viernes, 20 de marzo de 2020

Para los señoritos...



Por Carlos Macusaya

Para los señoritos es asqueroso no solo que muchas calles en El Alto estén sucias, sino que estén “llenas de alteños”. Sienten tanta repulsión y odio por los habitantes de esa ciudad que el poco uso de su raciocinio queda anulado y terminan simplificando todo a “masistas”, que para ellos es la forma alternativa de decir “indios de mierda”.

A mí me da más asco la diarrea de post que publican y que muestran el estado de su mentalidad, más nauseabundo que un botadero de basura. Comentarios, frases, memes, etc., con los que alardean, hasta el fanatismo, de sus prejuicios racistas. Es un orgullo para estos delicados homo-sapiens escupir desprecio, bajo cualquier pretexto, presumiendo a la vez un sentimiento de superioridad que, lamentablemente para ellos, es desmentido por la propia calidad de sus “argumentos”. Ejemplos abundan y más en los últimos meses.

Que en El Alto haya sectores, muy ligados al comercio, que no estén dispuestos a acatar la cuarentena ha sido motivo para que la “recua asnal” –como diría Reinaga– de pretendidos señoritos se lance en furibunda competencia para ver quien insulta más a los alteños. Así, a ojos de las hordas “civilizadas”, ser alteño es ser de una condición natural de inferioridad (biologización, racismo) y es lo mismo ser masista. Por lo tanto, para estos “mártires” digitales de la salud pública, “los alteños, como masistas, no quieren acatar la cuarentena por ignorantes”.

Cierto, es un riesgo; pero la situación económica de mucha gente no depende de las dádivas del gobierno o de alguna institución privada; es gente que no tiene el sueldo garantizado a fin de mes. Tengo un amigo alteño, recalcitrante antimasista, que está entre quienes buscan trabajar durante el horario de cuarentena y no lo hace por ignorante, lo hace porque tiene familia. Claro que en ello arriesga su saludo y la de otros. Cuando el MAS gobernaba me decía: “yo no gano plata por el gobierno, yo trabajo por mi cuenta”; ayer me dijo lo mismo.

En un país donde la llamada economía informal es la que domina, ¿se pueden aplicar medidas como si fuera Alemania o Inglaterra? ¿No son los “ignorantes” quienes lanzan medidas sin pensar en cómo funciona el país? ¿Los gobernantes no pueden ver más allá de sus cómodos barrios hechos por indios?

domingo, 15 de marzo de 2020

Mesa, el segundo de ayer y hoy



Por Carlos Macusaya

Se ha publicado una nueva encuesta de Ciesmori, la cual, una vez más, favorece al MAS con un 33.3 % de la intención de voto. El segundo lugar, por una diferencia de 15 puntos con respecto al primero, lo ocupa Comunidad Ciudadana con un 18.3 %. Es decir que Carlos Mesa vuelve a ocupar, en la tendencia, el segundo lugar, como ya sucedió el pasado año.

En las encuestas previas a las elecciones del 2019 el primer y segundo lugar fueron ocupados por el MAS y CC, respectivamente. El MAS estaba en el gobierno y CC tenía a Sol.Bo como parte fundamental de su estructura electoral. Hoy el MAS está en la “resistencia” y Sol-Bo abandonó a Carlos Mesa. Ambos están en una situación de desventaja en relación a su anterior participación y aun así, en la intención de voto, ocupan el primer y segundo lugar, nuevamente.

En el caso del MAS, a pesar de no contar con la participación de su binomio histórico (Evo Morales - Álvaro García), conserva un cierto funcionamiento de buena parte de las estructuras organizativas sindicales y partidarias con las que gobernó. Se podrían agregar otros apuntes al respecto pero, en esta ocasión, me interesa lanzar algunas observaciones sobre la candidatura de Carlos Mesa.

Recordemos que en las elecciones del 2019, tras los primeros resultados, nadie salió a decir que Mesa ganó la contienda; sino que, sus partidarios y ocasionales aliados, empezaron festejando una segunda vuelta. Es decir, festejaban el segundo lugar (Luego vino lo del TREP y todo el asunto que hasta ahora, en el país, no se dignan a esclarecer de manera oficial).

Esa era la tendencia de la intención de voto y hasta donde se pudo ver no varió en lo sustancial el día de las elecciones. La apuesta de CC era obtener una diferencia menor al 10 % con el MAS para lograr un balotaje. No apostaron por ganar las elecciones y eso se notó en su propia campaña. Su eslogan “Ya es demasiado”, por ejemplo, mostró una campaña en la que no se priorizó seducir a potenciales votantes, sino a desgastar al MAS. Pero concentrase en restarle votos a un rival no garantiza que esos votos vayan a favorecerlo a uno y, además, CC no mostró interés ni se esforzó por llegar a otros sectores sociales.

Con una campaña de ese tipo a Mesa y a los suyos, muchos de ellos circunstanciales, no les quedó otra que apelar al “voto útil”, como diciendo: “está bien, no creen en mí, pero por lo menos denme su voto para que el MAS no siga en el poder”. En otras palabras, no estaban preocupados por ganar las elecciones porque no tenían la fuerza para ello, a pesar de que tenían un importante apoyo; querían llegar a una segunda vuelta para verse favorecidos por el voto antimasista que no lograban cautivar.

En Santa Cruz, a pocos días de las elecciones, los cívicos dieron un giro e hicieron campaña por el “voto castigo” al MAS. El candidato cruceño Oscar Ortiz estaba, en la intención de voto, en el tercer lugar en su propia ciudad y en esa situación fue dejado de lado y se apostó por el “voto castigo”, que, por las circunstancias, favorecía a Mesa, pero no porque apostaran por él, sino porque no tenían otra opción. En ese momento su apuesta era sacar a Evo Morales como sea, aunque para ello tuvieran que votar por Carlos Mesa.

Mesa en estas elecciones sigue con su actitud señorial y no da señales de querer disputar otros nichos electorales. Así, con las diferencias de contexto, sigue “segundeando” en la intención de voto como sucedió el 2019, pero ahora tiene alguien que no solo podría pisarle los talones, sino que incluso podría desplazarlo: Añez. Claro que para ello haría falta que Fernando Camacho se retire de la contienda, lo que daría lugar a que la intención de voto que lo favorece en Santa Cruz, en su mayoría, se vuelque en favor de Añez. Si esa fuera la situación, Mesa, el segundo de ayer y hoy, puede ser el tercero de mañana.

lunes, 13 de enero de 2020

Inca-pacidad en la Cancillería de Bolivia



Por: Carlos Macusaya

El canciller de Bolivia, David Choquehuanca, quien suele actuar, cómicamente, el papel que más gusta a los gringos (el de “sabio indígena”), volvió con sus ridiculeces. En esta ocasión, y como un hilarante y patético regalo navideño del 2014, afirmó: "Yo soy el último inca, de verdad, investiguen"[1]. En general, Choquehuanca expresa la ineptitud de alguien que, ejerciendo un alto cargo, solo se refugia en ideas disparatadas para poder autoconsolarece en su inca-pacidad.

A diferencia de años anteriores, el 2014 Choquehuanca apareció muy poco en los medios. La verdad que no se extrañaba su presencia, menos aún sus absurdas palabras. De hecho, el bajo perfil político que ha ido tomando su figura ha sido algo saludable para el gobierno, aunque el canciller se las ha arreglado para llamar la atención, muy a su estilo indigenista (no indianista ni katarista), con sus insultantes ocurrencias, tal fue el caso del reloj en la Plaza Murillo.

Lo importante sobre el papel de Choquehuanca en el gobierno parece ser que él es la imagen internacional, la “imagen de exportación” de lo que es el “indígena”. Su papel tiene fuerza simbólica hacia afuera y por ello aún sigue fungiendo como canciller. Claro que este papel lo cumple sin descollar en negociaciones y relaciones internacionales, aspectos fundamentales en la función de cualquier canciller. Choquehuanca destaca, no por ser un gran diplomático ni por ser un gran negociador (cualidades ajenas a este señor), sino por sus afirmaciones desvinculadas de la labor que debería cumplir, afirmaciones que además se enmarcan en los estereotipos que sobre los “indígenas” tienen los “occidentales” y por ello es visto en el ámbito internacional como portador la “sabiduría indígena”. Su palabra es tomada como válida y seria; sin embargo, él expresa, no  las aspiraciones, sueños o luchas de los “indígenas”, sino simplemente una moda “occidental” en la que el “indígena” es algo exótico y opuesto a lo “europeo”.

Desde que David Choquehuanca se hizo famoso, cuando asumió el cargo de canciller de Bolivia, el año 2006, muchos creen que respresnta la “sabiduría ancestral de los pueblos indígenas”, lo que es puro prejuicio. El cargo que viene ejerciendo fue la catapulta que lo posicionó a nivel internacional, pero su imagen es puramente eso, imagen.

David Choquehuanca, nacido en 1961, viene de una de las regiones más evangelizadas del altiplano: Huarina. Más que ser portador de una “sabiduría ancestral” es heredero de una sabiduría de la religiosidad “occidental”: el misionerismo protestante, con todo y su rígida verticalidad. Ello es una evidencia, entre tantas otras, de la vida terrenal de los “indígenas”, la cual dista mucho de lo que se imaginan los “occidentales”. Sin embargo, cuando se habla de la sabiduría “ancestral” del canciller y cosas similares, se olvida o se omite su cuna protestante.

Choquehuanca, política e ideológicamente, es en realidad uno de los muchos individuos que, después de la caída del Muro de Berlín (1989) y la disolución oficial de la Unión Soviética (1991) abandonaron su fe en el marxismo y se refugiaron en las ideas propias de la  moda europea postmoderna sobre el indígena. Su “sabiduría” no responde a las luchas históricas de los “movimientos indígenas”, sino que es fruto del derrumbe soviético y de la preponderancia política de las ONG’s. De hecho, su palabra representa no el “pensamiento indígena”, sino lo que las ONG’s han trabajado y posicionado en función de proyectos “aceptables” para ser financiados.

Su acercamiento al marxismo se dio por la influencia en la escuela de un profesor de filosofía, Juan Rodríguez, quien le regaló un libro marxista, del cual dice: “el único libro que he terminado de leer ha sido ese, el de Georges Politzer”[2]. Conoció a ese profesor cuando cursaba segundo medio, a finales de los años 70. En esos años Choquehuanca no tenía nada que ver con las ideas que hoy pregona, menos aun con los movimientos indianistas y kataristas que estaban ya formados.

A mediados de los años 80 tenía vínculos con el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) (organización que había tenido una relación estrecha con algunos militantes kataristas en años anteriores), quienes le facilitan una beca para viajar y formarse políticamente en Cuba: “los miristas me dicen: ‘tenemos dos becas para Cuba’ y se abre esa posibilidad. Y yo digo, ‘quiero ir’”[3]. Su formación marxista, desde que un profesor suyo lo introdujo en esa corriente, pesó de modo determinante en la forma en que él veía el país dirigido por Fidel Castro: “Era un sueño llegar a Cuba”[4]. Por aquel entonces, como tantos otros marxistas, Choquehuanca quería conocer la Cuba socialista; no le interesaba el sexo de las piedras, los poderes afrodisiacos de la papalisa o “leer las arrugas de los abuelos”.

Choquehuanca, al referirse a él mismo y las personas con que trabajaba en aquellos años, dice: “nosotros éramos marxistas”[5]. Abandona su fe a inicios de los años 90: “Cuando nosotros nos reuníamos en los años 90, 92, los aymaras decían: ‘queremos volver a ser, porque nosotros hemos dejado de ser, ya no queríamos ser’”[6]. Fue en esos años que se “tropieza” con el problema del ser aymara, no cuando vivía en su comunidad, sino cuando el muro de Berlín ya había caído y la Unión Soviética se había disuelto. Es cuando pierde el referente material más importante de sus certezas ideológicas marxistas, la URSS, que él se refugia en algo que no encontró en su comunidad ni en su militancia marxista, sino en su trabajo en una ONG: “El 89 empiezo a trabajar en la ONG Nina”[7]. Su “encuentro” con el tema “indígena” y “su” identidad tiene que ver con su trabajo y la búsqueda de financiamientos para sostenerlo. No se trata de una “herencia ancestral”, sino de los problemas surgidos después de la caída del “socialismo real” y del protagonismo político y económico que fueron tomando los organismos no gubernamentales.

Ya desde que en Bolivia se implementó el Decreto Supremo 21060 muchos dejaron el marxismo, lo que fue coronado con la caída del Muro de Berlín el 1989 y la disolución de la URSS en 1991. Muchos de estos marxistas “renegados” fueron tomando los símbolos y discursos indianistas y kataristas, que ya estaban siendo “purificados”, vaciados de su contenido político-subversivo y ello por la obra nada inocente de varias ONG’s. Pero además es en los años 80 que el indianismo empieza su decadencia y degenera hasta confundirse con el indigenismo, contribuyendo en la formación del pachamamismo. Así las ideas indianistas y sus símbolos, que antes eran despreciados y rechazados, serán tomados por los ex-marxistas, pero no en su sentido histórico, sino místico. La experiencia histórica de lucha en la que se formaron tales ideas y símbolos será enterrada por ser “racistas” y solo se tomará lo menos peligroso para los grupos dominantes en organizaciones e instituciones, lo más comercializable. De ello se alimentará Choquehuanca en la búsqueda de mantener su trabajo.

Antes de las elecciones de 1993, en las que Víctor Hugo Cárdenas llega a ser electo como Vicepresidente, David Choquehuanca andaba en un proyecto político. Sobre ello dice: “el líder, el ideólogo, era Víctor Hugo Cárdenas, y nosotros aprendiendo”[8]. Es decir, Choquehuanca aprendía de Cárdenas, a quien veía como líder e ideólogo, no habla de alguna supuesta “sabiduría ancestral”. Siendo Cárdenas un militante histórico del movimiento kataristas no es de extrañar que alguien que, como David Choquehuanca, recién estaba descubriendo su identidad lo haya visto como líder, ideólogo e incluso como maestro. El proyecto no llegó a buen término y Cárdenas fue por su camino, llegando a la vicepresidencia acompañando a Gonzalo Sánchez de Lozada.

Por el año 1998 Choquehuanca llegó a tener una conversación con Felpe Quispe, quien recién había salido de la cárcel, para proponerle ser candidato a la dirección de la CSUTCB. Una de las cosas que Quispe recuerda de esa conversación es que David Choquehuanca se le acercó pidiéndole perdón por que él (Choquehuanca) había plagiado varios pasajes del libro que Felipe había publicado en 1988: Tupaj Katari vive y vuelve carajo. Choquehuanca, según cuenta Quispe, dijo en aquella oportunidad: “hermano me vas a disculpar, yo de aquí he sacaw muchas cosas, no te he citado, no me vas a hacer me el juicio”[9] y Quispe lo perdona y no le hace juicio.

El hecho es importante porque muestra que Choquehuanca tenía alguna idea de sobre los indianistas, pero no los citaba, como muchos otros han hecho, para ser visto como el sabio; pero además, estaba plenamente consciente de que cometía un delito. Choquehuanca también nutrió su repertorio con las ideas de Germán Choquehuanca, a quien invitó a las actividades de la ONG en que trabajaba: “yo invitaba a Germán Choquehuanca”[10].

Recordemos que el padre de la actual wiphala es Germán (Choque Condori) Choquehuanca, quien se hace llamar “Inka Waskar Chukiwanka” y escribió varios trabajos tratando de dar un sentido precolonial y místico a este símbolo. Llaman la atención las palabras de David Chquehunaca al referirse a la wiphala, pues muestran al “autentico” personaje que ejerce el cargo de canciller en Bolivia; él dice: “La wiphala está relacionada con el equilibrio, con el consenso, con la complementariedad. Cuando levantamos eso queremos decir: ‘Queremos que las decisiones se tomen mediante el consenso’, por eso levantamos nuestras wiphalas”[11].

Cuando nuestro patético canciller habla de la wiphala tiene el cuidado de no mencionar a Germán Choquehuanca, a quien conocía e invitada a sus eventos. De esa forma se asegura de evitar mencionar a su fuente de ideas y aparece como heredero de una “sabiduría ancestral”. Seguramente, esta actitud hipócrita y oportunista no tiene nada que ver con el “equilibrio”, el “consenso” o la “complementariedad” que tanto cacarea. Pero, al mismo tiempo, está claro que ni siquiera tiene idea de cómo fue emergiendo ese símbolo, allá a finales de los años 60, pues él es alguien totalmente ajeno a la lucha indianista que simboliza la wiphala.

La “sabiduría indígena” de la que presume Choquehuanca no la extrajo de sus ancestros, sino que la fue copiando a algunos indianistas. De tal forma que algunas ideas y símbolos del indianismo las fue acomodando a los intereses de quienes financiaban su trabajo en la ONG Nina. Claro, como ya se dijo, este plagio se hacía siempre dejando de lado el sentido subversivo y político de tales ideas, dando únicamente atención a los aspectos más inofensivos, al punto de esoterizar tales ideas y símbolos.  Este trabajo no fue muy difícil contando, por una parte, con financiamiento, y por otra parte, teniendo indianistas ya perdidos, viviendo su decadencia. Lo mejor del indianismo, dado entre los años 60 70, no se tomó en cuenta por peligroso, pero si las ideas de la degeneración indianista, lo que se dio en los años 80. Claro que la excepción fue el EGTK, el cual se formó a contra corriente. Mientras el culturalismo emborrachaba a muchos indianistas, el EGTK volvió a poner el acento en la lucha y no en el rito, rito folklorizado que los q’aras gustan difundir como el indianismo “autentico”.

La degeneración indianista, su fruto, fue el alimento para varios proyectos de ONG’s y siempre se tuvo en cuidado de no hacer referencia a los indianistas, quedando todo encubierto por la idea de “sabiduría ancestral”. Con ello los indianistas quedaban fuera y su obra tenía ya otros dueños.

Pero volvamos al caso del autoproclamado Inca. Recordemos que hace hincapié en que los “indígenas”, por lo tanto él, siempre hacen las cosas en consenso, comunitariamente. Esta idea, que repite constantemente, no tiene que ver con su experiencia y vida política, sino que la expresa por la moda actual. En los años 80, cuando tuvo la oportunidad de ir a Libia, nunca consensuo con nadie a quienes podía invitar, simplemente escogía a sus amigos, como la gran mayoría hace: “Hicimos varios viajes a Libia… he llevado a mis amigos, a mis amigas, varias veces”[12]. Choquehuanca no tuvo una vida comunitaria, tiene un discurso comunitario por su trabajo en ONG’s, por una moda.

Realmente, David Choquehuanca es alguien que poco sabe de las luchas históricas que dieron lugar a la aparición de símbolos como la wiphala o la figura de Tupaj Katari. Su alusión a los ancestros, a los “abuelos”, es la mejor manera de encubrir su lejanía y distancia con tales luchas, además que le sirve para ser visto como “sabio” por quienes están en peor situación que la de él con respecto a conocer los procesos en los que se configuró la voluntad política de formar un “gobierno indio”. A nuestro canciller le hubiera servido mucho, por ejemplo, “leer las arrugas” de Luciano Tapia para saber sobre luchas reales y concretas, más allá de un imaginar místico; pero, lamentablemente, Tapia[13] murió hace no mucho. Pero aún podría “leer las arugas” de Constantino Lima o de Felipe Quispe, aunque posiblemente llegue a copiar algunas “arrugas”, y tal vez así aterrice en experiencias ricas, duras, amargas y concretas de lucha, ello le ayudaría mucho, no en su labor de canciller, sino en dejar de hacer el ridículo y de ridiculizar a los “indígenas”. Pero Choquehuanca considera que “el ser humano está en último lugar”[14], así que de seguro él estaría más cómodo con una lechuga que tratando de aprender de los líderes históricos de la lucha por un “gobierno indio”.

Tal vez el problema este en que a este señor de niño le dieron coca en lugar de leche; recuérdese que él sugería que a los niños se les debía dar coca en lugar de leche. Eso podría explicar sus disparatadas frases. O tal vez, antes de hacer alguna declaración pública, consume mucha papalisa. Recordemos que él afirma que la papalisa es más efectiva que el viagra. Entonces, cuando habla en público puede estar en un estado alto de excitación, por lo que dice cualquier cosa. Tal vez, simplemente, hay que dejar de buscar justificativos para las ridiculeces de este farsante.

En definitiva, Choquehuanca no es un “sabio indígena”, actúa y habla sabiendo lo que gusta ver y escuchar a financiadores “occidentales”. Hay muchos como él que se las dan de sabios y “viven bien” estafando a la gente. Usar el lenguaje que usa Choquehuanca es una forma de ganar dinero. Por ejemplo, Javier Medina, quien se inventó el “vivir bien”, sabe muy bien que inventar disparates sobre los indígenas genera financiamientos y permite “vivir bien”, aunque en ese juego ni él ni su casta pierden; en cambio las payasadas de David Choquehuanca contribuyen a la dominación blancoide, pues quitan crédito, ridiculizan y refuerzan los estereotipos racistas sobre los “indios”, al ser un testimonio del prejuicio de que los “indígenas” en la función pública no tienen la idoneidad para estar donde están.


Nota: artículo publicado originalmente en el periódico Pukara número 101 (enero del 2015).
[2] Entrevista a David Choquehuanca, en Balance y perspectivas, Archipiélago ediciones/Fundación Friedrich Ebert, Bolivia, 2010, p. 215.
[3] Ibíd., p. 217.
[4] Ibíd.
[5] Ibíd., p. 219.
[6] Ibíd., p. 227.
[7] Ibíd., p. 219.
[8] Ibíd., p. 220.
[9] Entrevista en video a Felipe Quispe por Jimena Costa. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=q6wmRvqrfUc
[10] Entrevista a David Choquehuanca, en Balance y perspectivas, p. 222.
[11] Ibid., p. 228.
[12] Ibíd., p. 218.
[13] Véase Ukhamawa Jakawisaxa (Así es nuestra Vida), autobiografía de Luciano Tapia publicada en 1995. Puede descargarse el libro en pdf ingresando a: https://jichha.blogspot.com/2015/02/ukhamawa-jakawisaxaasi-es-nuestra-vida.html?fbclid=IwAR3C_R4l-iFGjBkvpXPGKkH5T3jAH_tBC9Ppu-Dngx6zPjWd-MXAPZujo-8
[14] Ibíd., p. 228.

domingo, 5 de enero de 2020

Racismo, un rasgo de la sociedad boliviana


Por Carlos Macusaya

Negar el racismo y al mismo tiempo practicarlo es una tendencia fuerte en algunos sectores “democráticos” de Bolivia. Pero también, desde estos sectores, suelen expresarse ideas, con un ingenio que raya en la estupidez, en las que se sostiene que el racismo sería una obra maquiavélica que el MAS habría implantado en su gobierno para dividir a los bolivianos. En otras palabras, estamos en una situación en la que el racismo es negado ejerciéndolo o se lo toma con un factor artificial, un injerto ajeno a la realidad del país.

En cierto sentido, un racista es como un alcohólico: no puede reconocer su problema. Pero el asunto no se reduce a una cuestión individual, pues el racismo es una expresión (no la única) de relaciones sociales.

En Bolivia las jerarquías sociales suelen identificarse con los rasgos somáticos y una síntesis de ello, muy ilustrativa, es el ejército. Los rasgos físicos de la tropa se diferencian de los rasgos de los oficiales. La autoridad y el poder se viven explícitamente como diferencias racializadas. Así, la dominación tiene una característica somática (no una determinación biológica): es blancoide.

En ese orden, el ascenso social va de la mano con los esfuerzos por diferenciarse del grupo de origen, tratando de ser lo más parecido posible a los “de arriba”, tanto en los rasgos físicos como en el desprecio visceral por los de abajo, los indios. Tener una madre o una abuela de pollera no garantiza que uno esté libre de ejercer racismo. Es más. Quienes suelen expresar con gran naturalidad prácticas racistas contra “indígenas” son personas de origen “indígena” y no lo hacen por puro capricho, sino porque han aprendido que, en la sociedad boliviana (familia, cuartel, escuela, universidades, medios, etc.), el origen “indígena” suele ser una desventaja, un estigma. Entonces, el racismo no es un injerto en Bolivia, es un rasgo de nuestra sociedad.

Cierto que, en un contexto especifico, algunas personas han usado y usan la victimización y su origen para generar lástima y obtener un cargo. Pero estos son casos mínimos que no modifican el orden social y sus prerrogativas. Además, el accionar de estas personas muestra que quienes dominan y los reconocen, favoreciéndolos con algún espacio, lo hacen porque no son del mismo grupo social.

Todo esto tiene que ver con los rasgos históricos que se fueron dando con la división del trabajo en la colonia: indios como mano de obra y no indios como administradores. Sin embargo, esto también ha sufrido cambios importantes, tanto en las relaciones de explotación (clases) como en las diferencias de ingresos económicos (estratos), lo que no ha modificado, sustancialmente, la forma en que se identifica las jerarquías sociales y sus justificaciones ideológicas.

Recordemos que hace unos días (el 1 de enero) Yerko Nuñez publicó una foto en la que él y Yeanine Añez aparecen con una mujer (la “sin nombre”) que delante suyo tiene el único plato de comida en la mesa. Núñez y Añez no iban a comer con una persona de “esa clase”, pero podían usarla para una fotito. ¿Cuándo se quiere aparentar cercanía con los “de abajo” se usan a los jailones (con pititas o con bazucas caseras) para fotitos?

Recordaremos también que en enero del 2018 Sergio Choque, diputado del Movimiento Al Socialismo (MAS), denunciaba: "Dentro del MAS existe racismo entre los mismos diputados, hay sectores que responden a esas clases ´a medias´, como dice el presidente, que a la hora incluso de servirse una comida se separan, se hacen a un lado, y piensan que por el color que tienen, que son más blancos, piensan mejor que nosotros”.

Lo más reciente fueron las declaraciones de Añez sobre “salvajes”, dejando claro cómo clasifica no solo a algunas personas que pasaron por ciertos cargos, sino a aquella población de la cual provienen esas personas. Pero además, negó las expresiones de racismo que se dieron en mayo del 2008 en Sucre. En este último caso hay algo muy peligroso, pues, viniendo de alguien que ocupa la presidencia, puede ser tomado como “luz verde” a la violencia racista: “humillar indios no es racismo, así que está permitido”.

Quienes dirigen el país, y sus simpatizantes, enceguecidos por el odio y el revanchismo, creen que antes de lo que fue el “proceso de cambio” no había racismo y los bolivianos vivían bondadosamente hermanados. Eso es tan tonto como creer que antes de la llegada de los españoles todo era hermandad y bondad en estas tierras.

Es innegable que el MAS alimentó, generosamente, los prejuicios racistas, en especial sobre las poblaciones catalogadas como indígenas, folclorizando a esas poblaciones y tratándolas como menores de edad; pero hizo eso a partir de cosas que ya existían en la sociedad boliviana; no se las inventó de la nada.

El asunto es más delicado aún si consideramos que se viene un proceso electoral que puede verse “entorpecido” y hasta frustrado por dar “luz verde”, desde el gobierno, a la violencia racista. No será extraño que los agredidos se defiendan, pero también hay que considerar que la forma de actuar del ejército en Senkata y cómo se construyó un enemigo desde los medios, son síntomas de lo que podría suceder.

En todo caso, el racismo, a pesar de los esfuerzos por negarlo, está tomando cada vez más preponderancia y podría llegar a un punto de “no retorno”. Empero, si bien en Bolivia hay personas que creen que los indios deben ser gente que permanezca en puestos de bajo rango; también hay quienes, teniendo la piel clara o morena, apuestan por construir un país en el que seamos juzgados por lo que hacemos, no por nuestro apellido, origen, color de piel o forma de hablar. En la situación que vamos viviendo, es necesario unir esfuerzos en ese sentido.

miércoles, 18 de diciembre de 2019

Batallas por la identidad (Epílogo)





La experiencia del indianismo y el katarismo en Bolivia, desarrollada en la segunda mitad del siglo XX, y las acciones descolonizadoras promovidas por el gobierno de Evo Morarles ofrecen variadas facetas, con luces y sombras, que me parecen importantes en relación a las luchas proyectadas desde quienes han sido racializados como indios y sobre lo que se pretende hacer en favor de esas poblaciones, pero reproduciendo la racialización. En ese sentido, como habrán notado las personas lectoras de este texto (Batallas por la identidad), el contenido que tienen los materiales en él reunidos expresan un sentido crítico, una especie de apasionamiento por señalar lo que fue y lo que no anda bien. El estar en un escenario marcado por las políticas “descolonizadoras” en Bolivia, donde varios aspectos forjados y trabajados desde el indianismo y el katarismo eran explotados simbólicamente, pero esos movimientos eran “ninguneados”, hizo necesario el ir formando, dentro limitaciones y posibilidades (que van más allá de la buena voluntad de uno), un esclarecimiento histórico de la mano de un trabajo de crítica al accionar del “gobierno indígena”, en un terreno en el que sus ideas directrices desfiguraban los procesos en los cuales los “indios” fueron y son protagonistas.

Pero las reflexiones sobre las luchas desde la condición de racialización, que no son “patrimonio” de Bolivia (ni de los aymaras), así como la crítica a las políticas dirigidas a “pueblos indígenas”, deberían ser asumidas como condiciones para ir más allá. Deberían ser tomadas, desde una perspectiva y un accionar producidos al interior de esas luchas, no como fines en sí mismos, sino como elementos de un proceso que no puede ser la mera rememoración de lo que hicimos ni la pura denuncia de lo que hoy sufrimos. Por lo menos, es lo que asumo y no solo desde mi experiencia en Bolivia, sino considerando algunas experiencias mías en el sur peruano (así como en el norte argentino y chileno).

Desde el año 2008 tuve la oportunidad de ir por varios lugares del Perú: Tacna, Puno, Cusco, Abancay y Arequipa. Fueron viajes de activista a distintos eventos referidos a “movimientos indígenas” y no fue muy complicado llegar a ellos. Si uno no toma el transporte turís­tico puede encontrar opciones bastante económicas y esas fueron los que tomé. El tema de los costos del transporte solía cubrirlos con va­rios materiales que llevaba para vender, generalmente libros (referidos a las temáticas que yo trabajo) y algunas artesanías (como zampoñas y quenas). En la mayoría de esos eventos se brindaba “hospedaje co­munitario”, así que uno podía “acomodarse en un rinconcito” con una bolsa de dormir; pero además, se brindaba alimentación en los días de la actividad. Estos aspectos, como podrán suponer, hacían más factible el poder ir a esas actividades.

En las experiencias que tuve durante esos viajes, más o menos durante cuatro años, pude percibir algunos unos cambios. En los primeros eventos a los que asistí, en específico en Puno y Tacna, sobresalía la influen­cia marcada del discurso de Felipe Quispe (líder indianista en Bolivia conocido como “El Mallku”) sobre la identidad aymara. Además, esas actividades reunían gran concurrencia e incluso había oportunidades en las que mucha gente quedaba fuera de los locales. Empero, con el pasar del tiempo, la influencia que más noté ya no era la de Felipe Quispe, sino la de David Choquehuanca (ex-canciller de Bolivia) y ello marcaba un cambio muy significativo: se había pasado de la efervescencia política, en la que se perfilaban problemáticas organizacionales y cuestionamientos al Estado peruano (y al discurso que había propalado ese mismo Estado para legitimar su existencia), a una cantaleta sobre la “diferencia cultu­ral”, acompañada, indefectiblemente, de “rituales ancestrales” cada vez más exóticos. Si bien la figura central de exportación de Bolivia ha sido Evo Morales, era David Choquehuanca quien tenía el “dis­curso auténtico” para muchos activistas del sur peruano. La tragedia de ello fue que se pasó de Felipe Quispe a Choquehuanca o, para decirlo de otra forma, se pasó del “indio rebelde” al “indio espiritual”.

En esa situación, los rituales fueron convirtiéndose en lo más impor­tante del “ser” de los indígenas en esas actividades, pero ello no corres­pondía a la vida “indígena”. En una ocasión, desde la ciudad de Puno varias personas nos dirigimos a Cojata, un pueblo ubicado en el norte del lago Titicaca. El lugar era la sede de un encuen­tro realizado con la muy recurrente idea de que las raíces están intactas en las comunidades y que hay que ir a esos lugares a recuperar la identidad (pero también, y eso era lo bueno, uno podía darse una mejor idea de la vida rural). El evento fue inaugurado mediante una ceremonia dirigida no por “sabios” de la comunidad, sino por algunas personas que eran consideradas amautas y que vivían en la ciudad de Puno. Mientras eso pasaba, las personas de pueblo miraban extrañadas y de lejos el ritual (no participaban de él), además de hacer algunos ges­tos de mofa y hablarse al oído, en medio de risas. Era evidente que se trataba de un ritual ajeno a los pobladores de esa comunidad, pero realizado en nombre de ellos y como “tradición ancestral”.

Cosas similares vi en otros lugares y en esas circunstancias, para mí, era incomodo hablar con algunas personas que estaban muy afanadas en saber cómo eran “los rituales que habían llevado al po­der a los indígenas en Bolivia”. Uno trataba de hablar sobre los procesos de lucha, las movilizaciones y la crisis política y económica que dieron lugar a la emergencia del “indio”, pero no a muchos les interesaban esos temas, sino que estaban buscando “rituales mágicos” antes que expe­riencias de lucha (claro que también habían personas con perspicacia política y muy lúcidas). Y es que desde Bolivia se exportaban imágenes con indígenas haciendo rituales para todo y para nada, y ello, me pare­ce, era asumido como lo “auténticamente indígena” y lo que había que emular en nombre de la recuperación de lo ancestral. Empero, para mí era una forma muy efectiva de distraer y entretener a los indígenas, era una forma de esterilizar y anular potenciales de lucha.

Por otro lado, esos eventos solían ser el escenario de exhibición de algunos personajes que a primera vista lucían pintorescos y que se jac­taban de ser “sabios”, “incas”, “amautas”, etc. Éstos, en los estridentes debates que solían sostener entre sí, acaparaban la atención de los participantes por su retórica sobre el Tawantinsuyu y por su vestimenta “ancestral”. Sus discusiones giraban en torno a, por ejemplo, la legitimidad de cada uno de ellos por descender de tal o cual panaca (o ayllu), la “correcta y ver­dadera” forma de saludar al sol, el gesto apropiado para hacer este o aquel ritual, entre otras tantas tonterías (los casos más patéticos los vi en Cusco). Mucho del tiempo de las actividades se iban en estas “brillantes discusiones” y el público, que empezaba con mucha atención y entusias­mo, terminaba cansado y sin concretar nada.

Con el pasar del tiempo, los eventos se hacían cada vez menos con­curridos y, siendo honesto, ya no podía vender los materiales que lle­vaba, por lo , no podía costearme los gastos. Más o menos desde el 2012 fui dejando de hacer viajes al sur peruano, pero el 2016 volví hacerlo y asistí a un evento en Cusco. A diferencia de las actividades en las que había estado antes, ésta se encontraba casi vacía, de no ser por los organizadores (un par de personas) y algunos participantes. Segura­mente hay muchos factores que ayudarían a comprender el porqué de ese desgaste, uno de ellos (no el único), desde mi punto de vista, fue el hecho de que la gente que tenía voluntad política por concretar algo fue dejando de asistir a estas actividades por no encontrar nada sólido en ellas y por cansarse de escuchar debates inútiles. Sin embargo, los protagonistas estelares de esos debates (“sabios”, “in­cas”, “amautas” y otros) no dejaron de asistir y “contribuir” con su retórica “distractiva” (por decir lo menos). Me atrevo a afirmar que el papel de estos persona­jes (consciente o inconscientemente, no lo sé) fue el de evitar que algo serio llegara a madurar en esas actividades. Ese fue su rol en los hechos.

Estas experiencias en mis andanzas por algunos lugares de Perú también incidieron en los problemas que fui tratando en lo que he escrito. Y es que esos problemas no son exclusivos de Bolivia, sino que pueden verse, con variados matices, en otros países. Son parte de las batallas por la identidad y se desarrollan en situaciones de racialización que muchas poblaciones sufren en el continente. Todo ello me conven­ció de que buscar hechos históricos que permitan entender algunos aspectos de lo que hoy vivimos es necesario, pero no es suficiente. Además, desde las condiciones de racialización que viven los “indios” en distintos ámbitos y espacios, las ideas sobre nuestro pasado suelen llevar a conclusiones muy funcionales al poder establecido: buscar respues­tas en nuestros antepasados para problemas contemporáneos; creer que las sociedades pre-coloniales tenían respuestas para todo, incluso para lo que vivimos hoy. Como si nuestros ancestros nunca se hubieran equivocado o como si hubieran vivido en un paraíso. Peor aún, como si nuestros ancestros tuvieran las repuestas para enfrentar la expansión china en el siglo XXI o como si se pudiera tomar ese pasado idealizado y “aplicarlo” hoy. Un ejercicio histórico no autocomplaciente ayudaría mucho a deshacer esa imagen, pero ese trabajo de clarificación sobre la historia es solo eso, no proyecta de por sí nada.

El trabajo sobre los procesos que han dado lugar a lo que hoy vivimos adquiere sentido y encuentra su límite en cuanto se trata de transformar la realidad. Adquiere sentido porque se trata de un esfuerzo por saber y entender cómo es que llegamos a esta situación; pero a la vez, adquiere su límite porque ese saber se limita a lo pretérito. Sin embargo, relacio­nándolo con el esclarecimiento de los fenómenos político-ideológicos que en la actualidad reproducen, de manera reconfigurada, procesos de racialización que se produjeron en el pasado, puede exceder en alguna medida sus limitaciones, pero nada más.

Hace falta una caracterización amplia, un diagnóstico, de la realidad que viven las poblaciones racializadas en el presente, para desde esa situación proyectar acciones de lucha, pues las formas contemporáneas de las estructuras sociales cambian los términos de la lucha. En ese sen­tido, no se trata de saber lo que fuimos, sufrimos o, incluso, de lo que fuimos capaces de hacer. Se trata de entender la realidad que queremos transformar y ello implica varias tareas. Para ir cerrando, mencionaré algunas que me parecen urgentes, pero no son las únicas.

Hoy es necesario desenmascarar el papel político del indigenismo, y ya hay varios pasos en ese sentido, poniendo atención en las problemáticas contemporáneas en contraposición a la idealización que se ha hecho so­bre los “indígenas”. En Perú, por ejemplo, la idealización del Tahuantinsu­yo y la explotación turística que se ha hecho sobre lo inca tiene el efecto de folclorizar a los “indígenas”; pero además, son la referencia ideológica de muchos dirigentes que han aceptado ciegamente esa reducción folclorista e in­cluso la enarbolan y defienden. Este trabajo implica una confrontación con la feudalidad académica en torno a los “indígenas”. Una confronta­ción con ideas, autores e instituciones que se han dedicado a glorificar a los indígenas del pasado o a ensalzarlos en “su” sobrevivencia.

Pero también es necesario, y en relación a lo anterior, romper la idea de que los “asuntos indígenas” son cosas del área rural y en la que los citadinos no tienen nada que ver. Para ello, de forma com­plementaria, sería útil poner el acento en el papel que los migrantes “indios” han tenido y tienen en la formación de las urbes. Pero, en lo fundamental, se trata de pensar nuestra situación en los distintos ám­bitos que ahora ocupamos y en las contradicciones y potenciales que se han ido generando en este proceso. Políticamente, arrinconarse en una postura ruralista, como ha sido la tónica de los “movimientos in­dígenas”, es contraproducente considerando que desde hace décadas estamos construyendo y llenando las ciudades. A ello contribuiría, también, cuestionar la llamada “inclusión indígena” y cómo funcionan sus mecanismos de representación en distintas instituciones, gubernamentales y no guber­namentales, porque suele suceder que los supuestamente representa­dos ni siquiera saben ni conocen a quienes los representan, ni saben cómo los eligieron. Esto, además, debería ir de la mano con discutir el papel que juega la victimización entre algunos que así se ven favoreci­dos por “blancos” culpabilizados.

Simultáneamente, se debería trabajar en la formación de un sentido común en el que las ideas oficiales sobre los “indígenas” sean com­batidas a la vez de ir posicionando otros referentes simbólicos y de afirmación identitaria, pero que no se dirijan a generar lástima o a glori­ficar el pasado, sino que sean elementos para pensarnos más allá de la victimización o de la melancolía. Entonces, hay que redefinirnos, lo que no es un problema de rigurosidad conceptual y lo que ello implica for­malmente cuando se nos llama “indígenas”. Y no es que estos aspectos no importen; por el contrario, si uno deja la mera formalidad académica y se concentra en los efectos políticos de esas ideas, puede hacer el ba­lance de su pertinencia o no en un proceso de lucha, no en una mera formulación conceptual. Esto implica disputar y cambiar el sentido que se ha impuesto sobre las poblaciones racializadas desde castas que se han asignado el derecho de definirnos según su conveniencia. En función de ello, lo teórico tiene sentido en la acción que permite desarrollar, más allá de lo inmediato.

No hace falta seguir glorificando derrotas por medio de homenajes o rituales. Es inútil tratar de emular las luchas de nuestros antepasados en condiciones sociales diferentes. No busquemos respuestas a nuestros problemas en “mensajes ancestrales”. Ni a Tupaj Katari ni a Tupaj Ama­ru les toca enfrentar nuestros retos; no les pidamos lo que nosotros tenemos que forjar y hacer, innovando, no de la nada, sino a partir de procesos históricos y experiencias concretas; pero, fundamentalmente, tratando de rebasar esas mismas experiencias y procesos. En todo ello no es importante “recuperar” la identidad de un pueblo, sino la capaci­dad de ese mismo pueblo de transformase a sí mismo.


Nota: el presente texto es el Epílogo del libro “Batallas por la identidad. Indianismo, katarismo ydescolonización en la Bolivia contemporánea”, publicado en Lima (Perú) en 2019 por el grupo Hwan Yunpa.

Batallas por la identidad - Carlos Macusaya





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lunes, 18 de noviembre de 2019

Entre revanchismo y movilización



Por Carlos Macusaya

Los actores que pueden llevar al país a una salida no violenta de la actual crisis están esforzándose por todo lo contrario. Jeanine Añez y su equipo apuestan por el revanchismo y “le meten nomás”, mientras que los ahora opositores, los masistas, han volcado a sus bases a las calles, buscando generar un escenario de “resurrección”. En todo ello, el racismo como justificación de la anulación del otro, lo cual ya se venía perfilando en el periodo electoral pasado, ha tomado mayor notoriedad. Tristemente, hasta ahora, ninguna de las partes muestra voluntad política para superar esta situación.

El gobierno transitorio prioriza cualquier cosa menos llevar adelante la única tarea que tiene: llamar a elecciones. Está más ocupado en justificar la represión que en generar condiciones de diálogo y negociación. No extraña que en sus primeras declaraciones la ministra de Comunicación, Roxana Lizárraga, haya advertido a periodistas “sediciosos” que iba a “tomar las acciones pertinentes”, lo que fue criticado y con justa razón. En esa misma línea se ubica la intención de crear un “aparato especial de la Fiscalía” contra legisladores “subersivos”, anunciada por el ministro de Gobierno Arturo Murillo (El bolas), sin dejar de lado el decreto que exime de responsabilidad penal a los militares (¿licencia para matar?). ¿Y los esfuerzos por llamar a elecciones?

Bueno, con una Jeaniane Añez que antes descargaba su bronca contra los “indios” en varios de sus tuits, que ahora ocupa un cargo que le cayó no por mérito propio y que parece olvidar que el país se gobierna con la Constitución y no con la biblia, no es muy alentador el panorama para salir de la crisis.

Por su parte, el MAS, que ha pasado a ser oposición, trata de salir del shok que la renuncia de Evo Morarles y Álvaro García le causó, apelando a la movilización de sus bases, pero sin clarificar un objetivo que pueda ayudarle a cohesionar a los movilizados, lo que además, empieza a generarle efectos contraproducentes en algunos sectores que antes le eran simpatizantes. Con estos esfuerzos busca lograr torcerle el brazo al gobierno, pero, lamentablemente, ya se han perdido varias vidas en Sacaba, lo cual solo agudiza más aún el conflicto.

Hay que resaltar que las acciones claramente racistas expresadas, por ejemplo, en la quema de la wiphala, poco después de que Mortales renunciará, indignaron a mucha gente. Está indignación dio lugar a movilizaciones de protesta, principalmente en El Alto, el lunes 11 de noviembre; las mismas fueron aprovechadas por la dirigencia del MAS para rearticularse en los siguientes días. Sin embargo, estos dirigentes no supieron darle dirección a esa protesta y, por el contrario, la han estado deslegitimando.

Esta dirigencia, carente de ideas, se quedó en la consigna del “desagravio”, sin afectar a autoridades que negaron este símbolo reconocido en la Constitución, como el comandante departamental de la policía de Santa Cruz, Miguel Mercado, quien en el programa La revista de Unitel desconoció la wiphala como símbolo del Estado. Hubiera sido un objetivo más práctico pedir, en las movilizaciones, la renuncia de este tipo. También bien hubiera sido más concreto movilizarse para pedir una sesión parlamentaria con cuórum (al final de cuentas, el MAS tiene dos tercios). Pero se quedaron en el inofensivo “desagravio” que ya se ha desgastado.

Caminando de acá para allá, durante algunas las movilizaciones que fueron gasificadas en el centro paceño, puede percibir la poca cohesión de los movilizados. Algunos hablaban de que había que pedir la renuncia de la alcaldesa del El Alto, Soledad Chapetón; otros aludían a temas más locales, pero también había quienes decían que la demanda debía ser la renuncia de gobernador Patzi o el veto político a determinadas personas; además de señalar el riesgo de que Añez, desde el gobierno, sea una operadora política del posible candidato L. F. Camacho. Es decir, un abanico de consignas que no terminaban de cuajar en un espíritu común, lo que evidencia la ausencia de liderazgo y claridad política.

Por otro lado, entre otras cosas, me tocó ver en una de esas movilizaciones como una marchista le reclamó a una vendedora el hecho de no poner una wiphala en su puesto. Se armó una pequeña discusión que terminó cuando la vendedora dijo: “¿cómo nos vamos a pelear entre nosotros si somos hijos de la misma pollera? Hay que ir a la zona sur a bloquearles”. Es decir que la movilización no ha logrado articular a sectores que podrían sumarse y más bien va generando rechazo. En la propia ciudad de El Alto las diferenciaciones sociales inciden en las limitaciones que esta movilización tiene para ampliarse.

Además de lo dicho, hay que considerar que en este conflicto el racismo se va haciendo cada vez más explícito en las opiniones de muchas personas. Los “otros” vistos como “naturalmente” diferentes son: “hordas”, “saqueadores”, “delincuentes”, “narcotraficantes”, “vándalos”, “indios de mierda”, etc. Pero además, “hay que meterles bala”. Es decir, se trataría de seres moral y bilógicamente inferiores, sin educación y barbaros. Por lo mismo, el matarlos no podría ser condenable; al contrario, sería un acto de “patriotismo”. Estas ideas racistas insinúan que si esos inferiores fueran “depurados” de Bolivia el país estaría bien. Algo similar a las ideas nazis que justificaban la matanza de judíos.

Claro que se debe notar que, muchas de estas personas, prefieren tener a la indiada en una foto de postal a la vez de decorar su hogar con algún elemento étnico (de esos despreciados indios). Y es que el aceptar la “riqueza cultural” del país tiene una trampa racista: que los indios no molesten y se queden en “su” lugar, porque ahí se ven bonitos. Los indios movilizados les dan asco, les dan miedo y esto es lo que hoy se hace más evidente en ciertos sectores de la población “democrática”.

Es indudable que las movilizaciones han sido aprovechadas por muchos delincuentes, pero sería irresponsable decir, como se viene haciendo, que todos los movilizados son delincuentes. Eso solo sirve para descalificar y descargar, en muchos casos, un odio visceral bien “cultivado”, pero no es útil para comprender la situación y afrontarla.

Pero, desde el otro lado, por ejemplo, es resaltable que en la reivindicación de la wiphala había un espíritu de igualdad, muy alejado de los esoterismos y romanticismo de algunos grupos. Oí a una señora decir, respecto a la quema de la wiphala, “si eso hacen con la wiphala, ¿qué me van hacer a mí?”. Ella pedía respeto a este símbolo de lucha como muestra de que todos podían ser considerados iguales en el país. Una aspiración de la inmensa mayoría de quienes son catalogados como indígenas, aunque está claro que esta aspiración incomoda, por decir lo menos, a sectores que han gozado (y aún gozan) de privilegios de casta.

Entonces, estamos en una crisis en la que el racismo va tomando cada vez más preponderancia, pero ni el gobierno transitorio ni el MAS dan señales de buscar salir pacíficamente de esta situación. Los primeros siguen en su línea revanchista, mediante lo que ya algunos llaman “política del terror”, y solo han decorado su gabinete con el clásico gesto racista de incluir a una indígena en asuntos culturales, lo que se enmarca en las pachamamadas a las que ya nos había acostumbrado el anterior gobierno. Por su parte, el MAS ha degenerado la reivindicación de la wiphala en el abuso, la amenaza y el miedo, obligando a que muchas persona coloquen este símbolo en sus negocios o vehículos para no ser agredidos (lo que es condenable).

En todo esto, la mayoría de los medios contribuyen a la violencia gubernamental difundiendo una imagen negativa sobre los movilizados, en un sentido que apunta a justificar las acciones represivas. ¿Cuánto tiempo más puede seguir el gobierno transitorio con esa actitud? ¿Será suficiente con que los medios, en el afán político de darle estabilidad al gobierno, difundan noticias destinadas a descalificar las movilizaciones, omitiendo otros aspectos? ¿El MAS podrá proyectarse dejando la evodepedencia? ¿Saldrán de su escondite los luchadores por la democracia?

Lo cierto es que el gobierno debe llamar a elecciones, conformando previamente, un nuevo Órgano Electoral. Pero para ello debe sentarse con quienes son la mayoría parlamentaria, pues la elección de vocales debe hacerse con dos tercios del parlamento y esos dos tercios los tiene el MAS. Entonces, estos señores, gobernantes y opositores, deben asumir que son los responsables de brindar una salida pacífica a la crisis que vivimos.