jueves, 5 de julio de 2018

La idealización en el indianismo: condiciones y límites

Carlos Macusaya Cruz
Resumen: El indianismo tiene una faceta en la que el indio es idealizado a la vez de hacer lo inverso con respecto al “blanco” y esto ha dado lugar a que sea descalificado, sin considerar lo que está implícito en esa idealización. Sin embargo, en los planteamientos indianistas se puede identificar dos formas de pensar al indio: I) como condición esencial y II) como condición histórica. La primera es la más engañosa y para entenderla no basta la segunda pues ambas son parte del proceso de formación de una conciencia política entre quienes han sido racializados como “indios”. De tal forma que la idealización expresada en la forma I es la expresión de una condición histórica en la que la realidad vivida es invertida en una representación idealizada del pasado y entrampada en la nominación colonial: indio.

Palabras clave: idealización, indianismo, sujeto racializado, indio

Abstract: Indianism has a facet in which the Indian is idealized at the same time to do the inverse with respect to the "white" and this has given rise to that it is disqualified, without considering what is implied in that idealization. However, in Indian approaches one can identify two ways of thinking the Indian: 1) as an essential condition and 2) as a historical condition. The first is the most misleading and to understand it, the second is not enough because both are part of the process of forming a political conscience among those who have been racialized as "Indians." In such a way that the idealization expressed in form I is the expression of a historical condition in which the lived reality is inverted in a representation of the past and entrawn in the colonial nomination: Indian.

Keywords: idealization, indianism, racialised subject, indian

Introducción

La idealización que hace el indianismo al referirse a los “indios” es un rasgo que lo ha caracterizado y ello, sumado a su visceral ataque hacia los “q’aras”, ha dado lugar a que por mucho tiempo sea descalificado “de entrada”. El problema que esto entraña, y que hoy sigue siendo vigente, es que no se ha clarificado lo que expresa esa idealización. Por ello, en este trabajo se plantearán algunas reflexiones sobre la idealización indianista, buscando situar este fenómeno en el proceso de formación de una conciencia política entre quienes han sido racializados como indios en Bolivia, fundamentalmente en la parte andina. Las obras indianistas de Fausto Reinaga condensan hasta el presente la visión indianista en general, tanto en sus aspectos más lúcidos y contradictorios a la vez, y por ello serán la base para analizar la idealización señalada. Pero para tratar este asunto cabe señalar algunas puntualizaciones.

El indianismo por mucho tiempo en Bolivia ha sido menospreciado y desdeñado por quienes estudian a los “movimientos indígenas” y se ha privilegiado la atención sobre el katarismo[1], confundido muchas veces con el anterior. Empero, desde hace un par de años se habla de indianismo en ámbitos en los que antes esta corriente era desconocida o silenciada, y se lo hace a partir de interpretaciones de toda índole, desde las más esotéricas y descabelladas, pasando ligeramente por las que indagan en su historicidad y sus lineamientos ideológicos, hasta las que son simple descalificación[2].

Una primera aclaración que debe ser tomada en cuenta es la diferencia entre indianismo y katarismo. Para ello planteó una periodización en las que tomo a estas corrientes de forma global[3]:

1) Periodo inicial-formativo (1960-1971): iniciado con la fundación del Partido Agrario Nacional (PAN) en 1960 y que se cierra con el golpe de Hugo Banzer en 1971. En este tiempo emergieron los elementos básicos en lo que se podría llamar la politización de la etnicidad en los andes de Bolivia desde quienes fueron racializados como indios. Se inicia el trabajo de “desenterrar” a Tupaj Katari (e  introducirlo en el lenguaje sindical campesino), la wiphala y otros elementos relacionados a la historia y simbología en los andes, “alargando” de ese modo la memoria.

 2) Periodo de bifurcación (1973-1980): se inicia con la publicación del Manifiesto de Tiahuanaco (1973) y se cierra con el golpe de García Meza (1980). Es entonces que emerge el katarismo, no solo diferenciado del indianismo sino enfrentado a él. Fueron expresiones políticas de este periodo: el Movimiento Indios Tupaj Katari (MITKA) y el Movimiento Revolucionario Tupaj Katari (MRTK). Los primeros concentrados en buscar “originalidad”, independencia política y generar rupturas, mientras los segundos buscaban alianzas y avances graduales.

3) Periodo de decadencia (1982-1997): se inicia con la asunción de los curules por parte de los diputados indianistas del MITKA y el MITKA-1 en 1983 y se cierra con la conclusión de la gestión como vicepresidente de Victo Hugo Cárdenas (1997), años en los que el indianismo y el katarismo entran en confrontaciones internas y muchos de sus militantes caen en el multiculturalismo. Las expresiones más notables de este periodo la división y atomización, muy en especial en el indianismo.

En este proceso, el indianismo fue percibido como una expresión de resentidos, como una postura irracional y racista, mientras que el katarismo era “más realista”. Los intelectuales “q’aras” (Silvia Rivera, Javier Hurtado, Xabier Albó, Javier Medina, etc.), con sus vínculos institucionales y de casta, dieron su beneplácito y apoyo al katarismo introduciéndolo en los debates académicos mientras hacían lo opuesto con el indianismo[4].

Fue desde los bloqueos aymaras de los años 2000 y 2001, cuando el “indio” emergió como peligro para el Estado boliviano (y éste entró en crisis), que el indianismo fue ganando terreno y convirtiéndose en la forma elemental de dar sentido a los acontecimientos que se iban dado. Entonces, Fausto Reinaga empezó a ganar popularidad por su ideas indianistas, más allá de los reducidos grupos en los que era conocido, tanto fuera como dentro del país. Y fue Felipe Quispe, cuando por ese tiempo dirigía la CSUTCB, quien “ha sacado de la clandestinidad la palabra de Fausto Reinaga”[5]. En esa situación de crisis estatal se buscaban ideas y planteamientos sobre la emergencia del “indio” como sujeto político y los libros de este autor fueron requeridos desde entonces, circulando en plazas y ferias gracias al trabajo de activistas. La demanda sobre las obras de Reinaga fue percibida por los “pirateros” de libros, quienes desde el 2005 empezaron a reproducir varias de ellas, empezando por La Revolución India. Como corolario, el 2015, en el auditorio del Banco Central de Bolivia se presentaron sus Obras Completas, en medio de las comunes y ciegas adulaciones, las que hasta hoy son repetidas incluso por personas que antes denostaban a Reinaga.

Identificó tres periodos en la producción de Reinaga, para lo cual ubico el momento más importante en relación a cómo piensa el papel político de quienes han sido racializados como “indios” y a partir de ello defino los otros momentos. Es decir que no tomó su trayectoria intelectual en un sentido lineal y ascendente. En consecuencia, las etapas del pensamiento de Reinaga, desde mi punto de vista, son:

1. Pre-indianista (1940-1960), donde el indio no tiene centralidad política y es entendido como el beneficiario de la “revolución nacional”.

2. Indianista (1964 1971), en la que resaltan aspectos radicalizados de sus anterior etapa, pero centrando sus planteamientos en el papel del “indio” como sujeto político.

3. Post-indianista (1974-1991), donde la influencia indigenista y la angustia por que los “occidentales” lo reconozcan como filósofo “indio” se imponen definitivamente, abandonando la atención sobre el sujeto racializado e inclinándose por imaginar al “indio” como pensamiento que podría encarnarse en “cualquier raza”.

Téngase en cuenta que la etapa indianista de Reinaga[6] se desarrolla en la década de los 60 y ello responde a que el indianismo en general surgió en el escenario abierto pro el proceso de modernización estatal que había iniciado el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) desde 1952, proyecto que buscaba impulsar la formación de una burguesía desde el Estado a la vez de intentar crear una identidad nacional basada en el “ser mestizo”.

La limitada capacidad del “Estado nacionalista” para organizar la vida de la población y de absorber la mano de obra que migraba del campo a las ciudades (dando mayor vigor a los sectores “informales”) estaba consustanciada con la renovación de los procesos de diferenciaciones racializadas y la reproducción de castas. Entonces, la modernización proyectada implicó limitaciones (que eran su propio fiasco) en los procesos de movilidad social en función de criterios en los que los “signos raciales” y las diferencias étnicas volvían a ser elementos de distinción y jerarquización entre la población. Así, “la etnicidad, bajo la forma del apellido, el idioma y el color de piel, será reactualizada por las elites dominantes como uno más de los mecanismos de selección para la movilidad social, que se consideraban, junto a las redes sociales y la capacidad económica, los principales medios de acenso y descenso social”[7].

Empero, este fenómeno fue mimetizado con el discurso estatal sobre el “mestizaje”, discurso propalado con gran intensidad y que aun en la actualidad tiene mucha incidencia. El “indio” en el ideario nacional “mestizo” tenía su lugar en un glorioso pasado precolonial, pero en el presente (ese presente) se trataba de un ser que debía desaparecer haciéndose mestizo y así superar su condición de “atraso” e “inferioridad”. Esta idea quedó arraigada en la mentalidad boliviana y hasta hoy se expresa como “mejorar la raza”.

Se supuso una unidad nacional fundada en la unión sanguínea que habría surgido de la “mescla” entre los colonizados y los colonizadores. Pero en el fondo, esta unidad basada en las “sangres mescladas” fue (como es hoy) la negación tacita de quienes pasaron a ser “campesinos” (fundamentalmente aymaras y quechuas), pues lo mestizo entre las capas dominantes blancoides era una afirmación de su distancia o “no relación” con los “indios”, como diciendo: “mis abuelos ya hicieron el terrible sacrificio de mezclarse con los indos por lo tanto yo ya no tengo por qué hacerlo”. El mestizaje fue (y es) la reivindicación de un hecho siempre ubicado en el pasado y que no podía ni debía repetirse.

Se puede decir que el indianismo surgió de las posibilidades abiertas por el proyecto nacionalista y de sus limitaciones. Buscó diferenciarse de las corrientes en boga por aquellos años y las confrontó. Además, surgió desenmascarando el proyecto nacionalista, denunciando la racialización que sufría la gran mayoría de la población, desnudando los rasgos coloniales del Estado, etc., y en este proceso Fausto Reinaga tuvo un papel fundamental, debido a su experiencia y formación, básicamente en la formulación ideológica[8].

A pesar de que las ideas indianistas de Reinaga fueron elaboradas (básicamente) en la década de los años 60, siguen circulando en el presente y han arraigado en distintos sectores. Su producción indianista sigue siendo influyente en tanto son pocos los indianistas que han ingresado al terreno de la escritura y lo han hecho, las más de las veces, dando vueltas sobre ideas ya planteadas, matizándolas con estridencia en lugar de profundidad. Por si esto fuera poco, no han pasado de lanzar formulaciones sesgadas, a partir de posicionamientos de victimización, sin llegar a la clarificación teórica. En buena medida se puede decir que los lineamientos básicos del indianismo de Reinaga no han sido reflexionados (salvo excepciones) y en muchos casos se ha tomado lo más inconsistente de él. Por todo ello, analizar el pensamiento indianista de Reinaga adquiere importancia en la actualidad.

El trabajo de análisis sobre la idealización del indianismo se lo hará a partir de una lectura de las principales obras indianistas de Reinaga: La revolución india (1970), Manifiesto del Partido Indio de Bolivia (1970) y Tesis india (1971). Ello en razón de que a pesar de haber sido escritas hace casi medio siglo atrás siguen ejerciendo influencia y por ello su importancia no es algo del pasado.

Desde mi punto de vista La Revolución India es la obra más importante del “pensador indio” y la que mejor contiene la interpretación indianista[9]; pero además, este libro es una de las expresiones más destacadas del periodo inicial-formativo del indianismo[10]. Por su parte, el Manifiesto del Partido Indio de Bolivia está incluido como sexto capítulo de la obra anterior y también se publicó en una edición aparte; puede considerarse como un resumen de La Revolución India. La Tesis India surgió inicialmente como producto de la petición de unos dirigentes campesinos de la Federación Departamental de Campesinos de Oruro, pasando por varios eventos y hasta que en el Ampliado Nacional de la CNTCB, en febrero de 1971, no se permitió que dicha tesis fuera discutida, ante lo que “Las delegaciones de La Paz, Oruro y Tarija, elevaron su protesta por semejante escamoteo”.[11]

Considerando que se suele criticar el uso del término indio a quienes se identifican como indianistas se empezará el análisis con algunas consideraciones sobre la “obviedad” de la palabra indio y su validez para luego abordar el cómo se ha descalificado al indianismo, seguidamente se planteará algunas observaciones sobre la forma en que se idealiza al indio desde el indianismo, de donde se pasará a tocar lo que esa idealización expresa; para cerrar se plantearán dos aspectos, uno referido a la idealizaciones como un fenómeno de transición y otro referido a como esa transición no ha llegado a realizarse plenamente.

La “obviedad” sobre la palabra indio y su validez

Hay una gran variedad de formas en las que se utiliza la palabra indio y que en general coinciden en el aspecto peyorativo de su manejo. Ello en razón de las motivaciones racistas que marcan el uso habitual de tal término, las que se descargan cuando se ataca a alguien diciéndole “indio”. En el repertorio de insultos que “se tienen a mano” en Bolivia (como en otras partes de Latinoamérica) lo más agresivo y racista que puede emplearse, en el afán de ofender lo más posible a alguien, es la palabra indio. Este uso nos indica que tal palabra funciona en el lenguaje como marcador “racial” y este funcionamiento responde a que ciertos aspectos culturales y somáticos han sido identificados como signos de una condición histórica que es percibida como una condición de naturaleza biológica.

La reproducción de la dominación “blancoide”, que discursivamente ha sido mimetizada como mestizaje, es el proceso que confiere a la palabra indio “su” sentido racista. Por tanto, se racializa cuando alguien es señalado o tratado como “indio”, lo que supone una situación en la que el racializado es sujeto pasivo (e inferiorizado) y quien lo racializa es sujeto activo (que presupone una superioridad natural con respecto al “indio”). Esta situación de racialización pasa muy desapercibida en los tratos cotidianos y en los más institucionalizados. Además, siendo un fenómeno que se produce y reproduce en las interacciones, es dinámico y no funciona como atributo independiente de quienes interactúan. Por ello, uno puede pasar muy fácilmente de ser racializado a racializar, de ser objeto de un ataque racista a ser agresor o la inversa. Pero lo que no cambia es el propósito de humillar y degradar a la víctima, aludiendo a una supuesta inferioridad “racial”.

Quienes son apuntados con la palabra indio, tratando de invalidar o anular la agresión, suelen esgrimir cuestionamientos muy comunes, en términos tales como: “los indios están en la India”, “no somos indios”, “Colón se equivocó…”, etc. A partir de la “obviedad” de estos cuestionamientos se asume simplistamente que quienes hacen uso del término indio lo hace por ignorancia[12] y están equivocados. Esto, llevado al grado de conclusión, puede ser complaciente, pero la cosa no queda resuelta; es más, lo que se logra es impedir tratar el problema que conlleva: cuando se le dice a alguien indio no se pretende decir que es de la India (no se trata de un gentilicio) sino que es de “raza inferior”.

Vale la pena resaltar otro aspecto en el uso del término indio. Éste nos refiere a “un algo” que en una “situación normal” debe estar oculto o escondido y que cuando este algo rompe con tal normalidad, “escapando del escondite”, provoca el señalamiento de forma inmediata: “se le ha salido su indio”[13]. Es otro quién hace notar que lo que se pretendía esconder o que no debía ser expuesto ha sido percibido y quien lo dejó escapar es objeto de mofa. El término indio viene en segunda instancia, pues antes el “indio” se manifestó, escapando de la represión de quién es racializado como indio, represión que en su fuero interno se ha constituido como negación de sí mismo. Al ser percibido es catalogado de forma inmediata y burlona como algo que corresponde naturalmente a un “indio”.

Lo que se busca al momento de aludir o apuntar al equívoco de Colon es eludir, esquivar el insulto, invalidando o desautorizando la palabra (aunque la carga sigue “viva”). En sentido de referirse a algo que hay que esconder, la palabra indio, a través de la manifestación de lo escondido, nos pone frente a la condensación negativa de la experiencia del sujeto racializado. Si como insulto se busca herir con la palabra indio, con la alusión al equívoco se busca eludir tal intención, pero en este caso, como en la situación en la que se manifiesta lo que hay que esconder, la herida ya está por dentro del sujeto racializado[14] y es ahí donde apunta la intención de quién arremete empuñando la palabra indio.

El sentido racista de la palaba en cuestión no reside en lo que ella es en sí misma y el refugio que se suele buscar en el “conocido desconocimiento” sobre la equivocación de Cristóbal Colon para invalidarla solo sirve de consuelo y el problema queda en condiciones de seguir operando. Además, para insultar o agredir verbalmente no se requiere ser un erudito en el lenguaje o la historia, ni saber el origen de la palabra usada. Los insultos tienen valides no por su etimología ni por estar reconocidas en el diccionario, sino por su uso social. Es la forma en la que se emplea socialmente tal palabra, en un contexto determinado, lo que la valida.

El término indio, como “arma racista”, funciona en una situación histórica concreta que implica relaciones sociales en las que la catalogación que se hace sobre determinadas poblaciones tiene un sentido racializado. Funciona de manera despectiva en una realidad en la que el racismo es parte normal de la vida cotidiana, donde la racialización funciona como un elemento ordenador en las jerarquías y las interacciones sociales que se reproducen de modo constante. Su empleo supone el prejuicio de una desigualdad natural[15] entre quien la usa y que es apuntado con ella. Es decir que la determinación socio-histórica es recubierta por una representación biológica que naturaliza relaciones específicas. En tal situación, las diferencias sociales son presentadas como naturales, desplazando la atención hacia lo que aparenta y no sobre lo que es. Si bien es conocido que no existen diferencias biológicas que pueden ser consideradas de carácter “racial” entre la población humana, ello no impide que el racismo siga funcionando y expresándose, como es este caso, por medio de la palabra indio, pues el racismo pera no a partir de algún fundamento biológico sino en el terreno de las legitimaciones ideológicas.

Lo que llama la atención es que en Bolivia se ha eludido analizar, salvo algunas excepciones, el incómodo tema del racismo, claro que ello no ha impedido que siga funcionando. Más llamativo es que la universidad no ha sido la entidad que haya contribuido a esclarecer las dinámicas y relaciones que están en juego en las expresiones racistas, a pesar de las distintas Carreras que trabajan en el campo de las ciencias sociales. Esa actitud podría ser comparada, usando un poco la imaginación, con la de un peculiar doctor que le tiene fobia a la sangre y evita verla en cualquier circunstancia, aunque ese elemento sea parte fundamental de su trabajo; es decir que entre muchos académicos e instituciones se ha tomado al racismo como algo desagradable y que era mejor no tocar aunque su trabajo estaba estrechamente vinculado a él. En el mejor de los casos, y en este último tiempo, lo más común han sido los ingenuos llamamientos moralistas (es malo discriminar, etc.) pero la explicación del fenómeno es lo que menos cabida ha tenido[16].

La palabra indio implica relaciones de poder y procesos de racialización, aspectos que quedan nublados cuando ingenuamente se usa como refugio el hecho de que Colon se equivocó. Su empleo en lo cotidiano marca la experiencia de quienes son racializados con este término y que a partir de esas experiencias forman una personalidad en la que el tormento por no ser catalogados como indios los persigue en situaciones concretas. Entonces, la cuestión no se reduce a la “obviedad” en el funcionamiento racista de esta palabra.

El indianismo: entre la descalificación y el verdadero error

El termino indio, condenado formalmente en los tratos protocolares, no quedó solo como un arma del lenguaje cotidiano, usado para denigrar a quienes son considerados como seres de “otra raza”, de una “raza inferior”. Si bien su uso quedó por fuera de la formalidad política o académica en el país, como se señaló, siguió siendo empleado en los ámbitos más cotidianos e informales, lo que implicaba el problema de la reproducción del racismo como ejercicio de poder. En esa situación y desde la década de los 60, la palabra indio fue tomada para nombrar una condición que no fue formalmente reconocida pero que era vivida por quienes eran racializados como indios. Así, de entre la población considerada de “otra raza”, emergió una corriente que asumió tal término para definirse y definir una expresión político ideológico: el indianismo.

Un rasgo que ha caracterizado al indianismo ha sido la inversión que operó con respecto al uso habitual y racista del término indio, buscando apelar al “orgullo de la raza” y, de manera entrecruzada a la vez, explicitando el sentido político subyacente en el empleo de tal palabra. Esta operación, y el entrecruzamiento que implica, tienen su referente máximo en las obras indianistas de Fausto Reinaga (1906-1994). En ellas se encuentran por lo menos dos formas de pensar al indio: I) como condición esencial y II) como condición histórica; formas que signan al indianismo en general (no solo al de Reinaga) y que hoy por hoy no han dejado de funcionar.

Estas formas, al desenvolverse, se afectan entre sí y esta “afectación” mutua ha hecho que para muchos (indianistas y anti-indianistas) no solo sean indiferenciables, sino que incluso se ha llegado tomar la forma I como la única manera en la que se pensaría al indio desde indianismo. La forma I, que es básicamente una forma engañosa, ha sido tomada muy ingenuamente y sin mayor cuidado, tanto por adeptos y “críticos”. Los primeros (los adeptos) se aferraron ciegamente a ella, buscando preservar algo que sería para ellos una garantía ontológica. Los segundos (los “críticos”), por la idealización que sobre el indio se expresa en dicha forma, que va de la mano con la degradación que se hace sobre los “blanco-mestizos”, redujeron todo a la descalificación contra el indianismo por “ser racista”[17] y una posición inaceptable en una “nación mestiza”.

El resultado de esta descalificación sobre el indianismo, descalificación que operó en los espacios políticos y “académicos”, fue a la par del “descuido” por los problemas implicados; pero además, era la clara expresión de la incapacidad de la “intelectualidad blancoide” de poder dar sentido explicativo a la relación social que se expresaba con el termino indio y a partir de la cual emergía el propio indianismo. Podría decirse que lo que hicieron los descalificadores fue, usando una muy conocida frase, “botar el agua sucia con todo y bebé”. Sin embargo, y aunque esto suene “no higiénico”, el agua sucia en este caso, metafóricamente hablando, es lo más provechoso, pues nos puede dar una idea sobre aquello con lo que jugaba esa wawa. “También el agua sucia nos sirve”, ahí han quedado algunos rastros o “huellas” importantes de algunos momentos de la vida de ese niño, aunque estos sean simplemente vistos como “mugre”.

Apuntando simple y únicamente al modo en el que el indio era idealizado, en una condición esencial y en oposición a los “blanco-mestizos”, quienes descalificaron y menospreciaron al indianismo no lograron percibir que estaban entrecruzadas dos formas (I condición esencial y II condición histórica). Por lo tanto, ni siquiera se podía esperar que clarificaran el vínculo que relaciona dichas formas, pues ni se habían percatado de que “ahí había algo más” que la simple idealización en oposición a los “q’aras”.

Los “pensadores” en Bolivia padecían –y muchos aun lo padecen– de “ceguera intelectual”[18]. Los “q’aras” vivían como normal su relación con los “indios” y no podían hacerse cuestión de la misma, como cuando un alcohólico no ve en su adicción un problema de alcoholismo. Así se fue formando una muralla que logró bloquear cualquier posibilidad de entender el carácter racializado de la estructura social, precisamente aquello a lo que apuntaba el indianismo. Los procesos en los que las formas I y II emergieron, como las formas mismas en su relación, no fueron consideradas y se las pasó por alto[19].

Quienes fueron blanco de las críticas y ataques de los indianistas, de izquierda a derecha, solo atinaron a descalificar al indianismo y “haciéndose a los giles” ante los problemas que este planteaba. Lo que se puso en juego en los planteamientos indianistas fue desentendido, “alejando” así la posibilidad de esclarecerlos. Por tanto, para no caer en el mismo error hay que ser escrupulosos con el asunto, más aun con la forma I, la más engañosa y por ello la que tiene que ser trabajada con mayor cuidado.

Si se quiere entender lo que la idealización del indio significa, no se debe dejar de lado, flotando en la nada, la forma uno, pues el verdadero error es tomar unilateralmente “en sí” lo que debe ser explicado en sus relaciones con otras formas y procesos. El verdadero error radica en esta actitud de desechar, por ser “incoherente” y “falaz”, lo que tiene que ser explicado (el común denominador, en tanto error, de los críticos del indianismo y de muchos ex-indianistas) y para lograr esta explicación no basta la forma II, pues, junto a la primera forma, son parte del proceso de constitución del sujeto político.

La idealización tomada “en sí”

La forma I –aquella en la que el indio es idealizado como un ser determinado por una condición esencial– tomada en sí misma de manera unilateral, es decir sin relación a la forma II  y sin relación a las condiciones socio-históricas de su aparición, nos refiere a un sujeto pensado más allá de las relaciones de poder. Un sujeto cuya vida sólo es posible sí entre los procesos político económicos y él hay una distancia que lo mantenga en un estado de “intangibilidad”. Así, el indio y lo que le es propio serían entidades intangibles e inmutables ante los desgarros de la historia.

La forma I parece presentarnos a algo muy parecido a un ángel o al espíritu santo que vive por sobre los problemas terrenales y está más allá de ellos. Los colonizadores en estas tierras habrían encontrado “millones de seres sin mancha ni pecado”[20] y el en Tawantinsuyu “El paraíso está en la tierra y en esta vida”[21]. El mundo precolonial fue un reino sin males ni contradicciones, fue el socialismo con el que soñó Marx, pero al que los “indios” habrían llegado sin pasar por las etapas europeas del esclavismo, el feudalismo ni el capitalismo:

“En el pasado el indio edifica el Imperio de los Inkas. ¿Dónde, en que época el occidente ha logrado una sociedad como aquella del Tawantinsuyu, en que no se conoce ni hambre ni frío; ni dolor ni desesperanza? Una sociedad donde practica como un rito religioso el principio de Marx: ‘de cada uno según su capacidad y a cada uno según su necesidad’. O ¿qué otra manda sino eso el ‘ama llulla, ama sua, ama khella del inkanato?”[22].

Se contrapone al indio y a su mundo con respecto a lo que sucedía en Europa: “España, igual que los demás pueblos de Europa, creía en las brujas y quemaba gente”[23]. La cultura europea en el tiempo de la Conquista, para el indianismo, es sintetizada en la vida de los reyes católicos de España, Fernando e Isabel, quienes “vivían en la miseria, la ignorancia y la mugre”[24]. Europa es pensada en oposición al “mundo indio” y la inversa. En este juego, estos dos mundos son presentados como absolutamente opuesto.

El sentido religioso como parámetro valorativo de esta interpretación es muy claro. Lo malo, y términos absolutos, es el mundo occidental y los occidentales la personificación de ese mal: “El ‘hombre blanco’ de Occidente, lleva en su substancia esencial, como cosa innata de su ser: la mentira, el robo, la explotación y el fratricidio”[25]. El mundo de lo bueno, el mundo “indio”, fue contaminado con el mal traído por los invasores  occidentales; pero aun así, ese mundo sobreviviría en los indios que se supone “no se contaminaron” y que conservarían su “pureza sublime”[26].

Desde esa perspectiva tenemos a un ser cuya naturaleza es la de existir apaciblemente  en una especie de burbuja que “milagrosamente” lo mantuvo libre de las “contaminaciones” y las maldades que los europeos trajeron a estas tierras. Es como que, de alguna extraña y desconocida manera, el indio hubiera vivido el proceso de colonización sin ser colonizado y, por tanto, sin que su vida hubiera transcurrido en ese proceso.

Esto parece ser un autogol, pues el indianismo denunciaría un fenómeno (la colonización) que no tocó al indio y por lo que tal sujeto no tendría ningún tipo de relación con tal proceso ni porque denunciarlo o tratar de enfrentarlo. No tendría razón de ser la crítica indianista y el blanco al que apunta sus lanzas se desvanecería o por lo menos estaría en otro ámbito y por fuera de lo que el indio “es”. No importaría lo que pasó o pasa en la economía o en las reconfiguraciones estatales, pues estos procesos se desarrollarían lejos de los “indios”, quienes estarían muy apartados y a salvo, a prudente distancia.

La forma  I nos refiere a un sujeto pensado por fuera o más allá de las relaciones de poder. Si el sujeto estuviera distanciado, no importa si muy cerca o si muy lejos, de los procesos históricos, la colonización no lo hubiera constituido como sujeto colonizado, racializado, es decir como indio. Indio implica una situación histórica, no es simplemente una palabra con una desbordante carga peyorativa, ni su funcionamiento responde únicamente al equívoco de Cristóbal Colón.

A primera vista, la forma I parece desfigurar la situación histórica que hace a quienes han sido racializados como indios y por lo mismo de cualquier consideración sobre lo que hicieron, hacen o proyectan. El antes, el después y el ahora pierden sentido y da la impresión de que no nos queda otra que “atenernos” a la forma II, desechando la forma I, pues esta última sería un “error” y por ello debe ser desechada (junto al indianismo). Pero dejar de lado aquello que no parece ser serio y que no solo incomoda sino que molesta (y no merece ser tomado en cuenta) es, además de una actitud arrogante, la genuina de la falta de seriedad, y no solo eso; es ante todo, como ya se dijo, el error mismo.

Tomando la forma I sin considerar su relación con la forma II y dejando de lado las condiciones histórico-sociales en las que emerge, es algo que no tiene coherencia he incluso funciona contra el mismo indianismo; es algo que se muestra ridículo e imposible. Si esta imposibilidad es asumida como “realmente posible” anularía la dimensión básica del discurso indianista: el énfasis en la dominación colonial. Si el “indio” estuviera “distanciado” o por fuera de la historia, la colonización no lo hubiera constituido como sujeto racializado: indio.
Desde la forma II, es decir considerando que la condición de indio es histórica y no una esencia, podríamos entender que el indio “nace” de la colonización o que la conquista seria el parto de este sujeto. Pensar al indio, no como determinado por algo esencial, independiente de los procesos económico-políticos, sino como un sujeto que vive una condición histórica, nos permite considerar los distintos procesos que se anudan y se expresan en el sujeto racializado. Entonces, en palabras de Reinaga, indio es la “la expresión de nuestra condición histórica”.[27]

Es bien sabido que se suele reprochar a los indianistas de que hablan de un “indio” que no existe más que en su imaginación. Pero, ¿se trata simplemente de “imaginación” o de un engaño? Lo importante en el tema de la idealización del indio que se hace en el indianismo no está en lo que es en sí mismo tal idealización y su resultado: un ser inmaculado que ha vivido indiferente a la historia y por fuera de ella, un ser imaginado e inexistente en la realidad. Tomando unilateralmente tal idealización no se llega a entender el carácter de la cuestión.

Lo que expresa la idealización

La idealización que se expresa en el indianismo se debe entender como parte de un proceso de politización que está condicionado por las relaciones sociales racializadas y que solo inscribiéndola dentro de estas relaciones, en la forma como estas condicionan tales representaciones, y a la vez, como estas representaciones reproducen estas relaciones, es que se puede entender el tema en cuestión. Se trata de definir el carácter de este fenómeno tomado no en sí mismo, como suelen hacer muchos “críticos”. Se trata de un gesto básico que busca hacerse acto político y que además de ser una de las marcas distintivas de los movimientos indianistas en general es, en buena medida, algo que nos heredaron.

En el esfuerzo por transformar su “propia” condición, el sujeto racializado como indio crea y recrea aspectos simbólicos en los que se presenta a sí mismo como la bondad personificada, como un ser “sin machas ni pecado”[28]. En este sentido, la condición esencial que busca el indianismo por medio de la forma I está determinada por la dependencia que guarda con respecto de su objeto de negación. La idealización indianista depende de las representaciones negativas que se han elaborado sobre el indio, pues básicamente trabaja invirtiéndolas. La supuesta inferioridad congénita, como justificación de la dominación racializada, es el común denominador de las representaciones que se han elaborado sobre el indio y que como “artefactos simbólicos” vehiculizan el funcionamiento de un orden racializado. El indianismo trabaja sobre un marco de representaciones dado y lo que hace, cuando idealiza al indio, es invertirlo.

Se presenta como lo absolutamente opuesto a las maldades del hombre blanco, como un ser alejado, distanciado, de los inmundos problemas del mundo occidental.  En esta idealización se expresan las condiciones históricas que vive tal sujeto, pues éste, al encontrarse “divorciado” de su pasado, lo reconstruye, lo resignifica. Elabora una historia buscando un sentido opuesto a lo que ha sido establecido sobre lo que el “indio es”. Reinterpreta la historia y llena “creativamente” los “vacíos”. Elabora una contra historia en la que se relata la Epopeya India, y en este proceso rehace las representaciones negativas y degradantes sobre el indio.

Las idealizaciones indianistas expresan esfuerzos, fallidos pero necesarios, por dar certidumbres, certezas, a sujetos que habían sufrían los procesos de racialización y que hasta habían perdido la capacidad de transformar y de definir su destino como colectividad. Sujetos que vivían un presente en el que las condiciones de existencia mutilan y condenan a la agonía. El sujeto racializado como indio, por tal condición, desprecia su color de piel, el idioma de sus padres, el apellido que lo delata; en suma, es un ser agónico, casi anulado, que vive añorando “blanquearse”.

Se transita de manera abrupta del autodesprecio a la sobrevaloración de sí mismo y de lo propio: el bueno es el indio, lo bueno es lo indio. En esta idealización, que apunta a rehacer la autoestima de un ser inferiorizado, se expresan invertidamente las condiciones históricas que vive tal sujeto. El indio es visto como “una raza, un pueblo una nación y una cultura opuesta al occidente racista”.[29] Esta inversión valorativa funciona proyectándose sobre el pasado anterior a la conquista y haciendo de él algo bello, glorioso y único.

El pasado es idealizado en un presente de miserias, en una realidad que degrada la condición humana porque en ella hay seres que son tratados como si fueran de “otra raza”. Lo que se es en el presente es lo que se invierte en las representaciones idealizadas del indianismo. Por lo mismo el indianismo no solo idealiza el pasado o la cultura del indio, sino que hace esto al mismo tiempo que se refiere a un presente de penurias. Pone acento en el modo en que la jerarquía en las fuerzas armadas refleja y reproduce la estructura social racializada, desenmascara el rol de la educación en la interiorización de la inferioridad expresada en autodesprecio, resalta el papel colonialista de la religión, etc. Todos estos aspectos, y otros, apuntan a problemas que son vividos por un ser condicionado históricamente y que parece no percibir el carácter de tal condición.

“Somos una raza discriminada. Servimos para trabajar en las minas y fábricas a ración de hambre y a ración de bala. Llenamos los cuarteles de las Fuerzas Armadas, de la Guardia Nacional (Policía). El indio uniformado esta para garantizar el ‘orden social’, para ir a la guerra, para pelar contra los guerrilleros del Che Guevara y para entrar en las revoluciones como carne de cañón”[30]

El indianismo habla de un ser torturado por la colonización, se habla de un ser heroico que enfrenta la colonia y la república, sufriendo la dominación y explotación en el presente; pero a la vez habla de un ser que antes, durante y después de la colonia, no ha sufrido cambio alguno en su “esencia”. Esta manera de presentar al indio es contradictoria, pues nos muestra al indio como alguien que sufre la historia, pero a la vez, como alguien que mantiene su ser inafectado, a pesar de sufrir la historia.

Se trata del fuerzo precario por rehacer la conciencia de quien había asumido “su inferioridad” como algo natural y este esfuerzo apuntó a su propia conciencia oponiéndose a las representaciones negativas sobre quienes fueron racializados como indios. Esta oposición, en tanto formas de pensar a “indios” y “blancos”, será el modo de afirmación que funciona por negación: “si los europeos son… nosotros somos lo contrario”. El indianismo para afirmarse y afirmar al indio, necesita negar y oponerse a los y lo europeo. En este juego o dinámica de oposición y negación es que surge la idealización indianista, a la vez de resaltar aspectos crudos del racismo y apuntando a “golpear la conciencia del indio”[31]. En cierta forma, la idealización que hace en indianismo puede darnos pistas de cómo es vivida una condición histórica que es invertida cuando se busca una “esencia india”.

Se construyen representaciones “románticas” del pasado precolonial, pero se las construye a partir de lo que se es. Y el indio fue y es en la Bolivia lo despreciado, lo feo, lo ignorante, lo que no se quiere ser, lo que está asociado a la miseria y la supervivencia, y por lo mismo desde el indianismo se construyó una representación idealizada en oposición a lo que los “otros”, los “blancos”, los “q’aras”, han impuesto como sentido común sobre lo que el indio es[32]. En esta inversión pesa mucho la reacción ante la acción de los otros. Resalta que el indio es entendido como quien sufre una historia de dominación, vive una condición histórica (forma II), pero a la vez mantiene su ser inafectado, a pesar de todo. Así salen a relucir entrecruzadas y de manera contradictoria las dos formas a partir de las que desde el indianismo se piensa al indio.

Cuando se señala negativamente y sin mayor atención la idealización indianista es curioso que no se considere, salvo de manera muy ligera, la forma como la conciencia del “indio” ha sido objeto de un trabajo deliberado que ha forjado a un ser casi castrado que termina desdoblándose contra sí mismo. Como antecedente y ejemplo: Al referirse a la Creación de la pedagogía nacional de Franz Tamayo, en la que el indio es exaltado, René Zabaleta Mercado dice: “Es indudable que no se puede formar hombres superiores ensenándoles desde el principio que son inferiores”[33]. Parece algo muy obvio lo que afirma Zabaleta, pero su planteamiento puede ser leído de otro modo y con respecto a él: hay algo que tal autor no ve o descuida, el hecho de que el sujeto indio ya interiorizó “su” inferioridad y para forjar un sujeto que empiece a luchar por transformar su condición hay que enseñarle que fue capaz de hacer proezas inigualables en el pasado. Se puede afirmar que hay condiciones específicas y vividas por los “indios” que “provocan” la idealización indianista.

Para entender lo que en realidad expresa la idealización en el indianismo hay que invertir la idea indianista clásica, que más o menos reza así: hay que buscar nuestra esencia en el pasado, antes que los españoles y sus hijos nos dominaran. La inversión a operar sería la siguiente: por la dominación blancoide y para darnos algún sentido buscamos una esencia antes de la llegada de los españoles. No se encentrará una esencia escondida debajo de aquella historia de “500 años” de sometimiento, sino que el indio idealizado es la forma en la que el sujeto condicionado históricamente se expresa en su afán de hacerse a sí mismo sujeto político. Nunca llegaremos a “lo que realmente somos” escarbando en el pasado precolonial, buscando un momento en el que éramos “puros” o buscando algo que haya permanecido invariable en nosotros, pues lo que somos es algo actual y nuestro pasado no lo es. La historia nos permitirá entender porque somos como somos, pero no volveremos a ser lo que fuimos (y esto no debería ser un tormento).

La idealización como transición

Las condiciones históricas en las que funciona racialización (puestos bajos en la estructura de producción, condiciones de sobrevivencia, marginación de las estructuras de mano, etc.) van configurando un sujeto que cuando trata de superar tal condición se idealiza, pero en función de dar paso a la acción política. Entonces, el indio pensado como como condición esencial y el indio como condición histórica guardan una relación en la que el primero es la manifestación del segundo, en tanto intenta trasformase a sí mismo en sujeto político. Es una transición en la que rehacer la autoestima es una tarea básica y elemental como elemental es la forma de encarar esta tarea. Téngase en cuanta que ya el servicio militar, la escuela, los monumentos, etc., funcionaron (y aun lo hacen) de tal manera que el indio terminó despreciándose y se volvió en el “peor enemigo del indio”. Por tanto, una tarea a encarar, consciente o inconsciente, fue la de rehacer la propia dignidad, pues para actuar por iniciativa propia hay que creer en uno mismo.

Una condición racializada como la de ser indio es un estatus político de inferioridad y subordinación en las representaciones simbólicas de las jerarquías sociales, y por ello las clases y castas se presentan como ordenamientos “raciales”. Es una condición histórica, no biológica, por lo tanto su reproducción se da en lo social; pero en esta reproducción desplaza ideológicamente tal condición a un plano biológico-natural. En tal movimiento, el indio es visto como algo al margen de lo social, por lo que no importa que haga, el indio es un ser inferior por naturaleza. Y dentro de este mismo marco, pero de forma invertida, es superior y salvará a la humanidad.

En un espacio social en el que las representaciones simbólicas reproducen la imagen de una supuesta inferioridad natural propia de los “indios”, la operación indianista se produce y dirige de modo condicionado contra las ya existentes y a partir de las mismas. El indianismo idealiza al “indio”, a su pasado,  sus héroes, su cultura, etc., para inspirar, para precipitar en la conciencia del sujeto racializado una “tormenta” que destruya las imágenes de autodesprecio y la negación del sí mismo. ¿Cómo luchar si uno no cree en sí mismo y en lo que es capaz de hacer?

Solo a modo de ser “ilustrativo” hago la siguiente comparación: cuando un capitán tiene que conducir a grupo de soldados a una guerra o combate, este capitán debe elevar la autoestima de sus soldados. Les dirá que ellos (los soldados) pueden ganar la batalla y que tienen las mejores armas, que son una especie de seres superiores entrenados para ganar y vencer a cualquier enemigo en cualquier combate… Lo más seguro es que el capitán sepa que está mintiendo, pero ¿cómo podrían ir a una guerra soldados que de antemano se considerarían inferiores a su enemigo? Un buen soldado tiene que creer en sí, en las capacidades y destrezas que ha adquirido en su formación, esta es una condición para ser soldado en plena guerra.

Con el indianismo pasa algo similar, les dice a los indios, a los sujetos racializados, inferiorizados, que son mejores que los otros. El indianismo dice a quienes han sido racializados como indios que tienen una cultura que sepultará a la cultura occidental y que es una cultura radicalmente opuesta a la decadente cultura europea. Lo que hacen el indianismo con sus representaciones románticas es operar en la conciencia de un sujeto que se desprecia para que este mismo sujeto crea en sus propios actos. Es la conciencia del sujeto racializado la que es objeto de las operaciones de la inversión valorativa que del indio hace el indianismo, todo esto en función dar inicio a la formación de una conciencia política que decante en un movimiento. El indianismo elabora mitos movilizadores, mitos que puedan catalizar acciones políticas entre quienes han sido inferiorizados.

El sujeto racializado como indio no puede constituirse en sujeto político sin deshacer y rehacer las representaciones que de él se han hecho y por lo mismo no se puede dejar de lado este aspecto. Si bien hablamos de una idealización que se muestra anti-histórica ésta ya está condicionada históricamente y lo que sería realmente anti-histórico, al extremo del ridículo, es pensar que el sujeto político está ya constituido sin más ni más, cono se tuviera las cosas claras desde siempre, “desde tiempos inmemoriales”, y esto sólo es posible en las especulaciones indigenistas[34].

Las representaciones idealizadas del indianismo sobre el indio no logran ni buscan reflejar al indio “real”, pues hay una abismal distancia entre la representación indianista y cualquier indio del común. La idealización indianista busca cambiar lo real del indio (el desprecio por sí mismo y lo propio) y de su condición, tratando de forjar y articular acciones políticas a través de mitos que idealizan al indio, a su pasado y su cultura.

En la constitución del sujeto político es fundamental cuestionar y reescribir la historia, ir atrás, pero no para quedarse o pretender un “volver al pasado”, sino para retornar al presente en una operación lógica, clarificando el devenir de lo que se fue y como se cristaliza en lo que se es hoy. Es decir se trata de pensar al indio como condición histórica. Sin embargo, en este proceso, los pasos iniciales se dan idealizando al “indio” atribuyéndole una condición esencial. Al pensar las condiciones históricas y condicionado por las mismas también toma forma el indio idealizado, pero como un esfuerzo por dar pie a la acción política[35], y no hay que perder de vista la relación que entre uno y otro se da un proceso.

Aquello que hemos llamado, por simple necesidad expositiva, forma I (el indio pensado como condición esencial) es la primera expresión a través de la que el sujeto racializado se manifiesta en el proceso de constituirse a sí mismo en el sujeto que encara y transforma su situación.  Pero esta primera expresión, como cualquier otra, no se manifiesta en la nada y de la nada, sino que lo hace a partir de las condiciones históricas específicas. Simultáneamente, estas condiciones son puestas con gran pasión en tela de juicio, cuestionadas, aunque estos cuestionamientos estén en deuda con las representaciones que se pretenden destruir. La idealización que el indianismo hace del indio debe entenderse en función de la necesidad de crear y recrear representaciones que interpelen al sujeto racializado que se desprecia y tiene un autoestima destrozada, una conciencia magullada, un ser que vive negándose.

La idealización es una etapa de transición para lograr formar una conciencia política. El indio tomado como un ser determinado por una condición esencial y visto así como un ser inmaculado, es la forma en que se expresa la transición entre el sujeto racializado que vive pasivamente e incluso de manera resignada los procesos de racialización y el sujeto que busca poner fin a dichos procesos, partiendo de esa misma condición. Es la manifestación de los forcejeos encrespados de un ser que busca –de menara muy precaria– certezas que den sentido a su existencia y a su lucha.

Los ritos y aspectos simbólicos se vuelven en una preocupación constante y eso ocupa mucho del tiempo y de los esfuerzos indianistas, pero llega un momento en que esto se hace una pre-ocupación política y por lo mismo no llega a ser plenamente acción política. Se pasa con mucha facilidad de la valoración del sí mismo a la sobre valoración, lo que conduce a acciones que refuerzan los estereotipos que se han hecho y aun se hacen sobre el indio. En consecuencia, esta etapa puede llegar a ser fácilmente “un callejón sin salida”, y así ha sucedido. En esa situación, la transición no termina de realizarse y la conciencia de quien es racializado como indio queda obnubilada por un credo apasionado sobre dicha idealización, sin llegar a clarificarse como conciencia política.

Esta idealización como transición a un no ha dejado de ser tal, pues de emerger de un proceso de lucha ha terminado siendo un algo definido en otros ámbitos. Quiero decir que la idealización indianista termino siendo expropiada y fue llevada a terrenos académicos y organizaciones no gubernamentales donde si bien se acogió esta idealización se lo hizo dejando de lado su carácter histórico como al propio indianismo.

El proceso de lucha donde la idealización emerge es aquello sobre lo que no se ha volcado la reflexión para esclarecer y superar las limitaciones que se reproducen constantemente en nombre de una ser inmaculado. Entonces, hace falta en el indianismo volver contra sí mismo  para ir más allá. El retorno a lo que se fue en el proceso de lucha, de organizaciones, discursos, triunfos y fracasos, para desde ahí reemerger clarificando la conciencia política del propio proceso vivido.

La transición y la nominación colonial

La idealización como transición a un no ha dejado de ser tal y en ello se pueden señalar dos aspectos: por un lado, ha sido expropiada a los propios indianistas y por otro, estos últimos años, no se ha podido salir de la nominación colonial, lo que implicaría un proceso de autocrítica, de confrontación contra lo que se ha hecho.

En cuanto al primer caso, para no entrar en detalles, bastará con señalar algunos aspectos como el hecho de que la idealización indianista pasó de emerger de un proceso a ser un algo definido en otros ámbitos, donde los “indiólogos” definen que es y quien es indio a partir del apoyo de instituciones académicas y organismos no gubernamentales.

A pesar del esfuerzo indianista y de su meritoria intención, no era suficiente, aunque si inevitable, hacer ese tipo de idealizaciones y de hecho tales elaboraciones simbólicas se volverán contra sus intenciones y mucho de la crítica indianista se quedará en germen sin ser desarrolladas y “otros” llegaran para “capitalizar” los esfuerzos indianistas, teniendo el cuidado de esconder a los protagonistas y vaciando la carga política latente. Las idealizaciones indianistas serán despolitizadas y formaran parte del arsenal culturalista de nuevos actores e instituciones, que buscaran, y en buena medida lograran, construir una identidad y cultura “indígena” inofensiva y “disfrutable”.

Así, el indianismo perdió dominio sobre su propia obra, la que fue alimentada con otras influencias y asumida como parte de la “memoria larga”. Ello ha hecho que se pierda la historicidad del indianismo y de su obra. En consecuencia, el proceso de lucha desde el cual se partió, donde la idealización tomó forma, aún permanece como ajeno al proceso de reflexión entre los propios indianitas, aunque de a poco se va rompiendo con este problema.

Por otra parte, en el caso de la nominación colonial, cabe recordar que la idealización indianista se presenta cuando el sujeto racializado como indio empieza a problematizarse la racialización y en el afán de actuar por iniciativa propia. Es una forma que prefigura la conciencia política y lo hace por medio de la palabra o el nombre que han impuesto los colonizadores: indio. Este hecho se convierte fatalmente en una “camisa de fuerza”, pues la inversión indianista se ha hecho dentro de un marco, al cual la palabra indio refiere y dentro del cual se hace dicha inversión, pero sin poder salir de él.

El uso de la palabra indio como una forma de identificarse en el caso del indianismo hizo evidente que lo “obvio” bloquea la compresión del sentido político subyacente en el cómo y en qué contexto se emplea y adquiere sentido dicha palabra. Entre el comúnmente aludido equivoco de Colon y el uso habitual del termino indio, como también en la idealización indianista, está el sentido político del término, pues básicamente se la emplea para demarcar los límites sociales racializados: el hasta donde puede moverse alguien considerado de “otra raza”. Es decir que la palabra indio “funciona” porque hay diferenciaciones en las que se racializa a grupos o individuos pertenecientes a dichos grupos. Este fenómeno se pone en evidencia cuando esta palara es usada y por ello ésta despreciada palabra le permitió al indianismo colocar la racialización como un problema medular.

El termino indio nos pone frente al funcionamiento de relaciones sociales racializadas, retrotrae el problema de la conquista y como a partir de ella se ha degradado a quienes han sido racializados como “indios”. Pero el ser definido como indios es un acto que parte de los colonizadores y por tanto son ellos quienes “aglomeran” en una masa indiferenciable a los habitantes de estas tierras. El uso de este término en el indianismo pone en claro un posicionamiento de víctima que busca denunciar el racismo encubierto bajo el discurso del mestizaje desde la segunda mitad del siglo XX. Pero la posición de víctima es defensiva, por muy agresiva que la denuncia sea, como ha sido la denuncia indianista, y por lo mismo su proyección es sumamente limitada.

El indianismo basa su identidad en la nominación colonial indio e idealizando, a causa de condiciones históricas de las que no se podía abstraer. Mediante la palabra indio ha buscado relacionar hechos de violencia colonial y republicana con actos de lucha, provocando una indignación impetuosa que a la vez ha hecho que quienes son racializados se pierdan en la idealización, sin hacerla objeto de reflexión crítica. Así como logró desnaturalizar el orden racializado, también logró sentar nociones, que a partir de un posicionamiento de víctima, han truncado en buena medida la clarificación de los problemas que ha planteado y la superación de los mismos.

Las aspiraciones indianistas a superar el orden racializado se han visto entrampadas por su “propia” definición de sí mismo: indianismo por ser de indios, indios por ser indianistas. El asumir la palabra indio, impuesta por la dominación colonial, misma que le ha dado su funcionamiento como categoría racializante, implica, a la vez, reproducir la racialización. Es decir que si bien el indianismo cuestiona muy acertada y crudamente el contenido racista en el orden social en Bolivia, lo hace, sin embargo, a partir de la forma en que ese orden se expresa en el lenguaje: indio. En su cuestionamiento sobre el contenido reproduce al mismo tiempo la forma en la que ese contenido se manifiesta. Pero para ir más allá de las limitaciones del indianismo (sin negar su importancia), se debe también cuestionar la forma en que se expresa la racialización. Se debe cuestionar el que nos llame “indios” (termino que hoy es sustituido por “indígenas” y “originarios”).

Siendo que el indianismo inició el proceso de cuestionamiento al orden social racializado, al carácter colonial del Estado boliviano, dicho inicio no podía darse teniendo las cosas claras de por sí y por ello tuvo que partir por como la racialización se hacía presente en el lenguaje cotidiano por medio de la palabra indio. Los fenómenos sociales más relevantes nunca son evidentes de forma inmediata, sino que su comprensión y explicación se logran en un proceso, muchas veces sinuoso. El indianismo inicia este proceso con respecto a la racialización a partir de lo más cotidiano de tal fenómeno, el término indio. Al ser la palabra indio una categoría racializante validada en su uso social, fue asumida como identidad y arma de denuncia simultáneamente, pero sin esclarecer cómo se reproducía lo que se denunciaba por medio de la misma palabra.

Afirmando una identidad impuesta por la colonización e idealizando a quienes así fueron identificados y a su pasado, el indianismo no logró extender su crítica sobre la forma en que se nombró a sí mismo y sobre la base nominal que uso para ello. Entonces, es necesario y forzoso ir más allá de las limitaciones del indianismo, pero sin desentenderse de él. Si asumimos que el indianismo develó, a su modo, la racialización por medio de la palabra indio, podemos asimilar lo que de ello es provechoso y teniendo en cuenta que hace parte de nuestro proceso histórico. Pero no podemos limitarnos al (ni en el) indianismo, pues ya cumplió su rol. Se debe asumir el indianismo seriamente para distanciarse de él, pero sin dejar de ponerle atención en razón de volver críticamente sobre su consistencia; no para descalificarlo ciegamente, sino para superarlo, sacando las lecciones pertinentes, las que pueden ser extraídas si tomamos al indianismo fría y serenamente.

Siendo que el indianismo es una expresión ideológica formada entre las poblaciones racializadas y que además es iniciador, en cuanto hace parte de nuestro propio proceso de lucha, de los cuestionamientos al orden racializado, es como un momento necesario por el cual transitar y que tomado como tal puede brindarnos lecciones útiles con relación a los problemas que hoy empantanan a nuevas generaciones. Por lo mismo, pensar hoy lo que el indianismo plantea implica pensar las condiciones históricas que deben ser rebasadas y las formas que se manifiestan en este intento: la idealización por medio del nombre que impuso la dominación colonial. Pero además se trata no solo de clarificar porque se produce esa idealización y porque se hace uso del término indio, sino, ir más allá de las limitaciones del indianismo, ir más allá del indianismo. Se trata de lograr el transito definitivo que pasa por la idealización de una identidad colonial (indio) hacia la formación de una clara conciencia política.

Bibliografía

García Álvaro, Potencia plebeya, Bolivia: Instituto Internacional de Integración del Convenio Andrés Bello, s.a.
Marx Carlos, El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, Oruro-Bolivia: Latinas Editores, 1999.
Marx Carlos, El Capital, México: Fondo de Cultura Económica, 2010 (Tomo I)
Pacheco Diego, El indianismo y los indios contemporáneo en Bolivia, Bolivia: Hisbol, 1992
Reinaga Fausto, Manifiesto del Partido Indio de Bolivia, Bolivia: Ed. PIB, 1970.
Reinaga Fausto, “Tesis India”, La Paz- Bolivia: Ed. PIB, 3ra edición, 2006
Reinaga Fausto, La Revolución India, El Alto-Bolivia: Impresiones “Movil Graf”, 2007.
Reinaga Wankar, Bloqueo 2000, La Paz-Bolivia: Ed. Arumanti chachanaka, 2000.

Sobre el autor: Carlos Macusaya Cruz estudió Comunicación Social en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA). Ha escrito varios artículos referidos a los movimientos indianistas y kataristas, identidad, racismo y poder, lo que se publicaron en su mayoría en el periódico digital Pukara. También es autor de los libros Desde el sujeto racializado. Consideraciones sobre el pensamiento indianista de Fausto Reinaga (2014), Del indianismo al pensamiento amáutico. La decadencia de Fausto Reinaga (2015) y El indianismo katarista. Una mirada crítica (2016), éste último en coautoría con Pedro Portugal.

Correo electrónico: c.macusaya@gmail.com

El presente artículo se publicó en la revista mexicana Pensares y Quehaceres n° 5 (2017).


[1] El trabajo más citado a la hora de hablar de katarismo es Oprimidos pero no vencidos de Silvia Rivera y en el que el indianismo es “supuesto” como parte del katarismo. En la presentación que escribió la autora para una nueva edición de su libro, publicado el año 2003, “incluye” al indianismo con un guion después de katarismo. Por otra parte, Javier Hurtado (1954-2012) escribió el trabajo más documentado y más serio sobe el katarismo, el cual fue su tesis de doctorado en la Universidad Libre de Berlín y que se publicó bajo el título de El katarismo (1986); en este trabajo también se encuentra el desdén por el indianismo. El libro de Hurtado se publicó en una segunda edición el pasado año (2016) y con un Estudio introductorio hecho por Estaban Ticona, el cual es bastante impreciso.
[2][2] Es el caso el trabajo de H. C. F. Mansilla titulado Una mirada crítica sobre el indianismo y la descolonización, Bolivia: Rincón Editores, 2014. El autor toma a la ligera la producción indianista de Reinaga y no distingue diferencias con sus postulados posteriores, de tal modo que los aglomera para validar su crítica.
[3] Para ver algunos detalles sobre los periodos que propongo pueden verse los siguientes artículos de mi autoría:
“El indianismo katarista en el siglo XX: Primer periodo”, Pukara, noviembre del 2016, nº 123, pp. 13, 14 y 15. http://prensaindigena.org/web/pdf/Pukara-123.pdf
“El indianismo katarista en el siglo XX: La bifurcación”, Pukara, enero del 2017, nº 125, pp. 8, 9 y 10. http://prensaindigena.org/web/pdf/Pukara-125.pdf
“El indianismo katarista en el siglo XX: El periodo decadente”, Pukara, febrero del 2017, nº 126, pp. 4, 5 y 6.
[4] Una historia política sobre los movimientos indianitas y kataristas se puede consultar: Pedro Portugal y Carlos Macusaya, El indianismo katarista. Una mirada crítica, Bolivia: FES, 2016. http://www.periodicopukara.com/archivos/el-indianismo-katarista.pdf
[5] Reinaga Wankar, Bloqueo 2000, La Paz-Bolivia: Ed. Arumanti chachanaka, 2000, p. 22.
[6] Sobre el abandono del indianismo por parte de Reinaga se puede consular Carlos Macusaya, Del indianismo al pensamiento amáutico. La decadencia de Fausto Reinaga, La Paz-Bolivia: MINKA, 2015.
[7] García Álvaro, Potencia plebeya, Bolivia: Instituto Internacional de Integración del Convenio Andrés Bello, s.a., p. 279.
[8] Identifico los siguientes elementos básicos del indianismo de Reinaga (extensible en general al indianismo): I) Sociedades yuxtapuestas, Dos Bolivias; II) Sujeto racializado, indio; III) Imperativo histórico, Partido indio; IV) Revolución del Tercer Mundo, Revolución India; y V) “Contra-historia”, Epopeya india. El primer elemento funciona como eje articulador, en tanto modelo de análisis, mientras que el segundo es un polo de la relación y es a quien se dirige la interpelación ideológica que se clarifica en el tercero.  Estos elementos suponen conceptualizaciones y se articulan con dos movimientos de pensamiento: uno como proyección, elemento cuarto, y otro como retrospectiva, elemento quinto. Para más detalles véase: Carlos Macusaya, Desde el sujeto racializado. Consideraciones sobre el pensamiento indianista de Fausto Reinaga, La Paz-Bolivia: MINKA, 2014.
[9] La estructura y división del libro tienen coherencia política: Comienza con una sección llamada “Paginas Liminares” en la que se hace una presentación general de tolo lo que trata el libro, partiendo del Prólogo (hecho por Luis E. Valcárcel) y el Introito (una cita extensa de Guillermo Canero Hoke); los que dan una especie de ubicación ideológica al trabajo a partir de una crítica a occidente. El primer capítulo, llamado “El Mundo y el Occidente”, acentúa la postura planteada en las “Páginas Liminares” para llegar a plantear como la dominación occidental ha condicionado “El Problema Nacional” (capítulo segundo), expresado en la yuxtaposición de “dos Bolivias”. Posteriormente pasa a formular la historia indianista, “La Epopeya India” (capítulo tercero), que bosqueja el papel del indio en la historia y su lucha contra la dominación colonial y republicana, con lo que se vuelve a plantear el “Problema Nacional”. De ahí pasa a “La reforma Agraria” (capitulo cuarto), pues la colonización europea que condiciona el problema nacional se expresa tácitamente en la vida del indio en las consecuencias de la aplicación de tal reforma. Finalmente, se hace una dura crítica a “Los partidos del cholaje blanco-mestizo” (capítulo quinto) y en ellos se ve a quienes viabilizan, y a la vez personifican, la dominación occidental en Bolivia; además, se explicita la necesidad imperiosa de formar un partido indio, con lo que el sentido de la obra queda claro.
[10] La otra expresión destacada de este periodo fue la participación indianista en el VI Congreso Nacional de la CNTCB (2/6/1971), el cual fue dirigido por Raymundo Tambo, Jenaro Flores fue electo como Ejecutivo Nacional y se aprobó la tesis política elaborada Fausto Reinaga.
[11] Reinaga Fausto, “Tesis India”, La Paz- Bolivia: Impresiones “Wa-Gui”, 3ra edición, 2006, p. 7.
[12] No hay que perder de vista que la ignorancia en Bolivia siempre se la relaciona con el indio: “indio ignorante” o “no seas ignorante” como equivalente de “no seas indio”.
[13] Otra manera muy común es la que sigue: “dale con todo tu indio”. Se refiere a que se use toda la fuerza. No hace mucho, también se decía “amor a lo indio”, en el entendido de que entre “indios” la fuerza bruta es la “característica innata” en sus relaciones de pareja.
[14] La violencia simbólica que ha vivido le ha producido una “herida” y trata de que nadie la toque, esquivando los señalamientos y escondiendo sus “marcas” étnicas. Estas vivencias son exteriorizadas en una especie de desahogo como insultos, es decir de forma negativa. Por eso no es raro que la persona que ha sido agredida en términos racistas agrede en los mismos términos. ¿No son acaso los “hijos de chola” los que más dicen “chola de mierda” o no es un hijo de “indio” el que con más saña dice “indio de mierda”?
[15] Marx, al referirse a la situación histórica en la que se hace posible resolver el “secreto del valor”, dice: “solo podía ser descubierto a partir del momento en que la idea de la igualdad humana poseyese ya la firmeza de un prejuicio popular”. Marx Carlos, El Capital, México: Fondo de Cultura Económica, 2010 (Tomo I), p. 26.
[16] Si bien el año 2010 se aprobó la “Ley contra el racismo y toda forma de discriminación” (N° 045), lo llamativo es que ésta ha sido aludida en varias ocasiones, muy en especial por parte del Viceministro de Descolonización, Félix Cárdenas, para amenazar con iniciar juicio a opositores del gobierno.
[17] Por ejemplo, Diego Pacheco, personaje que hizo su tesis de licenciatura en la carrera de Antropología de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) sobre el movimiento indianista, afirma en su caótico trabajo que el indianismo es “Racismo antiblanco”. Pacheco Diego, El indianismo y los indios contemporáneo en Bolivia, Bolivia: Hisbol, 1992, p. 17.
[18] Reinaga Fausto, La Revolución India, El Alto-Bolivia: Impresiones “Movil Graf”, 2007, p. 158. 
[19] Este “descuido” ha sido el terreno explotando por “expertos en cosas de indios” e “indígenas” que jugando el papel de  sabios y portadores de lo “ancestral” han sabido “vivir bien”.
[20] Reinaga Fausto, Tesis India, p. 13.
[21] Ibid., p. 397.
[22] Ibid., p. 41.
[23] Reinaga Fausto, Manifiesto del Partido Indio de Bolivia, Bolivia: Ed. PIB, 1970, p. 27. En la nota 26, Reinaga cita un texto extraído de un libro de Natalio Rivas, titulado Anecdotario Histórico y que en parte dice así: “Es cosa sabida que la Reina Isabel la Católica era enemiga del agua y del jabón. Nunca se supo que hubiese tomado un baño de cuerpo entero. Con los flujos catameniales su camisa tenía la dureza de una calamina… creía que su mugre era sagrada” (Las referencias apuntadas son: Natalio Rivas, Anecdotario Histórico, pg. 594 a 602. Ed. Aguilar, Madrid, 1951)
[24] Ibid.
[25] Reinaga Fausto, La Revolución India, p. 84.
[26] Ibíd., p. 39.
[27] Reinaga Fausto, La Revolución India, p. 142. Resaltado en el original.
[28] Reinaga Fausto, Tesis India, p. 13.
[29] Reinaga Fausto, La Revolución India, p. 386.
[30] Ibid., p. 53.
[31] Ibid., p. 383.
[32] El “indio” que no hace cuestión del orden racializado y lo vive resignadamente se desprecia, se odia, quiere blanquearse y esto no por naturaleza, sino por la manera en que la racialización reproduce el orden social imperante.
[33] Zavaleta René, El desarrollo de la conciencia nacional, Editorial Los amigos del libro, La Paz-Bolivia, 1990, p. 54.
[34] El indigenismo es la manera en que se expresan los prejuicios, los temores, las taras, etc., del colonizador con respecto del colonizado, en tanto desde su posición de alienígena (extranjero), define a los colonizados. De ser una expresión fundamentalmente literaria, el indigenismo ha adquirido ribetes políticos en la primera mitad del siglo XX. Pero adquiere nuevas características a través de una articulación con las especulaciones postmodernas, dando lugar a las políticas para “pueblos indígenas”.
[35] Marx afirma: “... la resurrección de los muertos servía, pues, para glorificar las nuevas luchas y no para parodiar las antiguas, para exagerar en la fantasía la misión trazada...”. Marx Carlos, El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, Oruro-Bolivia: Latinas Editores, 1999, p. 16.

miércoles, 13 de junio de 2018

A propósito del Inti Raymi


Por Carlos Macusaya



Las fiestas conocidas como  Willka Kuty (o Machaq Mara para otros) e Inti Raymi han provocado una lluvia de imágenes por facebook. Casi la totalidad de éstas venían acompañadas de frases referidas a “identidad”, “ancestralidad”, “cultura” y socas por el estilo. Las más compartidas de estas imágenes han sido las de la fiesta hecha en Cusco, Perú. Vale la pena plantear algunas observaciones a este respecto.

Lo más llamativo para mi es que se relacione ese espectáculo desplegado en Cusco, lleno de exotismo, pensado y armado para satisfacer los gustos de turistas, como la expresión de la “lucha indígena” por “su” identidad. Claro que esta observación se puede extender a otros espectáculos en otras partes, como en Bolivia o Ecuador, por ejemplo. En general, la forma en que han circulado las imágenes de esta fiesta para turistas, con frases referidas a “ancestralidad” y esas cosas, muestran un rasgo de suma importancia desde mi punto de vista: muchos confunden la folklorización que se hace de lo “indígena” en función de los apetitos de turistas como la expresión de la “identidad indígena”.

Las imágenes de construcciones precoloniales en las que se despliegan danzas, personas vistiendo “trajes típicos” y muchos colores desperdigados en el paisaje, son para muchísimos ¡“recuperación de la identidad”! Algunos han tenido la oportunidad estar en estos espectáculos y comparten con mucho orgullo las fotografías que han sacado en la ocasión. Pero cabe plantear un problema con respecto a cómo se asume este festejo y otros actos similares: ¿Qué papel juegan los “indígenas”?

Para responder a la pregunta planteada de manera contundente debemos llevar nuestra atención nuevamente a Cusco. El espectáculo turístico llamado Inti Raymi que ahí se desarrolla no es dirigido por los quechuas (los “descendientes de los incas”) sino que éstos solo son la imagen de portada de algunos afiches, además de material humano del espectáculo étnico para gringos. Los “indígenas” son el pretexto turístico del Perú pero “no tocan pito” ni en la dirección ni en la administración de este y otros espectáculos hechos a su nombre. ¿Cómo se puede tomar este tipo de fiestas como “recuperación de la identidad”, como expresión de la “lucha indígena”? En realidad estas fiestas son la clara expresión de cómo se usa a los “indiecitos” para hacer shows que diviertan a los gringuitos.

No quiero descalificar a quienes con muy buena intención, y con mucha inocencia también, buscan algún referente identitario que afirmar. Muchas personas que por su origen y sus rasgos físicos han sufrido distintas formas de racismo buscan rehacer su autoestima con algún tipo de ritual que es pensado como “herencia milenaria” y por ello participan en estos actos u organizan otros similares. Siendo que los procesos de lucha de los aymaras y quechuas ha degenerado en exotismo y actos folklóricos, en especial desde que Evo Morales llegó al gobierno de Bolivia (y este país es tomado por activistas “indígenas” de otros lugares como referente), no es de extrañar que muchos hayan caído en la trampa de los rituales y el simbolismo hecho para “cazar” turistas.

No quiero decir que entre los aymaras y quechuas, como en otros pueblos, no haya elementos rituales y simbólicos. Lo que quiero remarcar es que en la situación en la que nos encontramos estos aspectos, vaciados de su contenido histórico y desfigurados hasta el ridículo, sirven para que otros nos mantengan en juegos turísticos: divirtiendo a los “occidentales”. Pero además, y para decirlo en cierta forma metafórica, es como si nos emborracharan con nuestro propio trago. Me explico: imagínense que tenemos un bar u boliche y vendemos bebidas a nuestros clientes. Hasta ahí el negocio anda bien. Pero si nosotros nos ponemos a beber nuestra mercadería, y peor aún, hasta emborracharnos, terminamos regalando las bebidas. En esa situación, el negocio deja de ser negocio, dejar de ser lo que era. Así no vale la pena poner un bar pues todo sería pérdida.

¿Qué tiene que ver lo dicho anteriormente con el tema que estábamos tocando antes, el de jugar el papel de cosa turística? Decía que en los eventos tipo Inti Raymi nos emborrachan con nuestro propio trago. Imaginen que inventamos una serie de historias, aspectos simbólicos y rituales para lograr armar un negocio y obtener ganancias con el dinero de los gringos. Les hacemos cuentos sobre piedras u otras cosas que les vendemos para hacer que esas cosas sean más apetecibles para el cliente de ocasión. Si nosotros nos creemos los cuentos que hacemos para vender nuestra mercadería somos como el dueño de un bar que se emborracha con su propio trago y así el negocio no funciona. Si nos creemos los cuentos para atraer turistas estamos bebiendo un trago que era para hacer negocio y terminamos emborrachados.

En cierta medida esto es lo que ha pasado. Toda una serie de mitos formados desde los años 60, en el caso de Bolivia, se ha vuelto como un trago que nos emborracha. Pero la cosa no es tan simple, para que esto sucediera muchas organizaciones internacionales han metido su mano en estos “licores” y le han dado un toque más embriagador y esterilizante, casi narcótico. Tristemente esto es lo que ahora muchos toman como algo “propio” y lo defienden ciegamente.

Nuestra lucha no es cuestión de hacer rituales y levantar símbolos para divertir a “occidentales”. Cuando muchos niños aymaras mueren por desnutrición en el área rural, por ejemplo, el problema no se resuelve haciendo rituales (ni rezándole a la virgen María ni a dios). O cuando los jóvenes que han pasado por las escuelas de quinta son tratados como seres inferiores, el problema no se resuelve vistiendo “ropa típica”. Las mujeres del norte de Potosí que vienen a La Paz a pedir limosna, junto a sus wawas (niños) no resuelven su vida con “amautas” o fiestas para gringos.

Nuestra realidad es compleja y problemática pero la encubrimos, la esquivamos con ideas románticas que se “apoyan” en fiestas como el Inti Raymi. Ciertamente que el papel de lo simbólico fue muy importante en una etapa de la formación de un conciencia política entre nuestra gente pero en la actualidad estos aspectos son degenerativos. En cierta forma, el papel de lo ritual y lo simbólico son parte de un periodo que podría llamarse pre-político. Estos elementos en manos de la casta dominante se han vuelto contra nosotros y están dando lugar a que terminemos entretenidos en actos turísticos en lugar de clarificar nuestra lucha.

Imagínense que los quechuas que aparecen en las imágenes del Inti Raymi, vistiendo ropa “tradicional”, rompan el show turístico y empiecen a jugar un papel político, exigiendo administrar el acto, dirigir los números y determinar cómo funciona todo (la hotelería, los viajes, etc.). Eso sería un acto que echaría por tierra el rol que se les ha asignado, sería un buen síntoma… ¡sería “descolonizador”!

¿De qué sirve llenar de colores, aguayos o wiphalas, los espectáculos pensados y armados para turistas si no definimos nuestra vida política y económica? ¿De qué sirve vestir a algún “indígena” de inca si somos simple pretexto turístico?


Ante la forma en que muchos usan lo “indígena” (para entretener “indios” y así alejarlos de las verdaderas acciones políticas) y el cómo esto es algo que los propios “indígenas” defienden, lo hacen sentir a uno como solo en el “desierto”, deambulando en un terreno que causa miedo a otros.


Nota: el presente artículo fue escrito y publicado el 2015.

jueves, 7 de junio de 2018

En mis pasos por Perú


Carlos Macusaya Cruz


Hace una par de días tuve la oportunidad de conocer un poco de Lima, Perú. La ocasión me llevó a pensar en varios aspectos que pude percibir las veces que había pasado, en mis tiempos “internacionales” (no tan lejanos) de activista, por varios lugares del sur peruano, como Puno, Tacna, Cusco, Arequipa e incluso Abancay. Cómo que me puse a halar conmigo mismo y decidí escribirlo. Por ello, en esta ocasión, quiero compartir algunas observaciones e ideas que me han dado vueltas por la cabeza durante mi paso por Lima (también por Junín), las que se fueron alimentando de las charlas que tuve con varias personas que conocí en las distintas actividades en las que participé.

No puedo decir todo ni recordar todo, así que solo me detendré en algunos aspectos y por lo mismo dejaré muchos otros sin mencionar. Entre lo dejado se quedan anécdotas de todo tipo y experiencias muy productivas, además de vivencias en las que pude ver gran cariño por esas tierras.

Los “secretos” de mis viajes

Empecé a viajar al sur de Perú desde el 2008 me parece, asistiendo por un par de años a distintos eventos referidos a “movimientos indígenas” en el sur de ese país. No me fue muy difícil llegar a esas actividades: tomaba un microbús o un minibús cerca del Cementerio General de La Paz hacia Desaguadero, la frontera con Perú. Los pasajes estaban entre 10 a 15 bolivianos y los trámites en Migraciones Bolivia costaban, al principio de mis viajes, 10 bs aunque luego subieron a 15 y ahora creo que están por los 17 bs. Desde el lado peruano de Desaguadero hasta la ciudad de Puno había transporte desde 6 soles (como 12 a 15 bs) y ese es el que yo solía tomar por ser bastante económico. Desde Puno a Cusco, por ejemplo, se podía encontrar pasajes desde 18 soles, como 45 bs.

En general, si uno no toma los servicios de transporte turístico, que son muy costosos, puede encontrar otras opciones bastante accesibles económicamente hacia el sur peruano y este tipo de servicios fueron los que yo use. Asimismo, el tema del transporte solía cubrirlo con varios materiales (generalmente libros, como aprendí en la Plaza de Los Héroes, y algunas artesanías) que siempre llevaba conmigo para sostener mis viajes. Por otra parte, en la mayoría de esos eventos se brindaba “hospedaje comunitario” así que uno podía “acomodarse en un rinconcito” con una bolsa de dormir; pero además, se brindaba alimentación en los días de la actividad. Estos aspectos, como podrán suponer, bajaban los costos de los viajes y los hacían más accesible aún.

Pero además, nuca faltaban las personas que muy amablemente le ofrecían a uno quedarse en su casa. También en ello jugaba el hecho de que uno venia de Bolivia y en esos eventos, el proceso boliviano era la máxima referencia por lo que tener a alguien de ese país era algo que se valoraba mucho. En cierto sentido, uno se veía favorecido por esa situación aunque cabe señalar que quienes recibían los tratos más privilegiados eran los miembros de alguna organización boliviana vinculada al MAS (CSUTCB, CONAMAQ, “Bartolinas”, etc.). Pero no puedo quejarme, siempre encontré brazos abiertos en el sur peruano y recuerdo eso con mucha alegría, realmente me sentí querido por esas tierras.

Me viene a la mente una anécdota: en Cusco, a principios del 2009 (febrero o marzo), un amigo que era parte de la organización de un evento en el cual estaba yo presente, me dijo algo que grafica un poco mi paso por ese tipo de actividades. Sus palabras fueron: “Tú, Carlos, dices cosas más interesantes que los dirigentes de Bolivia que invitamos; además, haces despertar al público”. Por entonces yo era un tipo que venía del activismo en plazas y tenía un discurso incendiario antes que analítico pero me sentí muy orgulloso al escuchar esas palabras. Sin embargo, el mismo amigo, sin proponérselo, me hizo pisar tierra: “los dirigentes de Bolivia nos piden pasajes en avión y buenos hoteles, en cambio tú no, por eso te invitamos”. Ósea que yo les salía más barato pues no pedía hoteles y mis pasajes los cubriría con lo que vendía (aunque también hubo una que otra ocasión en la que se me pagó los pasajes, pero fueron casos muy excepcionales). Cuando recuerdo que me dijeron eso río mucho.


De la efervescencia política al culturalismo pachamamista

Lo primero que me llamó la atención en estos eventos, en los primeros a los que asistí en Puno y Tacna, fue la marcada influencia del discurso de Felipe Quispe sobre la identidad aymara. Además, tenían una gran concurrencia, llenado los distintos locales en los que se realizaban e incluso había mucha gente que quedaba fuera. Empero, con el pasar del tiempo, la influencia que más noté ya no era la de Felipe Quispe sino la de David Choquehuanca y ello marcaba un cambio muy significativo: se había pasado de la efervescencia política en la que las discusiones perfilaban problemáticas organizacionales y cuestionamientos al Estado peruano (y al discurso que había propalado para legitimar su existencia) a una cantaleta sobre la “diferencia cultural” acompañada indefectiblemente de rituales cada vez más exóticos. Si bien la figura central de exportación de Bolivia ha sido (como hoy) Evo Morales, era David Choquehuanca quien tenía el “discurso auténtico” para muchos activistas del sur peruano. La tragedia fue que se pasó de Felipe Quispe a Choquehuanca, por decirlo de alguna manera.

Recuerdo que al primer evento al que fui se realizó en Acora, una población cercana a la ciudad de Puno, y en esa ocasión escuché a jóvenes principalmente –que con el tiempo asistieron cada vez en menor cantidad a este tipo de actividades– expresar su orgullo por ser aymaras, además de señalar la necesidad de organizarse políticamente y encarar un proceso de lucha. Para mí era emocionante pero eso duro poco pues el “choquehuanquismo” se fue imponiendo, me parece, gracias a la imagen de exportación que se vendía desde Bolivia y que era recibida con mucho entusiasmo por varios activistas en Perú.

En esa situación, los rituales fueron el espacio para expresar el “ser” de los indígenas. En una ocasión me dirigí a un pueblo del norte del lago Titicaca (en el lado peruano) junto a varias personas y asistimos a un evento que, con la muy recurrente idea de que las raíces están intactas en las comunidades, fue inaugurado mediante una ceremonia dirigida por algunas personas que eran consideradas amautas y que vivían en la ciudad de Puno; mientras eso pasaba, las personas de pueblo miraban extrañados y de lejos el ritual (no participaban de él), además de hacer algunos gestos de mofa y hablarse al oído en medio de risas. Era evidente que se trataba de un ritual ajeno a los pobladores de esa comunidad pero que se lo realizaba en nombre de ellos.

En varias ocasiones y lugares fue triste para mí cuando me tocaba hablar con algunas personas que estaban muy afanadas en saber cómo eran “los rituales que habían llevado al poder a los indígenas en Bolivia”. Uno trababa de hablar sobre los procesos de lucha, las movilizaciones, la crisis política y económica que dieron lugar a la emergencia del “indio” pero no a muchos les interesaba esos temas sino que estaban buscando “rituales mágicos” antes que experiencias de lucha (Claro que también habían personas con perspicacia política y muy lucidas). Desde Bolivia se exportaban imágenes con indígenas haciendo rituales para todo y para nada y ello era asumido como lo “auténticamente indígena” y a la vez como el camino para “descolonizarnos” en el sur peruano (como en  otras partes del continente). Empero, para mí era una forma muy efectiva de distraer a los indígenas, era una forma de esterilizar y anular los potenciales de lucha. Esto explica en cierta medida que me haya dedicado mucho a atacar visceralmente al pachamamismo (vi sus efectos tanto en Bolivia como fuera del país: en Perú, Argentina y Chile).

Para desgastar: debates inútiles entre inútiles

De estos viajes recuerdo como con náuseas los estridentes debates entre algunos personajes que se las daban de “sabios” e “incas”, quienes solían acaparar la atención de los participantes en estos eventos por su retórica sobre el Tawantinsuyu y por su vestimenta “ancestral”. Sus discusiones giraban en torno a, por ejemplo, la legitimidad de cada uno de ellos por descender de tal o cual panaca, la “correcta y verdadera” forma de saludar al sol, el gesto apropiado para hacer este o aquel ritual, entre otras tantas estupideces (los casos más patéticos los vi en Cusco). Mucho del tiempo de las actividades se iban en estas “brillantes discusiones” y el público que empezaba con mucha atención terminaba cansado y sin concretar nada.

Algo de esta experiencia que me fue dando vueltas en la cabeza, muy en especial desde que fui a Cusco después de un tiempo el año 2016, tiene que ver con que en las primeras actividades a las que asistí estaban repletas, llenas de asistentes y cuyo entusiasmo se dejaba sentir, aunque los “sabios” inútiles y sus debates solían desgastar estas actividades. Pero con el pasar del tiempo, los eventos se hacían cada vez menos concurridos. Siendo franco, la falta de asistentes me hizo dejar los viajes pues ya no podía cubrir los costos, no tenía a quienes vender mis materiales. Pero quienes no dejaban de asistir a esos eventos eran los “sabios” e “incas”, quienes continuaban con sus discusiones, que cada vez se hacían más y más ridículas.

Para mí fue llamativo que las personas que antes llenaban los eventos y que tenían mucha expectativa de lo que se podía hacer para confrontar sus problemas concretos (pude conversar con muchas personas que me hablaban de esos problemas) ya no asistieran pero quienes se la pasaban discutiendo sobre cosas inútiles seguían acaparando estos espacios. La gente que tenía voluntad política por concretar algo fue abandonando estas iniciativas y quienes se la pasaron de espaldas a esas personas y a sus problemas seguían machacando con sus estupideces: debates inútiles entre inútiles. De hecho se puede decir que no solo jugaron un papel distractivo sino que se encargaron (consciente o inconscientemente, no lo sé) de evitar que algo serio llegue a concretarse en esas actividades. Ese fue su rol en los hechos.

Me viene a la mente un evento en una pueblo cerca de Puno en el que tres personas (“sabios andinos”) se la pasaban sacándose fotos saludando al sol o haciendo poses bastante exóticas mientras varias mujeres, a pocos metros, estaban cocinando. Estos "sabios" luego se la pasaban discutiendo con otros “sabios” sobre la complementariedad entre hombres y mujeres en la civilización andina. Lo más chistoso y patético era que luego esas fotos, publicadas en facebook, recibían comentarios halagadores para quienes ahí aparecían. Les decían que eran “guardianes de la sabiduría de nuestros abuelos” y cosas así. Muchos de los que comentaban eran de otros países, como Argentina o Chile (muchos de quienes comentaban también eran parte de mis contactos en esa red).

Contra la sagrada burocracia académica del indigenismo

Otra cosa que me llamó la atención en Perú, en relación a mi experiencia con el indianismo, fue que los activistas “indígenas” de ese país tomaban muy gustosamente la retórica de los indigenistas peruanos y, en general, la imagen turística que el Estado del Perú forjó para venderse al mundo. No pasaba como con los indianistas en Bolivia, que habían denunciado ácidamente al indigenismo y la imagen del indio usada por el Estado boliviano.

En Perú hay una gran producción indigenista sobre lo que fue el Tawantinsuyu y ese material a nutrido el discurso de los “movimientos indígenas” en ese país. La glorificación del pasado inca es parte del discurso indigenista del Estado y de los “movimientos indígenas” peruanos (de muchos de ellos por lo menos) y en ese sentido no hay una confrontación como pasó en Bolivia desde el indianismo contra el  indigenismo.

Incluso hay una especie de feudalidad académica en torno a los “indígenas”. Se trata de los autores que se la pasan diciendo que fueron o no los incas y lo grandioso de su cultura. Es decir, son personajes que idealizan el pasado y glorifican a los incas pero se olvidan, muy convenientemente, de la situación contemporánea de los “indígenas”. Por las conversaciones que tuve con algunas personas en Lima me quedó claro que estos autores indigenistas, con aires de grandeza y casi endiosados, forman grupos en los que se autoriza o no lo que se debe decir de los “indígenas”. Quienes no se subordinan a ellos, quienes no los citan pues tienen las puertas cerradas en la “academia indigenista”.

Es muy problemático para mí que los activistas en Perú tomen a los indigenistas sin considerar el papel político venenoso de su producción: exaltar el pasado para olvidarse del presente. Como suelo decir, no creo que en la “primavera árabe” los egipcios hayan estado muy preocupados en glorificar a los faraones sino en confrontar su situación contemporánea. Creo que aún hace falta una postura radicalmente critica desde Perú contra el indigenismo peruano.

Nuevos actores, retos y desafíos

Tengo que confesar que mientras exponía en mi primera participación en Lima me llamó la atención muy gratamente como algunas de las cosas que decía eran recibidas con cierto entusiasmo por varios jóvenes. De hecho, me dio la impresión de decir coas que ellos también las dirían o que las estaban pensando. Como que “sintonicé” con ellos. Pero, más importante que eso, fue el hecho de conversar con varios jóvenes que estaban en distintas iniciativas que buscaban proyectar un trabajo que podría considerar, desde mi experiencia en Bolivia, como indianista y katarista en un sentido inicial y prometedor a la vez.

En mis distintos viajes al sur del Perú, vi que los jóvenes iban “desapareciendo” gradualmente de las actividades. Una agrupación que recuerdo por el gran dinamismo de sus miembros (amigos entrañables) es el Movimiento Thunupa, el cual se formó y trabajó en Tacna (también recuerdo un grupo en Abancay). Lamentablemente no fueron muchos los grupos de jóvenes que conocí y por lo general quienes dirigían y participaban en las actividades a las que asistí eran adultos. Por ello me fue grato ser invitado recientemente a Lima por un grupo de jóvenes (Hwan Yunpa), quienes además perfilan un trabajo que puede llegar a marcar diferencia con otras generaciones, forjando referentes que guíen un proceso de reflexión y de lucha. Algo similar se puede señalar de otro grupo que conocí en la Universidad Nacional de San Marcos. Pero me atrevo a decir que estos jóvenes son una muestra simplemente de una nueva generación (incuantificable) que se está problematizando su situación y su papel en Perú. Sus logros, sus fracasos, sus esfuerzos y utopías, se podrán discutir mediante su trabajo.

No soy quien para decirles que hacer pero me atrevo a señalar algunas ideas a modo de sugerencias y esperando les puedan ser un poco útiles y que podrían ser consideradas como retos o desafíos:

1. Desenmascarar el papel político colonial del indigenismo poniendo atención en las problemáticas contemporáneas en contraposición a la idealización que se ha hecho del pasado incaico.

2. Romper con la idea de que los “asuntos indígenas” son cosas del área rural y en la que los citadinos no tiene nada que ver. Para ello, y de forma complementaria, sería útil poner el acento en el papel que los migrantes “indios” han tenido y tienen en la formación de las urbes.

3. Trabajar en la formación de un sentido común en la que las ideas oficiales sobre los “indígenas” sean combatidas a la vez de ir posicionando otros referentes simbólicos. El empleo de los medios digitales con creatividad puede ser de mucha ayuda en esto.

4. Establecer vínculos con otros grupos e instituciones. Se trata de formar alianzas en función de determinados objetivos. Trabajar aislados, por muy valiente que eso sea, lleva a que un proyecto se desgaste rápidamente.

Me vienen a la mente muchas ideas y creo que me la pasaría escribiendo más sobre todo esto, pero mejor lo dejo acá.



martes, 5 de junio de 2018

Del campo a la ciudad: desde los 50’s, más de medio siglo de “indianización”


Carlos Macusaya

No hace mucho, las llamadas clases medias en Bolivia y su papel político frente al gobierno del MAS fueron objeto de varias discusiones. En el intercambio de ideas e insultos a este respecto, más insultos que ideas, el sentido histórico de los cambios en la “composición social” del país simplemente no importaba. Incluso se hablaba de “nuevas clases medias” surgidas de entre las “clases populares” pero como si hubieran aparecido de modo repentino en el “proceso de cambio”. Muchos fenómenos, sin embargo, ocurridos entre las “clases populares” y que en la actualidad han adquirido cierto volumen y densidad no tienen su origen en las políticas del gobierno, aunque éste trate de presentarlos de esa manera.

En Bolivia se pueden percibir cambios, sin lugar a dudas, pero que no guardan relación con las ideas que, hasta no hace mucho, el gobierno promovía en el país (por fuera aún lo hace): vivir bien, madre tierra, plurinacionalidad, economía plural, etc. Incluso estas ideas hicieron “invisibles” ante los mismos gobernantes, sus partidarios y sus opositores, esos cambios. Claro que “echar humo” sobre estos procesos con ideas extravagantes no es algo que haya empezado con el gobierno del MAS.

¿Aparecieron como por arte de amautas, en el “proceso de cumbia (chicha)”, esas llamadas “nuevas clases medias” de origen “indígena”? Para ir más allá de la miopía de opositores y oficialistas habría que poner atención al sentido histórico de los cambios implícitos en lo que hoy a muchos les parece una “aparición”. El asunto es muy grande y por lo mismo, en esta ocasión, solo me limitaré a plantear observaciones generales sobre algunos aspectos de un fenómeno histórico que tiene más de 50 años.

Hace más de medio siglo Bolivia era un país rural. En 1950, la población alcanzaba la cifra de 2.704.165 habitantes, de los cuales el 26,2 % vivía en áreas urbanas mientras que el 76,8 % estaba desperdigada en áreas rurales, fundamentalmente en la parte andina. En contraste, en el Censo del 2012, la población urbana, de un total de 10.027.254 habitantes, llegó al 62,5 %, mientras la rural alcanzó un 32,5 %[1]. Es dudoso que en 1950 se hayan obtenido datos exactos pues no había medios de comunicación que permitieran llegar a todos los espacios habitados del país, por lo que se puede suponer que la población rural era mucho mayor. Con respecto a los datos del 2012 hay que considerar que muchas personas suelen ir de las ciudades, donde residen normalmente, a sus pueblos de origen para ser censadas, por lo que la población urbana debe ser mayor a los datos señalados.

Hasta mediados del siglo XX Bolivia era un “país de indios” que no tenían condición de ciudadanos y que estaban gobernados por una casta “criolla” que gozaba y defendía privilegios heredados de la colonia. En el Censo de 1950 se catalogó como indígenas (la manera aceptada en lo formal para referirse a los “indios”, a los diferenciados “racialmente” dentro de Bolivia de los bolivianos) al 61.4 % de la población, 1.790.370 de habitantes, mientras el restante 38,9 % habrían sido no indígenas[2]. Además de la dificultad señalada sobre los medios de comunicación por aquel entonces (que impedía llegar a lugares donde muchos “indios” vivían), el criterio de catalogación es otro problema a este respecto pues “En 1950 imperaba en el criterio político del Gobierno de Bolivia la tendencia a hacer aparecer la población de este país como formada de un gran porcentaje de ‘blancos’ y un número decreciente de indígenas”,[3] lo que continuo en las décadas posteriores.

Pero además, no hay que perder de vista los estereotipos de aquellos tiempos (que hoy continúan vigentes) para definir quién era o no indígena. Un par de años antes de ese Censo, la “autenticidad indígena” en el Congreso Indigenal (1945) era un problema no para quienes asistieron al evento sino para los “no indígenas”, como se expresa en una nota de prensa que se refiere a los participantes de dicho Congreso: “hablan correctamente el idioma nacional y visten a la moderna, dando la impresión de que no son propiamente indígenas, sino mestizos; pero ellos expresan que son legítimos autóctonos”.[4] Observaciones tan “brillantes” como la citada abundan actualmente y ha pasado más de medio siglo desde entonces.

Según el Censo del 2012 la población “indígena” llegó al 42 %, lo que significa una diferencia de 20 puntos menos con respecto al Censo del 2001, donde esa misma población llegó al 62 % (en 1950, 61.4 %). El 2001, la “identidad indígena”, en un escenario de crisis económica y política desde los bloqueos aymaras que abrieron el siglo XXI, se asociaba a la lucha y resistencia de la mayoría de la población, que no hacía parte de las decisiones en el Estado. La wiphala, por ejemplo, era entonces un símbolo de confrontación contra el poder establecido y representaba la esperanza de que algo nuevo podía surgir.

En 2012 esa identidad ya no se asociaba a la mayoría sino que, a partir de la retórica del MAS, era cuestión de minorías étnicas aisladas en áreas rurales, hurañas a los cambios históricos y aferradas fatal y ciegamente a sus tradiciones (algo que se trabajó en organismos internacionales desde décadas atrás y se adoptó en Bolivia en el primer gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada). Pero además, sus símbolos ya eran parte del poder y pasaron a representarlo (muestra de ello es que en las movilizaciones de Achacachi del 2017 se decidió dejar de usar la wiphala). Por otra parte, el país vivía una situación económica muy favorable y, para decirlo de modo muy simplificado, muchos pobres pasaron a ser ex-pobres y como la pobreza históricamente se acentuó sobre quienes han sido considerados “indígenas” (no es normal ver mendigos o barrenderos “blancos” en este país) esos ex-pobres pasaron a  “ex-indígenas”.

En general, y tras los efectos del proceso de modernización estatal dirigido por el MNR desde 1952, Bolivia pasó de forma gradual de ser un “país de indios” desparramados mayoritariamente en áreas rurales de su parte andina a ser un país urbano por la migración de esos “indios” a las ciudades, aunque en este proceso estarían perdiendo peso demográfico (discutible por lo que sería lo auténticamente “indígena”). Muchos suponen que lo que sucedió fue que esos “indios” pasaron a ser mestizos, cultural y/o “racialmente” (los q’aras, del gobierno o de la oposición, no se casan con migrantes indios, ni con sus hijos o nietos, pero hablan de ser mestizos en tanto alguno de sus antepasados se habría mezclado en tiempos remotos y no están dispuestos a repetir tal hecho: endogamia y castas en la estructura de poder). Acá entra la cuestión de las “nuevas clases medias”, que en realidad son parte de una reconfiguración medio antigua.

Los despreciados indios llenaron las ciudades en muchas “oleadas” y formaron “a pulso” y sin planificación urbana barrios periféricos que dejaron de serlo (se volvieron “zonas populosas”) porque llegaron otros indios que formaron otros barrios “más periféricos” y que luego pasaron a ser no tan periféricos porque llegaron otros indios… y así hasta el presente. En La Paz, aunque muchos jóvenes no lo crean, hubo un tiempo en el que Tambladrani (barrio donde se encuentra el Estadio del club Bolívar) era una periferie en la que se podía encontrar ovejas y chanchos criados por algunos vecinos del lugar, además de que también sembraban papa y se hablaba un castellano “saturado de aymara”[5]. Hubo un tiempo en el que la Garita de Lima y el Cementerio General estaban por fuera de la pequeña ciudad pero con las migraciones terminaron absorbidas por el crecimiento de la macha “india” urbana.

También hubo un tiempo en el que las personas de ojos rasgados, pómulos pronunciados y pelo “rebelde” (los “indios”) eran lunares en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) pero hoy, no hace 500 años, son la inmensa mayoría. No hay que perder de vista que si en los años 50 y 60 la UMSA era un espacio “q’ara” fue paulatinamente “tomada” por los “no q’aras”, no solo en lo estudiantil sino también en el área de la docencia. Eso que le pasó a la UMSA hace un par décadas lo ha estado viviendo dese hace varios años la Universidad Católica y otras universidades privadas (con entrada folclórica incluida).

Considérese que por mucho tiempo la ciudad de La Paz fue la más poblada del país y era el espacio principal al que se dirigían los desplazamientos poblacionales. En esa situación era el escenario de procesos de resignificación y trasformaciones culturales en los que los protagonistas eran los “indios” migrantes. Es de resaltar, por ejemplo, algunas expresiones “post 52” entre los “indios” y que empezaron a darse ya en la década de los 60, alcanzando gran existo entre los migrantes, sus hijos y, en muchos casos, entre sus nietos: los Huaycheños (fundado en 1965) y los Kori Huayras (fundado en 1968). Pero también a finales de esa misma década, en el barrio aymara Ch’jini, barrio periférico entonces (hoy conocido como zona Gran Poder), bajo el marco rítmico del huayño andino se creó la hoy famosa danza de los caporales (que muchos creen es originaria de los Yungas). Tanto los grupos musicales mencionados y la danza del caporal no encajaban en la idea de lo tradicional que debía ser la cultura de los despreciados indios y por lo tanto no podían ser de ellos, pero eran expresión de los procesos históricos que sus protagonistas vivían.

La importancia que iba adquiriendo la presencia de los ex-indios en la ciudad tenía que ser algo a problematizarse inevitablemente por quienes ya estaban asentados en ella. Una expresión de esto en sentido artístico fue el grupo Wara (que presentó su primer disco titulado El inka en 1973) y muestra como por entonces hubo algunos sectores que tuvieron cierta sensibilidad con algunos aspectos de los procesos que entonces se daban en el país e incluso les dieron forma musical.

También en los 70, la fiesta del Gran Poder pasó de ser la celebración de un barrio despreciado por su “composición étnica” a tomar las principales calles de la urbe hasta convertirse en la fiesta más grande de la ciudad. Es sintomático que en 1988 la UMSA, cuando ya muchos migrantes e hijos de migrantes habían ingresado a ella en gran cantidad, sucumbió al “alud folclórico andino” de los ex-indios (como pasa en la actualidad en toda Bolivia) y empezó a realizar la hoy famosa Entrada Universitaria (es indicativo que la “u” sea más conocida por su entrada y no por lo que debería hacer). Pero además, también por esos años, Discos Cóndor se hacía una empresa exitosa con la cumbia chicha y grupos de origen “indígena” que empezaron haciendo música disco en los 80, como Maroyu (que se dividió recientemente), Iberia o Ronisch, trabajaron con esta disquera y se hicieron muy populares, especialmente en los 90 (y aún lo son). Los “indios” en las ciudades formaban un mercado muy importante en el que estos grupos lograron posicionarse e incluso en la actualidad, los migrantes “indígenas” bolivianos en Argentina o Brasil, además de “indígenas” del sur del Perú y norte de Chile, contratan muy habitualmente a estas históricas agrupaciones.
La fuerza de esta migración ha marcado en otros aspectos de la ciudad (en relación a la debilidad del Estado). Por ejemplo, la mayoría de la gente cruza las calles sin mirar los semáforos, como han hecho y hacen las personas que nacieron y crecieron en áreas rurales, donde no hay semáforos. Pero además, “contagiaron” esta forma de comportarse a sus hijos, que nacieron en la ciudad, y en general se hizo una conducta cotidiana hasta el presente; incluso se la suele tomar (esto es muy significativo) como algo que distinguiría a los bolivianos (a la mayoría). Por otra parte, uno podría ir a la fiesta de alguna Carrera de la UMSA y ver que los muchachos bailan en dos filas, una de mujeres y otra de varones, como en los matrimonios de migrantes o como se lo hace “en el campo”. Además, cuando se bebe, todos deben tomar “por igual” y el que llega tarde debe “igualarse” (“bailan y chupan a lo indio”). En contraste, si uno va a un boliche jailon o medio jaylon, las personas no bailan en filas y cada quien bebe lo que desea, no está obligado a beber como los demás. En el caso de la UMSA se ve que en la población estudiantil actual el desarrollo del sentido de individualidad no es tan marcado como entre los “q’aras” porque aún hay un peso muy fuerte de lo rural (pero que va diluyéndose gradualmente).

Pero este vuelco poblacional del campo a las ciudades y de ocupación de distintos espacios estuvo marcado por el racismo que sufrían “los recién llegados” y no solo por parte de los “q’aras” sino de los “indios” que habían llegado antes y que buscaban diferenciarse de los que recién lo hacían. La migración está relacionada a los procesos de movilidad social y las aspiraciones de ascenso y en Bolivia ésta se entiende como “mejoramiento racial”, por ello no es de extrañar que quienes migraron antes tengan un trato despectivo y racista con quienes llegaron después. Este comportamiento marca a la vez a los hijos y nietos que también buscan ascender “racialmente” más allá de la situación de sus padres y abuelos.

La identificación de los “t’aras” como aquellos de los que uno busca diferenciarse es algo significativo en las relaciones entre “indios” de distintas migraciones (y sus hijos). Además, estos migrantes eran objeto de otra catalogación que les permitía diferenciarse de los “verdaderos” t’aras: al no encajar en la imagen folclórica oficial, los “indios urbanos” eran clasificados como “cholos”, siempre en función de los prejuicios de la casta dominante. En los años 70 y entre bandas rockeras de La Paz "se denigraba a algunos grupos de barrios populares, particularmente a los Four Star, del barrio de Tembladerani, a los que se llamaba despectivamente ‘T’ara Star’ haciendo referencia a su origen cholo”[6].

En los 90, cuando el programa Sábados Populares de RTP llevaba adelante un concurso de baile techno, entre los grupos que participaban se tomaba como de estatus elevado el que un grupo sea de la zona central de La Paz o “pare por el  centro” (la zona sur era vista como un espacio de “hijitos de papá” que no sabían de “las jodas de la calle”) y los que eran de zonas de “más a arriba” eran considerados ch’ojchos, fallados y/o t’aras, pero éstos, a su vez, consideraban de esas mismas manera a otros que estaban en barrios más arriba del de ellos… y así hasta llegar a El Alto. Cuando bailaba el grupo Tecnotronic de esa ciudad, la mayoría coincidía en llamarlos “t’aras”, incluidos grupos de Tembladerani, que en los 70 era una zona “t’ara” y El Alto apenas era un barrio. En todo esto el racismo era aceptado y los grupos de “chocos” (“los blancones”, los “con pinta”) eran los que estaban arriba en la escala valorativa. Curiosamente, la película Blood in Blood outh (Sangre por sangre) era muy popular entre estos grupos, pero mientras en ella los morenos expresaban un “orgullo de raza” (en relación a ser descendientes de los aztecas) frente a los blancos, entre los jóvenes bailarines de La Paz era normal el desprecio por alguien más moreno (“más indio”) que uno, incluso adoptando el lenguaje de dicha película.

Pero entre la población migrante hubo sectores que se problematizaron el racismo que sufrían como elemento central en este proceso de ocupar las ciudades y no solo lo denunciaron sino que dieron cuerpo a un proceso de “politización de la etnicidad”: los indianistas y los kataristas. Éstos eran ya la expresión inicial de la formación de una capa intelectual entre los “indios” en la ciudad desde los años 60. De hecho, la primera asociación de universitarios y profesionales “indios” se formó en 1969: MINK’A, y la primera organización de estudiantes “indios” en la UMSA se formó también en ese año: el Movimiento Universitario Julián Apaza (MUJA). Uno de los veteranos del MUJA, Constantino Lima, recuerda esos tiempos: “En esa época la cantidad de indios en la universidad era poca y había mucha discriminación. Cuando popularizamos la wiphala en la universidad, eso nos costó sangre. Ir con la wiphala era hacerse corretear a patadas por izquierdistas y derechistas”[7].

Entre las preocupaciones de indianistas y kataristas, hasta la década de los 70, estaban tanto la situación de los “indios” en el campo como en la ciudad. No se pensaban como población exclusivamente rural y menos como minorías étnicas. En 1964 Fausto Reinaga señalaba que entre los indios “hay clases económico-sociales antagónicas. Decir campesino al indio, es una estupidez”[8]. Doce años después, en 1976, Juan Condori, uno de los fundadores de MINK’A, hacía notar que “el aymara hoy es obrero, minero, campesino, clase media e intelectual”[9]. Asimismo, no es de extrañar que se empezara a problematizar el tema de una burguesía propia entre los “indios", como sucedió en el Movimiento Nacionalista Tupaj Katari (MNTK) (del que fue parte Mario Urdininea, de “la burguesía qhiswa”[10]); pero este tipo de ideas también encontraron rechazo entre los indianistas que tenían una influencia marxista (no admitida y no eran pocos): “esta lucha de liberación no ha de ser pues vanguardizada por la burguesía india ni siquiera por los campesinos indios sino más bien por la clase obrera india”[11].

Lamentablemente, esa atención inicial en la realidad rural y urbana de los “indios” fue echada al basurero desde la década de los años 80 en favor de ideas impuestas por organismos internacionales y que muchos indianistas y kataristas terminaron asumiendo, ideas que además se articularon, por ejemplo, en el Convenio 169 (1989). Desde entonces al presente, las ideas sobre “indígenas” como minorías étnicas que estarían ubicadas muy lejos de las ciudades son las que han dominado en las instituciones estatales y ONG’s, dejando de lado no solo las experiencias históricas y reflexiones que surgieron de entre los “indios” sobre su situación más allá de lo rural, sino fundamentalmente la misma realidad. Si hace más de 50 años la mayoría de los “indos” estaban entre ayllus y haciendas, trabajando en esos espacios, hoy han llenado las ciudades, formado grandes redes “informales” de economía, ocupando el trasporte público, el magisterio, las universidades, barrios “no indios” (como Miraflores, Sopocahi, San Miguel e incluso Calacoto, en La Paz), etc., etc. Hoy entre la “indiada” hay literatos, músicos, empresarios, docentes, agricultores, abogados, ingenieros, médicos, albañiles, mendigos, delincuentes, futbolistas, expertos en internet, etc.

Todo lo señalado es inentendible a partir de la noción que el gobierno impuso: “indígena originario campesinos”, o de la expresión (políticamente correcta) de “clases populares”. A la vez, este proceso de más de medio siglo de “indianización” de las ciudades bolivianas conlleva una serie de diferencias económicas entre las poblaciones racializadas que hace imposible un proyecto político único entre ellas. Pero además, muestra lo fantasioso de la “inclusión indígena” en este gobierno e implica elementos que echan por tierra la idea de que las “nuevas clases medias” serían un logro del “proceso de cambio”, pues se trata de una tendencia que no empieza con el gobierno del MAS y que incluso contradice su proyecto plurinacional ¿o tal vez el socialismo comunitario sea lograr una “sociedad de clases medias”?

Empero, vulgarmente se entiende que alguien es de clase media cuando no es rico pero tampoco es pobre. Entonces, un pobre puede encontrar a alguien más pobre que él y sentirse así de “clase media”. Es decir que las referencias son tan ambiguas que uno siempre encuentra algo para consolarse (en Bolivia, a este respecto, también juega el color de piel y “la pinta”). Pero los técnicos tratan de salvar esa ambigüedad amparándose en algún tipo de indicador: ingresos, consumos, lugares de estudio, grados de formación, etc. Sin embargo, estos indicadores solo expresan lo primero (los ingresos) destinados a diferentes aspectos y ello no necesariamente es expresión directa de diferencias de clase, pues las clases se constituyen en una relación de explotación (fuera de esa relación no son clase). En ese sentido ¿qué lugar ocuparían en esa relación las llamadas “clases medias”? Cuando se busca identificarlas no se lo hace por su ubicación en una relación de explotación sino que simplemente se buscan diferencias por ingresos (y los usos de esos ingresos), es decir por indicadores de estrato social, no de clase[12].

Si bien hay cambios de clase y de estrato en Bolivia, cabe preguntarse si los espacios que antes eran exclusivos de “q’aras” y que hoy están inundados de “indios” no han sufrido, además de abandono de los primeros en unos casos, una nueva jerarquización al interior en la que la racialización sigue siendo un factor activo. Pero además, cabe preguntarse también, teniendo en cuenta la descripción sociológica objetiva del Vicepresidente Álvaro Gracia Linera, si la situación de la “vieja” clase media dentro del “gobierno indígena” es de “decadencia”, considerando la relación con “sus indígenas”. Sergio Choque, diputado alteño oficialista, graficaba algo del asunto el pasado mes de febrero de esta manera: “Dentro del MAS existe racismo entre los mismos diputados, hay sectores que responden a esas clases ‘a medias’, como dice el  presidente, que a la hora incluso de servirse una comida se separan, se hacen a un lado, y piensan que por el color que tienen, que son más blancos, piensan mejor que nosotros”[13].



[1] Datos del Instituto Nacional de Estadística (INE).
[2] Monografía estadística de la población indígena en Bolivia. Citado por Jorge Ovando en Sobre el problema nacional y colonial en Bolivia, Editorial “Canelas”, Cochabamba, 1961, p.  2.
[3] Jorge Ovando, Sobre el problema nacional y colonial en Bolivia, p. 3.
[4] El Diario (18/5/1945, 5); citado por Elizabeth Shesko en “Hijos del inca y de la patria. Representaciones del indígena durante el Congreso Indigenal de 1945”. Revista de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional, La Paz, año 9, vol. 4, nº 6, 2010.
[5] Hace un par de años conocí a una persona que fue exiliada del país muy joven, en los años 70, y que hasta entonces vivía por Tembladerani. Fue él quien me comentó cono era esa zona por esos años.
[6] Giovanni Bello, Contracultura, marxismo, indianismo, “La Tal” Ediciones, 2014, p. 66 (Nota 42).
[7] Citado por Pedro Portugal en “Memorias de un luchador indianista”, Pukara n° 32, 2008, p. 7.
[8] Fausto Reinaga, El indio y el cholaje boliviano. Ed. PIB, La Paz, 1964, p. 10.
[9] Juan Condori Uruchi, “Quienes somos en Qullasuyu”. En: Boletín Chitakolla, Año 2, nº 16, enero de 1985, p. 7. Este artículo fue publicado originalmente con el título de “Respuesta de un joven aymara a Fernando Vaca”, el 4 de junio de 1976 en el periódico Última Hora de La Paz.
[10] Felipe Quispe, El indio en escena, Ed. Pachacuti, Chukiyawu-Qullasuyu, 1999, p. 9. También fue parte del MNTK el profesor de inglés José Ticona, nacido en la provincia Aroma de La Paz, además, uno de los fundadores del Partido Agrario Nacional (PAN) en1960 y uno de los primeros en romper con Fausto Reinaga.
[11] Boletín del Frente de Liberación Indianista Tupaj Katari. Citado en Diego Pacheco, El indianismo y los indios contemporáneos en Bolivia, Ed. Hisbol-MUSEF, La Paz, p. 54-55.
[12] Este tipo de observaciones se encuentran en Proposición de un marxismo hegeliano (2013) de Carlos Pérez Soto.