lunes, 12 de diciembre de 2016

El racismo pro-indígena: “La culpa no es del indio”

Por: Carlos Macusaya


“La culpa no es del indio”[1] es el título de un artículo que salió hace varios días atrás (lo leí recientemente) y cuya autoría corresponde a Susana Bejarano, conductora del programa “Esta casa no es hotel” (trasmitido por ATB). La autora, en su “estado de sublevación”, deja relucir claramente su paternalismo pro-indígena y aunque ella se desgañita por las expresiones de racismo que se dan contra el “proceso de cambio”, lo hace en tanto el racismo dentro del propio “gobierno indígena” es pasado por alto.

Las posturas pro-indígenas tienen un fondo racista y sus antecedentes se encuentran en los tiempos coloniales. Este fondo ha dado cuerpo y sentido al indigenismo, incluido el contemporáneo. Desde Bartolones de Las Casas en tiempos coloniales hasta “Bartolomé” de Esta casa no es hotel (es del MAS, dirán muchos) en tiempos “plurinacionales”, las posturas pro-indígenas, pro-indios, tienen un elemento central en tanto buscó y busca la mejor manera de explotar a, o servirse de, los “indios”, sea en nombre de dios o del “proceso de cambio”.

El artículo de Bejarano que ha motivado estas líneas concluye así: “La oportunidad de la inclusión del indígena es hoy, y este momento es irrepetible”. La inclusión supone quien incluye y quien es incluido. La potestad de incluir está condicionada por una correlación de fuerzas en la que el “indígena” es “beneficiario” de la filantropía indigenista. Por tanto, la forma en la que termina el artículo comentado (“La culpa no es del indio”) es simplemente el reconocimiento de que en el “gobierno indígena” los seres considerados colonialmente como “indígenas” no gobiernan pero pueden y deben ser incluidos en tanto no son sujetos mandantes sino beneficiarios del poder de quienes los incluyen como “otros”. El momento “irrepetible” es solo un momento más en el que el poder criollo busca rehacerse incluyendo “indígenas”. La perorata vertida durante diez años sobre que “los indios gobiernan Bolivia” queda desmentida, en este caso, por Susana Bejarano, aunque de seguro este desmentir no era parte de sus buenas intenciones.

Esta relación de poder entre quienes son racializados como “indígenas” y quienes así buscan incluirlos, queda muy bien expresada en la Constitución Política del Estado, “la obra suprema del ‘Proceso de Cambio” según la conductora de “Esta casa no es hotel”. Dicha Constitución, donde se diferencia colonialmente a indígenas y no indígenas, retrotrayendo de las ciudades de indios y de españoles, es una muy clara expresión del racismo contemporáneo. Las relaciones sociales racializadas se empinan en un nivel constitucional con una retórica pluri-multi, la cual permite decir a sus partidarios: “nuestras 36 naciones tienen ciudadanía legal plena”, como dice Bejarano, lo que es igual a decir “nuestros indios…”.

La autora se refiere a un nosotros, del que ella es parte, diferenciado de esos otros (“indígenas”): “los que siempre quisimos una Bolivia con justicia social, sin analfabetos, sin discriminación”. Se alude a la izquierda blancoide, que según se presenta en la actualidad, siempre lucho por los “indígenas”, lo cual no es cierto. Ya los indianistas y kataristas, en la segunda mitad del siglo XX, vivieron en carne propia no solo el menosprecio por parte de la izquierda boliviana con respecto a las problemáticas por ellos planteadas, sino que incluso sufrieron la violencia física que los “revolucionarios” ejercían  contra los “indios”. Pero de seguro que los antecedentes de la izquierda con relación a los “indios” no es algo que interese a quienes se sienten “defensores de originarios”, “revolucionarios pro-indígenas”, etc.

La relación entre “indios” y “revolucionarios”, con sus matices, no es solo un tema propio del siglo pasado, sino que hoy se reactualiza renovando viejos problemas. Un testimonio de ello nos lo dio un joven aymara, Jesús Humerez Oscori, quien por varios años fue parte de un grupo juvenil masista llamado Trabajadores Sociales Comunitarios (TSC). Humerez escribió un artículo titulado “La jailonización del gobierno indígena”[2], donde apunta varias observaciones, con fuentes incluidas, sobre las relaciones de poder entre castas en el gobierno, resaltando entre otros el papel secundario y hasta de “fuerza bruta” por parte de los jóvenes aymaras en contraste con jóvenes procedencia “étnica” blancoide, estos ultimo sumiendo papeles de dirección.

En resumen, Jesús Humerez nos muestra que en el “gobierno indígena” hay una división racializada del trabajo muy marcada entre actores específicos[3], lo que también alude Susana Bejarano, aunque nuevamente sin proponerse resaltar el tipo de dominación que se reproduce: “El eficientismo y la necesidad de copar las vacancias de la burocracia estatal con ‘estadistas’ superó al tejido social que sostenía al ‘Proceso de Cambio’ y, entonces, la clase media -reconvertida de urgencia al masismo- asumió la gestión del Estado”.

Pero hablar de “clase media” sin considerar las relaciones sociales racializadas es complicado. De hecho, cuando los masistas hablan de clase media, como lo hace su oposición, hablan de sectores blancoides, dejando de lado a la clase media aymara. Pero lo que está claro es que el poder criollo se ha estado renovando bajo el discurso plurinacional, incluyendo a los “indígenas”, e incluye a estos últimos en tanto por medio de ellos puede instrumentalizar a organizaciones específicas. Es decir que la “inclusión indígena” se ha hecho cooptando dirigentes de los llamados “movimientos sociales”, llamados así maliciosa y torpemente.

Pero sigamos con anterior cita, en este caso retomando la siguiente frase: “El eficientísimo y la necesidad de copar las vacancias de la burocracia estatal con ‘estadistas’ superó al tejido social que sostenía al ‘Proceso de Cambio’”. El problema de las escases del agua en La Paz ha revelado como se ha manejado EPSAS y el Ministerio de Medio Ambiente y Aguas que lo último que importó fue “El eficientismo” o “copar las vacancias de la burocracia estatal con ‘estadistas’”. No hubo ni eficiencia ni estadistas en la gestión del agua. Para Bejarano “se había dormido en sus laureles”. No. No estaban dormidos sino bien despiertos, atentos, identificando donde podían encontrar espacios para ganar dinero y ello no por ser gente entendida en el área, sino por  favores políticos.

Susana Bejarano afirma que “El indígena fue el beneficiario; a nombre de él la tecnocracia de clase media y una dirigencia maleada que no corresponde a la base, generó dispendio en los proyectos e ‘ineficiencia’. Esta gente tiene nombre y apellido, y no se llama ni apellida ‘indio’”. Aquí hay algo que parece más una observación de “turista”: “dirigencia maleada que no corresponde a la base”. La dirigencia maleada viene de sus bases y si bien es cierto que muchos aspectos de su nombramiento y ejercicio funcionan totalmente al margen de sus bases, reproducen prácticas muy cotidianas entre las bases de las que salieron. Ni ellos ni sus bases son seres inmaculados. Pero semejante afirmación nos muestra lo lejana que esta Bejarano, casi como turista,  de quien “no se llama ni apellida ‘indio’”. Así, las defensas pro-indígenas falsean la realidad y esto es algo que también se da desde quienes son racializados como “indígenas”, imaginando que las personas de “buena familia” no cometerían las cosas que ellos sí.

Pero así como Bejarano resalta que se quiere “culpar al indio” por los problemas que se han ido destapando en el gobierno, por los males del país, al estilo Arguedas, cabe recordar que el gobierno busco asentar una imagen de sí mismo distinguiéndola de los anteriores gobiernos por el hecho de que “un indio” era presidente, en lo que supuestamente residía esa supuesta “otra” naturaleza. Se explotó simbólicamente las diferenciaciones racializadas, no se buscó desmontarlas, se las reforzó y por ello no es de extrañar que en el “proceso de cambio” los estereotipos racistas se hayan reproducido abundantemente.

Las defensas esgrimidas por los “pro-indígenas”, como no podía ser de otra forma, se lanzan escondiendo el racismo que les es inherente. Pueden denunciar el racismo de sus opositores pero a condición de que racismo que ellos reproducen queda nublado. Así, entre opositores y oficialistas, reinan posturas pro-indígenas, con achaques ecologistas según la ocasión y conveniencia. Pueden decir “La culpa no es del indio” pero dejan de lado cómo a nombre del “indio” se ha fomentado las expresiones de racismo que van contra esas personas que suponen “defender” racializaándolas.

De seguro los aymaras que han ido posicionándose en distintos ámbitos no están preocupados en ser incluidos ni reconocidos como “indígenas” y no buscan defensores. Entonces, las posturas pro-indígenas, es decir indigenistas, no responden ni a las expectativas ni a las aspiraciones de estos actores. El hundimiento del “proceso de cambio” no es su hundimiento.



[2] Véase el periódico digital Pukara en su edición número 123: http://www.periodicopukara.com/archivos/pukara-123.pdf
[3] Este artículo tuvo una repuesta (http://sergiosalazaraliaga.blogspot.com/2016/11/la-absolutizacion-del-indigenismo-como.html). Curiosamente quien responde nombra rimbombantemente a Marx o Borges y no nombra al joven aymara  autor del artículo que responde. En esta respuesta se dice que es deshonesto no conocer las historias delas organizaciones juveniles masistas, sin embargo es “llamativo” que este impugnador no conozca que su impugnado fue militante de una de esas organizaciones e incluso escribió un artículo en La Migraña. ¿Quién realmente no conoce la historia de esas organizaciones y sus militantes?  Además de resaltar en esta respuesta el menosprecio por el trabajo que trata de responder, por falencias teóricas y cosas por el estilo, lo que se evidencia que se evita el tema central. Curiosamente este mismo artículo de Jesús ha sido bien recibido por jóvenes “indígenas” del MAS, quienes comporten el análisis que ahí se hace. 

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