alto esas condiciones, refugiándose, al mismo tiempo, en teorías de conspiración o de “superación”. Es inútil esperar que de entre estos salga algo serio. 

Sin embargo, la posibilidad de la remergencia del indianismo, de su propia resignificación, podría realizarse a partir de otros (nuevos) actores o de actores ya posicionados, hasta cierto punto, y que toman la problemática indianista de modo serio; asumiendo que no alcanza con el develamiento de la racialización de las jerarquías sociales, que se deben considerar, las aspiraciones de quienes son racializados, los movimientos poblacionales, la estratificación y las diferencias de clase, el mercado laboral y las formas de agregación, etc. En estos aspectos, y en otros, considerando las condiciones contemporáneas, las jerarquías racializadas no han desaparecido, sino que operan de manera más sutil y, en consecuencia, la articulación política se hace más complicada. 

Esta reemergencia no tendría la fatalidad de llamarse indianismo, porque el problema no es cómo se llame, sino su núcleo, que puede (y debe) ser robustecido con otras consideraciones. Será en lo venidero que “veamos” cómo se desarrollan las cosas.



[2] Pedro Portugal y mi persona escribimos un libro que aborda la historia de los movimientos indianistas y katarista: “El indianismo katarista. Una mirada crítica” (2016). Pienso que ese texto puede ser útil para despejar muchas confusiones. Pueden descargarlo en el siguiente enlace: https://jichha.blogspot.com/2016/03/el-indianismo-katarista-una-mirada.html?fbclid=IwAR0eiPrkxc3J1fWdF3Tx1XbaTpmeStrygZGWc52vXXxHXb8ygl0miiPHucQ

Una versión más sistematizada y breve del proceso histórico indianista y katarista, que puede ser usado como “introducción” o guía de lectura del anterior texto, se puede encontrar en el libro “Batallas por la identidad. Indianismo, katarismo y descolonización en la Bolivia contemporánea” (2019); disponible en: http://carlosmacusaya.blogspot.com/2019/12/batallas-por-la-identidad-carlos.html

martes, 31 de marzo de 2020

La candidatura de Añez ha infectado la lucha contra el coronavirus…



Carlos Macusaya

El gobierno “transitorio”, irresponsablemente, ha priorizado su candidatura en plena crisis sanitaria y, siguiendo su estilo “antisalvaje”, a priorizado vuelo humanitario para unos (cuando se había anunciada que se iban a cerrar las fronteras), cerrando las puertas del país para otros; en ambos casos se trata de ciudadanos bolivianos.

Noten que quienes fueron favorecidos con el “trato humanitario” venían de Estados Unidos y quienes fueron abandonados por el gobierno trataban de ingresar al país por una frontera con Chile (debe haber otros casos, pero no tengo información). Está claro que hay diferencias de clase, estrato y étnicas, entre el grueso de quienes viajan a uno y otro país. En esa diferenciación lo “humanitario” del gobierno no alcanzó (hasta el momento, pero esperemos que esto cambie) para los “otros” ciudadanos bolivianos.

El gobierno, así sea por la ligereza con la que ha enfrentado el coronavirus o por su revanchismo (que alimenta su racismo), no puede “descartar” ciudadanos. Debe afrontar la situación, es su deber, y esas personas abandonadas también tienen derecho al “trato humanitario” que el gobierno brinda a otras personas.

Un gobierno que, insisto, ha priorizado su candidatura, no solo no genera confianza ante lo que pueda suceder con la crisis sanitaria, sino que siembra dudas sobre su proceder, sobre lo que hace y sobre lo que dice. ¿Serán ciertas las cifras oficiales sobre los contagios? Es difícil creer en los datos de un gobierno que está calculando réditos electorales, un gobierno que se ha estado ocupando de maquillar su imagen.

El ministro Murillo, en sus distintas apariciones mediáticas, con sus amenazas y actitudes se ha expuesto como alguien infectado de rabia y odio, pero creo que no solo fue eso. También, me parece, se mostró como alguien desesperado ante algo que al gobierno se le fue de las manos.

Tal vez, desde hace varios días, los “transitorios” gobernantes en campaña han estado pensado en cómo decir que las cosas no eran como ellos las pintaban. Ya dan señales de ello…

La candidatura de Añez, insisto, ha infectado la lucha contra el coronavirus. La seriedad con la que se tomó el problema y la priorización electoral se vieron, por ejemplo, en la foto que se sacó Bonny Lovy saludándose de codo: un pretexto para hacer campaña electoral.

Hacer campaña y enfrentar la crisis sanitaria no pueden estar JUNTOS en un gobierno. Ya hemos visto que el priorizar una campaña ha condicionado, de modo muy negativo, el cómo se ha enfrentado la crisis sanitaria.

Señora Añez, la salud de los habitantes de este país está por sobre su candidatura.

viernes, 20 de marzo de 2020

Para los señoritos...



Por Carlos Macusaya

Para los señoritos es asqueroso no solo que muchas calles en El Alto estén sucias, sino que estén “llenas de alteños”. Sienten tanta repulsión y odio por los habitantes de esa ciudad que el poco uso de su raciocinio queda anulado y terminan simplificando todo a “masistas”, que para ellos es la forma alternativa de decir “indios de mierda”.

A mí me da más asco la diarrea de post que publican y que muestran el estado de su mentalidad, más nauseabundo que un botadero de basura. Comentarios, frases, memes, etc., con los que alardean, hasta el fanatismo, de sus prejuicios racistas. Es un orgullo para estos delicados homo-sapiens escupir desprecio, bajo cualquier pretexto, presumiendo a la vez un sentimiento de superioridad que, lamentablemente para ellos, es desmentido por la propia calidad de sus “argumentos”. Ejemplos abundan y más en los últimos meses.

Que en El Alto haya sectores, muy ligados al comercio, que no estén dispuestos a acatar la cuarentena ha sido motivo para que la “recua asnal” –como diría Reinaga– de pretendidos señoritos se lance en furibunda competencia para ver quien insulta más a los alteños. Así, a ojos de las hordas “civilizadas”, ser alteño es ser de una condición natural de inferioridad (biologización, racismo) y es lo mismo ser masista. Por lo tanto, para estos “mártires” digitales de la salud pública, “los alteños, como masistas, no quieren acatar la cuarentena por ignorantes”.

Cierto, es un riesgo; pero la situación económica de mucha gente no depende de las dádivas del gobierno o de alguna institución privada; es gente que no tiene el sueldo garantizado a fin de mes. Tengo un amigo alteño, recalcitrante antimasista, que está entre quienes buscan trabajar durante el horario de cuarentena y no lo hace por ignorante, lo hace porque tiene familia. Claro que en ello arriesga su saludo y la de otros. Cuando el MAS gobernaba me decía: “yo no gano plata por el gobierno, yo trabajo por mi cuenta”; ayer me dijo lo mismo.

En un país donde la llamada economía informal es la que domina, ¿se pueden aplicar medidas como si fuera Alemania o Inglaterra? ¿No son los “ignorantes” quienes lanzan medidas sin pensar en cómo funciona el país? ¿Los gobernantes no pueden ver más allá de sus cómodos barrios hechos por indios?

domingo, 15 de marzo de 2020

Mesa, el segundo de ayer y hoy



Por Carlos Macusaya

Se ha publicado una nueva encuesta de Ciesmori, la cual, una vez más, favorece al MAS con un 33.3 % de la intención de voto. El segundo lugar, por una diferencia de 15 puntos con respecto al primero, lo ocupa Comunidad Ciudadana con un 18.3 %. Es decir que Carlos Mesa vuelve a ocupar, en la tendencia, el segundo lugar, como ya sucedió el pasado año.

En las encuestas previas a las elecciones del 2019 el primer y segundo lugar fueron ocupados por el MAS y CC, respectivamente. El MAS estaba en el gobierno y CC tenía a Sol.Bo como parte fundamental de su estructura electoral. Hoy el MAS está en la “resistencia” y Sol-Bo abandonó a Carlos Mesa. Ambos están en una situación de desventaja en relación a su anterior participación y aun así, en la intención de voto, ocupan el primer y segundo lugar, nuevamente.

En el caso del MAS, a pesar de no contar con la participación de su binomio histórico (Evo Morales - Álvaro García), conserva un cierto funcionamiento de buena parte de las estructuras organizativas sindicales y partidarias con las que gobernó. Se podrían agregar otros apuntes al respecto pero, en esta ocasión, me interesa lanzar algunas observaciones sobre la candidatura de Carlos Mesa.

Recordemos que en las elecciones del 2019, tras los primeros resultados, nadie salió a decir que Mesa ganó la contienda; sino que, sus partidarios y ocasionales aliados, empezaron festejando una segunda vuelta. Es decir, festejaban el segundo lugar (Luego vino lo del TREP y todo el asunto que hasta ahora, en el país, no se dignan a esclarecer de manera oficial).

Esa era la tendencia de la intención de voto y hasta donde se pudo ver no varió en lo sustancial el día de las elecciones. La apuesta de CC era obtener una diferencia menor al 10 % con el MAS para lograr un balotaje. No apostaron por ganar las elecciones y eso se notó en su propia campaña. Su eslogan “Ya es demasiado”, por ejemplo, mostró una campaña en la que no se priorizó seducir a potenciales votantes, sino a desgastar al MAS. Pero concentrase en restarle votos a un rival no garantiza que esos votos vayan a favorecerlo a uno y, además, CC no mostró interés ni se esforzó por llegar a otros sectores sociales.

Con una campaña de ese tipo a Mesa y a los suyos, muchos de ellos circunstanciales, no les quedó otra que apelar al “voto útil”, como diciendo: “está bien, no creen en mí, pero por lo menos denme su voto para que el MAS no siga en el poder”. En otras palabras, no estaban preocupados por ganar las elecciones porque no tenían la fuerza para ello, a pesar de que tenían un importante apoyo; querían llegar a una segunda vuelta para verse favorecidos por el voto antimasista que no lograban cautivar.

En Santa Cruz, a pocos días de las elecciones, los cívicos dieron un giro e hicieron campaña por el “voto castigo” al MAS. El candidato cruceño Oscar Ortiz estaba, en la intención de voto, en el tercer lugar en su propia ciudad y en esa situación fue dejado de lado y se apostó por el “voto castigo”, que, por las circunstancias, favorecía a Mesa, pero no porque apostaran por él, sino porque no tenían otra opción. En ese momento su apuesta era sacar a Evo Morales como sea, aunque para ello tuvieran que votar por Carlos Mesa.

Mesa en estas elecciones sigue con su actitud señorial y no da señales de querer disputar otros nichos electorales. Así, con las diferencias de contexto, sigue “segundeando” en la intención de voto como sucedió el 2019, pero ahora tiene alguien que no solo podría pisarle los talones, sino que incluso podría desplazarlo: Añez. Claro que para ello haría falta que Fernando Camacho se retire de la contienda, lo que daría lugar a que la intención de voto que lo favorece en Santa Cruz, en su mayoría, se vuelque en favor de Añez. Si esa fuera la situación, Mesa, el segundo de ayer y hoy, puede ser el tercero de mañana.